La historia de Myles Rockwell es una historia de altibajos. Su punto más álgido, proclamarse campeón del mundo de DH en Sierra Nevada en el año 2000; su peor momento, tan solo cuatro años después de su gran gesta, ingresar durante treinta días en prisión por posesión de marihuana.

Texto: Rubén Pérez – Fotos: Archivo Myles Rockwell

La mayoría de nosotros recordamos a Myles como uno de los grandes corredores de DH que han pasado por el circo del descenso. No por su excelso currículum ciclista (no es tan excelso como alguno de sus contemporáneos). En su haber destacan la mencionada victoria en Sierra Nevada y un bronce en los Mundiales de 1993. Pero más allá de sus logros, lo recordamos básicamente por dos cosas, ser el responsable de acabar con la dictadura del marciano Nico Vuilloz (para muchos, el mejor corredor de DH de todos los tiempos) y, segundo, por hacerlo con su inconfundible estilo sobre la bici. Un maestro del derrape controlado y una finura sobrenatural sobre la bici. Sin aparente esfuerzo, un punto de relajación en sus extremidades y siempre rápido, muy rápido.

Sus inicios
Precisamente ese estilo sobre la bici Rockwell se lo debe a sus inicios en bici de BMX. Desde temprana edad hasta los doce años no pasó un día que no correteara con su bici perdiéndose por los senderos de Marin, California. Como muchos corredores de DH de ahora y de siempre, también se dejó seducir por el MX (con el que el DH guarda muchos paralelismos). Myles siempre se fijó en los primeros pioneros del MTB. Miraba y aprendía de los genuinos Klunkerz (las primeras MTB). Observaba atentamente cómo se deslizaban cuesta bajo jugando con la gravedad en laderas de gravilla, con la pierna fuera intentando salvar una caída anunciada. Los admiraba.

Memorabilia
Como todo gran campeón, al rondar la mayoría de edad, en Myles afloró la voluntad de ganar. Veía a mitos del DH de su tiempo como el legendario Greg Herbold y se veía con la capacidad y el talento de ganarlos. Empezó a competir y a destacar entre los demás captando así la atención de John Parker, propietario de Yeti Cycles, quien le ofreció el soporte de un equipo profesional y el trampolín ideal con el que dar el gran salto. 1993 fue un gran año, un año para recordar. Myles ganó el Reebok Eliminator de Durango (un evento muy mediático por aquel entonces) en una gran carrera codo a codo contra Jason McRoy. Ese mismo año lograba alzarse con la medalla de bronce en los Campeonatos del Mundo de la especialidad.

Caída y final feliz
A los treinta años de edad, Myles perdió la pasión por competir. Estaba cansado de dar vueltas por el mundo lejos de sus amigos y de superar duras lesiones. Había perdido la motivación que le llevó a volar alto, muy alto. Myles no pensó en su vida después de las carreras. Mientras duró, puso toda la carne en el asador hasta que se quemó y al pasar página vital no supo donde agarrarse. A diferencia de muchos compañeros de la época, se desmarcó de la industria de la bici y quedó en la sombra, en un segundo plano.

Durante sus años sabáticos se dejó seducir por la marihuana. La cultivaba en su propia casa hasta que un día la Policía lo detuvo y pasó cerca de 30 días en prisión. Myles siempre defendió de que se trataba de consumo propio, que no la comercializaba, pues en ese entonces, en 2004, se ganaba la vida ejerciendo de carpintero durante cerca de sesenta horas semanales.

Después de asistir a un programa de rehabilitación, Myles enderezó su vida. Una vida con moraleja para todos aquellos corredores que hoy viven en el Olimpo de los dioses del MTB y que mañana deberán integrarse en la sociedad con nuestras obligaciones terrenales. Para muchos, la caída más dura.

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