Viajar en bicicleta es mucho más que pedalear de un lugar a otro. Es otear paisajes distintos, escuchar acentos distintos, paladear sabores distintos, aprender vocablos distintos… Porque viajar es, en definitiva, regresar a casa con la sensación de ser un poco distinto. Con esa intención nos presentamos en el km 0 de Pedales de Cantabria. Nuestro objetivo era viajar, curiosear, descubrir, fundirnos con el paisaje, ajustar nuestro tempo interior con el son natural de las cosas… Y la verdad es que fue fácil. Porque en este territorio uno tiene la sensación de volver a los orígenes, viajando al pasado y al futuro al mismo tiempo.

Un nuevo mundo

Etapa 1. Santoña-Castro Urdiales 48 km/1.350 m+/1.350 m-

Amanece sobre la playa de Berria. Para los locales es solo un maravilloso amanecer más, pero un servidor no tiene la suerte de ver cada mañana al astro rey flotando sobre el Cantábrico desde la mismísima cama –tomad nota, habitación 230 del hotel Juan de la Cosa– y, acto seguido, desayunar en un bufé de campeonato.

Media digestión después, la marea sigue baja y una sutil brisa peina el oleaje. Es hora de partir hacia nuevos parajes, pero somos incapaces de evitar la tentación de rodar orillados al Cantábrico, pedaleando sobre la finísima arena de Berria.

El track del GPS nos conduce directamente hasta el puerto de Santoña. Amarrada a un muelle de madera, nos aguarda una barquita para cruzar el estrecho brazo de mar que nos separa de la vecina playa de Laredo.

La primera ascensión del día –habrá tres– nos lleva a lo alto de la sierra La Vida, donde una serpenteante y panorámica senda perfila los imponentes acantilados del Aguamala. Tras una empinada bajada, llegamos a una antigua yesera donde el oleaje, al batir contra las rocas, roba bocados de montaña y tiñe las aguas con una nube blanca.

La ruta se dirige ahora hacia el interior. A punto de iniciar la segunda ascensión de la jornada, nos cruzamos con don Álvaro y sus queridas vacas limusinas, “que dan una carne que parece membrillo”. A sus 83 años, tiene historias para llenar una enciclopedia, así que nos llevamos unas cuantas anécdotas protagonizadas por un toro suizo que salta tapias para cortejar a sus novillas, de partos dobles “complicados” –os ahorraremos los pormenores– y una detallada descripción de la subida que nos espera.

Efectivamente, la rampa es dura, pero antes de contar hasta cien –es lo que tienen las cuestas del 23 %– estamos en la cumbre del Alto de Guriezo, a 553 metros sobre el nivel del mar, desde donde iniciamos un largo descenso hacia el fondo del valle del río Agüera. Antes de engranar el plato chico de nuevo con tal de afrontar la tercera ascensión del día, rodeamos la iglesia de San Vicente de la Maza a través de un encinar centenario. El desnivel es ahora más llevadero, aunque también nos regala algunas rampas exigentes y una divertida bajada a través de un frondoso y húmedo bosque de eucaliptos.

La etapa acaba en el emblemático y animado casco viejo de Castro Urdiales. Para la cena, en la Hostería Villa de Castro, donde nos alojamos, nos recomiendan La Cierbanata, una taberna muy auténtica que abrió en 1923. No os perdáis sus patatas fritas con tres salsas, ni sus croquetas de jamón o chipirón. ¿Quién dijo que los ciclistas solo comen pasta?

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