Asaltacaminos

Un fin de semana con una sola idea en la cabeza: pedalear montaña arriba, montaña abajo, descubriendo las nuevas variantes de la Capablanca, una ruta circular con nombre de bandolero que conecta algunos de los más hermosos parajes de las inmediaciones de Barcelona. Adiós asfalto. Bienvenida tierra.

En la región metropolitana de Barcelona, que abarca 18 municipios, convivimos hacinados -unos más que otros, eso sí- algo más de 5 millones de personas. De lunes a viernes, vivimos atenazados por el estrés, medio sepultados por el asfalto, el cemento y el hormigón, alelados por los campos magnéticos, las obras interminadas y los atascos interminables, perseguidos por los ruidos, el C02 y un número de caras de pocos amigos infinitamente superior a los índices humanamente saludables.

Permanentemente soñamos con el fin de semana para salir a respirar aire puro y perdernos descubriendo nuevos caminos, dejando atrás todo lo demás. Desconectar. Cambiar de aires. Salir de la rutina. Romper con lo establecido. No siempre es fácil. A menudo, por comodidad, acabamos repitiendo la ruta de siempre, que en realidad no está nada mal. Pero, de vez en cuando, la variedad añade diversión al asunto.

Escapada rápida

En 2012, la Capablanca trae novedades. El año pasado, la catamos en dos ocasiones: primero con un grupo de socios del club Open Natura y, semanas después, la repetimos por nuestra cuenta. De ello publicamos un reportaje en el número 237 de Solo Bici titulado “Caminos de Capablanca”. En aquella ocasión, una ola de frío glaciar cubrió los caminos con una capa de escarcha blanca. Esta vez, el pronóstico meteorológico es bastante más alentador. Soles por todas partes, noches frías con mínimas de 4°C y máximas de 19°C. Genial.

La Capablanca “clásica” es una ruta autoguiada de 140 km pensada para hacerse en dos días, parando a pernoctar en Navarcles, donde la organización te lleva el equipaje; pero también existe la opción de intentar completarla en una única jornada dentro de la categoría “non-stop”. Nosotros siempre la habíamos hecho en dos etapas, y siempre nos quedó la intención no confesada de algún día salir más temprano, sin aspiraciones fotográficas y con el propósito de completarla en un solo día. Pero los responsables de Republik Bikes se nos avanzaron y para 2012 han creado un nuevo menú que permite que cada cual pueda diseñar la ruta según sus anhelos y energías.

El itinerario “clásico” permanece idéntico, pero se han añadido algunas alternativas que o bien suman kilometraje y desnivel o bien incluyen sectores más técnicos. Para crear este menú “a la carta”, Benjamín Gil y Albert Casanovas han diseñado y comprobado los bucles alternativos y le han dado forma a la historia, pero necesitaban a dos conejillos de indias que hiciesen el recorrido completo con todas las variantes y luego les contasen sus impresiones. Y en eso estamos.

Etapa 1: Sant Quirze del Vallès – Navarcles (67 km / 1.665 m+)

Salteadores de caminos

Sábado 10 de marzo de 2012. Subimos las bicis al tren a las 7.19 h de la mañana. En el vagón se cruzan las miradas perdidas de los currantes que madrugan con las de los “ni-ni” que trasnochan. Nosotros debemos de parecer dos extraterrestres, pero dos extraterrestres muy felices. Al menos, los más felices del vagón.

Media hora más tarde nos apeamos en Sant Quirze del Vallès. La temperatura es más agradable que hace un año. La tienda-taller Republik Bikes, donde arranca y concluye la ruta, se ha mudado a un local más grande que destaca frente a la estación.

Benjamín llega puntual a la cita. Los tracks ya nos los han pasado por correo electrónico. No hay que perder tiempo. Nos esperan 161 km con casi 3.700 metros de desnivel positivo y queremos hacer las fotos del reportaje. Le dejamos las mochilas con nuestra ropa y a pedalear.

Nada más salir de Sant Quirze, la ruta deja atrás la autopista a través de un paso subterráneo y enseguida nos catapulta hasta unos campos de cultivo que solapan su intenso verde con el azul del cielo. Un viejo espantapájaros con atuendo de motorista vigila la escena. Paramos a saludarle. Le conocemos del año anterior y agradece la conversación. Plañe por la sequía, implora lluvias. Se siente abandonado e inútil, más hombre de paja que nunca.

El último anillo de cemento ha quedado atrás. Más allá del horizonte, sólo se divisa la silueta de la Mola, una montaña limada por los elementos y sitiada por bosques que contrastan con el color rojizo de sus escarpes. Su inconfundible estampa nos acompañará durante la primera mitad de la jornada, al igual que la de Montserrat.

Camino Real

En el km 12 de la ruta, tras enlazar varios caminos y sendas, cruzamos Matadepera y afrontamos las primeras cuestas dignas de mención. El aviso inicial es una rampa pavimentada con final feliz en forma de sendero trialero, una estocada definitiva que a más de uno se le ha atragantado incluso en plato pequeño, pero que viene bien para calentar la mandíbula de cara a los siguientes embates.

La primera bajada en la que no hay que soltar el manillar bajo ningún concepto nos espera tras la ascensión al Turó de Roques Blanques, que se hace por una cómoda pista. La trialera la recordábamos menos rota y polvorienta -dichosa sequía-, aunque ya apuntaba maneras el año pasado.

Adentrándose en el Parque Natural de Sant Llorenç del Munt y la Sierra de l’Obac, la ruta continúa hacia la Casa Nova de l’Obac, bordeando la sierra del mismo nombre, cuyo caprichoso relieve ofrece imágenes muy alegóricas y una toponimia no precisamente eufemística. El camino, que antaño fue Camino Real, una vez supera la Casa Vella de l’Obac, empieza a rodear la base del Turó de la Mamella -“colina de la teta”-, el Paller de Tot l’Any -“pajar de todo el año”-, los Alts de la Pepa -“altos de la Pepa” (prostituta)-, etc.

Entre tanta colina fálica y pechiforme, ganamos altura para perderla poco después por una serie de caminos y sendas entretenidos y bastante revirados que nos conducen a Rellinars. Hasta el momento, la ruta permanece igual que el año pasado. Todavía nos queda un tramo común que sube de forma drástica -rampas superiores al 20 %- hasta prácticamente el Coll de Gipó. Sin embargo, poco antes de coronar, el nuevo track nos señala un desvío por una senda estrecha flanqueada por robustos matorrales. Es el Camino Real de Manresa, un singletrack de varios kilómetros que crestea toda la sierra haciéndonos disfrutar de un rato inolvidable que combina subidas y bajadas de lo más entusiastas.

Puente a otra era

Tras el intenso tramo de senda trialera, aparecemos junto a la ermita de Sant Jaume de Vallhonesta, donde hubo una importante hospedería que daba servicio a los viajeros del Camino Real. Merece la pena acceder al recinto y bajar por unas escaleras para visitar las antiguas caballerizas, ahora en ruinas, por un pasillo en el que se puede pasar con la bicicleta.

Una vez al otro lado, el descenso continúa por un sendero bastante laborioso pero ciclable al 99 % que crestea el Serrat de la Creu y el Serrat dels Trons, para enlazar un kilómetro más allá con un camino que baja muy veloz hasta El Pont de Vilomara, pueblo célebre por su puente medieval sobre el río Llobregat. El track pasa por la plaza del ayuntamiento, donde hay una fuente. Aquí aprovechamos para recuperar fuerzas engullendo un PowerBar. Nos esperan unas cuantas subidas más, aunque antes toca disfrutar de un tramo llano a orillas del río.

La enésima cuesta del día es prolongada, pero más sostenida que las anteriores. Dosificando, llegamos bastante enteros a Casajoana y el Castillo de Rocafort, donde empieza un largo descenso hasta el cauce de la riera de Mura. Aquí la pista invita a engranar el plato grande, aunque más vale conservar, ya que se intuye una nueva subida, que en apenas 1 km de pista asfaltada nos situará en el punto de partida de un larguísimo y serpenteante descenso de casi 3 km de senda pura y dura.

El trazado no es especialmente difícil, pero sí revirado y con algunos tramos expuestos, por lo que reclama pilotar con los cinco sentidos, aplicando aquella vieja máxima de “nunca mires donde no quieres ir”.

Cuando el viejo y estrecho sendero se asoma a la cuenca del Llobregat, algunos peraltes invertidos parecen querer decirnos que miremos más abajo. Entonces detenemos las bicis y descubrimos el imponente monasterio benedictino de Sant Benet del Bages, que esconde tras sus muros más de mil años de historia.

El resto del descenso lo hacemos concentrados y en silencio. El final de etapa se intuye muy cerca. A la derecha de un amplio meandro se encienden las primeras luces de Navarcles. Hemos llegado. Nos hemos ganado una buena merienda: cacaolat caliente y magdalenas. En el Hostal Muntané ya nos conocen. “Sí, sí, dos para cada uno”, le dice la encargada a la camarera.

Día 2: Navarcles – Sant Quirze del Vallès (93 km / 2.000 m+)

La gran vuelta a casa

Domingo 11 de marzo, 6.45 h de la mañana. Suena el despertador. Tenemos por delante una dura y larga jornada, pero hemos salvado la parte más difícil: levantarnos, abrigarnos, salir al frío y encarar el cansancio poniendo el cuerpo a trabajar.

Ahora toca calentar el organismo, y no se nos ocurre mejor manera que pedalear. Parece mentira que con el calor que hizo ayer a mediodía esta mañana podamos estar a sólo 1°C. Suerte que fuimos previsores y en la mochila no hemos echado en falta ni los guantes de invierno ni los calcetines de franela.

Al salir del pueblo nos cruzamos con un nutrido grupo de bikers locales de tipo madrugador que rueda por la misma pista que nosotros. Enseguida nos colamos en un bosque de pinos en el que extrañamos un sendero que teníamos grabado en la memoria. Empezaba justo aquí, donde se escapaba del camino principal para zigzaguear cuesta arriba esquivando retorcidos pinos jóvenes y ganando altura suavemente. La moda del desbroce está en su momento álgido y este bosquecillo no se ha librado de la tala, por otra parte necesaria.

El problema para nosotros es que la máquina que se lleva la maleza sobrante requiere un paso de varios metros de ancho, así que el sugerente sendero es ahora un camino pisado. La melancolía nos dura un segundo. Sabemos que, tarde o temprano, el bosque recuperará su terreno.

 

Tras la primera ascensión del día encaramos un rápido descenso por un agradable camino que nos lleva hasta Monistrol de Calders. La ruta pasa frente a una cafetería llamada Sport que posee un poder extraordinario: te obliga a parar. Minutos más tarde, el mundo luce de un color distinto -color café con leche con extra de azúcar, para ser exactos- y tiene forma de croissant.

Enseguida nos alejamos del pueblo y el mundo vuelve a su forma natural: nos rodean campos de labranza, bosques, torrentes…… Esta vez no vamos en dirección a Castellterçol, como hace la Capablanca clásica, sino hacia Moià. El track opcional nos guía hacia un camino que se eleva por el límite de un pinar que sobrevuela la espectacular riera de La Golarda, que fluye tranquila, bajo las inmensas paredes de roca gris que la forman y, a su vez, la protegen.

El camino es un trepidante sube y baja que sube más que baja, unas veces con más sadismo que otras, pero acaba desentumeciendo nuestros afligidos músculos. La etapa de ayer, al final, pasó factura.

Hacia el km 25 cruzamos la riera, justo a la altura del molino de Marfà, y constatamos que el lecho es de roca viva y tiene una pátina de resbaladizas algas. El sol brilla en lo alto, pero todavía no hace exactamente calor.

En la orilla opuesta nos espera una nueva subida que nos lleva hasta Moià, donde aprovechamos para rellenar los bidones. Le sigue un tramo rápido que nos sitúa, casi sin ganar desniveles y por un entramado de pistas y caminos de distinta naturaleza, en las afueras de Castellterçol.

Emboscados

A partir de Castellterçol, el nuevo menú de la Capablanca vuelve a ofrecer dos opciones. La versión clásica prosigue por diversos collados con predominio de caminos y pistas hacia Castellar del Vallès, mientras que la nueva alternativa se dirige hacia Sant Feliu de Codines por una zona de senderos bastante exigentes, muchos de ellos de subida. Al analizar y comparar los tracks, desde aquí no hay grandes diferencias en cuanto a distancias ni desnivel. La vuelta extra ya la hemos dado yendo a Moià, cosa que merecía la pena para disfrutar del trayecto junto a la riera de La Golarda.

La gran diferencia a partir de este punto radica en el sector de senderos que hay más allá de una masía en la que tendremos el gusto de conocer a un numeroso clan perruno -el amaestrador de perros recomienda bajarse de la bici al pasar por la finca- antes de toparnos con las primeras paredes que dan brío, carácter y personalidad propia a esta variante.

El sendero surge de la nada, tras esquivar un campo y adentrarse en el tupido bosque. Conviene haber llegado hasta aquí con las piernas y los brazos -en rampas así se pedalea hasta con las encías- lo más frescos posible. Son intensísimas y breves, aunque se van enlazando una tras otra sin apenas descanso y al final se cobran algunos peajes en forma de “he parado para hacer una foto” o “te estaba esperando”.

Pese a la indudable dureza y la dificultad del tramo, lo cierto es que no nos pareció ni mucho menos un sector de “bici-trekking”, tal y como lo había definido Benjamín. Al contrario, pusimos los pies en el suelo en pocas ocasiones y fue para andar apenas unos pasos en algunos cortados que requerían ser discípulo de Ot Pi o César Cañas para superarlos sin bajarse de la bici. Por lo demás, con potencia y la bici adecuada, se hace casi todo a golpe de riñones y de moral.

Al coronar el Puig Castellar pasamos junto a las ruinas de una construcción de piedra y la pendiente se invierte, al igual que la expresión de nuestras caras. Vuelve la diversión, y ésta se va a alargar durante los siguientes 8 km, en que encadenamos subidas y bajadas por varios caminos rápidos y sendas trialeras que ponen a prueba nuestras habilidades.

Tierra roja, selvas verdes

Aunque vamos emboscados casi todo el tiempo, el paisaje ha cambiado significativamente durante el día. El firme húmedo pero compacto de la mañana, a orillas de las profundas gargantas de torrentes y rieras, contrasta ahora con los caminos más pedregosos y polvorientos de esta parte de la ruta.

Sedientos, en Sant Feliu de Codines nos desviamos ligeramente del track en busca de una fuente. Nuestro sexto sentido, especializado en la detección de recursos hídricos, nos señala dónde podemos llenar los bidones, y el sentido común nos recuerda que hay que comer. Esta vez serán unas barritas. Quedan 35 km para completar la etapa pero ya llevamos 58 km y casi 1.500 m de ascensión. El track parcial que nos han pasado para este tramo marca un tiempo total de 2 horas y media. Son las tres de la tarde. Si todo va bien, estaremos merodeando Republik Bikes a la hora de la merienda.

El camino bordea el cementerio y se interna en otro bosque del que no saldremos en los siguientes 14 km. La cosa empieza bien porque perdemos altura a una velocidad inaudita, sobre todo en una rampa que ataja a la izquierda antes de llegar a Les Elies. El color de la tierra ha vuelto a cambiar. Ahora contrasta, tan roja, con el verdor del sombrío túnel selvático por el que subimos y bajamos sin cesar, aunque con tendencia a perder altitud.

Las cortas pero contundentes rampas del 20 % duelen psicológicamente, pero más duele sentir que esto se acaba. Es una dicotomía incomprensible. Por una parte, quieres llegar, sentarte, merendar. Por otra, quieres saborear cada instante de estos últimos compases antes de volver a la civilización.

El cuentakilómetros suma y sigue. Después de sortear la sierra Cavallera y la primera urbanización en horas, enfilamos una nueva subida, no sin antes enchufarnos un PowerGel. El track nos muestra un atajo alejado del asfalto por un camino entretenido que desemboca en Can Padró, donde se junta con el track de la Capablanca clásica, que aquí nos regala un nuevo tramo de senderos hasta Castellar del Vallès.

Cruzamos el pueblo a toda velocidad por una de sus anchas avenidas y nos colamos en el cauce del río Ripoll hasta el desvío del torrente de Ribatallada, del que guardamos un grato recuerdo, aunque sube con fruición. El sendero que se retorcía sobre el riachuelo, salvando su curso una docena de veces, lo notamos más ancho, y hoy apenas salta el cauce en un par de ocasiones. Pese a ello, el track todavía nos resulta familiar.

Nos va a llevar por el típico laberinto de caminos y sendas que sólo los bikers locales conocen, pues ni aparecen en los mapas ni en las fotos del Google Earth, regalándonos así unas últimas emociones antes de desembarcar en los alrededores de Sant Quirze. Ahora sí, nos hemos ganado la merienda. Y el maillot de la Capablanca, con sus dos pistolas -más bien, dos trabucos-, con los que nos retratamos emulando al legendario bandolero.

La silueta de Montserrat nos acompaña durante buena parte de la primera etapa, en que conocemos a un espantapájaros de espíritu freerider, pedaleamos a orillas del Llobregat y disfrutamos de un prolongado tramo trialero en el Camino Real.

FICHA TÉCNICA

Camins d’en Capablanca – Variantes 2012

Kilometraje: Las nuevas variantes implican 68 km el primer día y 93 km el segundo. En total, 161 km.

Ascensión acumulada: El primer día nos salieron 1.665 m+, y 2.000 m+ el segundo. En total, 3.665 m+.

Itinerario circular: Sant Quirze del Vallès, Rellinars, Pont de Vilomara, Navarcles, Monistrol de Calders, Castellterçol, Sant Feliu de Codines, Castellar del Vallès y Sant Quirze del Vallès.

*La Capablanca clásica tiene 140 km y 3.300 m+.

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