Todos, en algún u otro momento, pasamos por alguna crisis, algún bajón en el que nos preguntamos qué hacemos y hacia dónde vamos, como Cristina Spinola.

Esta canaria de Las Palmas de Gran Canaria un día se planteó lo siguiente: “Me cansé del periodismo que tenía que hacer y me lancé a la aventura y a descubrir mundo, a conocer a personas diferentes”, recuerda.

Culo inquieto, que suele decirse, y a dos años de iniciar la vuelta al mundo en bici, 2014, recorrió todas las islas Canarias en bici en 26 días. «A raíz de ahí escribí un libro y decidí empezar a trabajar a escala mundial».

Ya se estaba gestando la gran aventura que iba a protagonizar y que, como no podía ser de otra forma, le cambió la vida.

Hacer la maleta

Estaba decidida, pero siempre aparecen las dudas del último momento, el vacío, que con el paso de los años llenaría de golpe.

Pero ella, que ya usaba la bici para todo y que hacía triatlones y ultramaratones de montaña, que tenía en la bici una extensión más de su cuerpo, sabía que tenía que aprovechar la ocasión.

«No me había casado, no tenía hijos y me dije que o lo hacía entonces o nunca. Lo que más me costó fue dejar atrás a los amigos y a la familia, que no me habló durante dos meses».

Dado este primer paso, se necesitan dos más, bueno tres. Tener claro el punto de partida y el itinerario a priori que seguir; tener la bici con la que protagonizar la aventura y un respaldo económico mínimo para que todo salga en teoría como está previsto.

Cristina Spinola tenía unos ahorros que no le duraron mucho y que ya se pulió el primer año. Después en diferentes países por los que pasaban llegó a trabajar en labores de marketing y también recibió donaciones, ya que él suyo era «un ejemplo para muchas mujeres y una fuente de inspiración», puesto que no hay que olvidar que este viaje también tenía un componente importante de denuncia, de reivindicación de la mujer.

Y, además, «en los países del tercer mundo gastas muy poco. La gente te ofrece su casa y yo procuraba no gastar nada y que me invitaran a todo. Suena mal, pero yo también ponía de mi parte. Y si, por ejemplo, alguien estaba construyendo una casa o trabajando en su jardín, yo le ayudaba. Tú das y la gente da, y después daba conferencias en colegios. Y siempre tienes el hotel de tres estrellas que es la tienda de campaña”.

Con algo de dinero en el bolsillo hay que dar el paso de elegir la bici y el equipaje, lo que no es sencillo. Ella no se volvió loca y se compró una primera bici en El Corte Inglés por 200 euros.

«Al principio no tienes ni idea. No sabemos viajar con poco y aprendes. Tampoco sabía qué bici elegir. Ahora te metes en cualquier página web y te dan 80 para elegir, pero entonces los fabricantes no hacían bicis de cicloturismo«.

Marruecos, la puerta

Cristina Spinola inicia el viaje que le cambiaría la vida en Marruecos, dada la proximidad con las Islas Canarias, y «dar la vuelta, pero el oeste de África es muy peligroso, sobre todo Angola, y decidí hacer solo el este y llegar hasta Etiopía. Llevé la bici a Johanesburgo, Mozambique, y atravieso todo el este».

Empezaba así una experiencia que le iba a llevar a recorrer en 3 años, 27 países y casi 30.000 kilómetros. La primera mitad sola y la segunda acompañada, junto con otra aventurera. 30.000 kilómetros en los que utilizó tres bicis, que bautizó, por este orden, Roberta, Kimberley (la que compró en Malasia) y la tercera, en Los Ángeles, con la que terminó, Susan Sarandon.

A lo largo de tanto tiempo y de tantos países, a un aventurero, más aún si es mujer y va sola por el mundo, le pueden llegar a suceder mil situaciones de riesgo. Cristina Spinola iba siempre con cuatro ojos, «dormía siempre en lugares más o menos seguros, durmiendo nunca me pasó nada», pero sí que vivió dos situaciones muy delicadas.

Una fue en El Salvador, donde la atracaron dos hombres con un machete y le robaron el dinero que llevaba y los aparatos electrónicos. Y el otro en Malasia. Venía de Tailandia, «un país relativamente seguro», y se atrevió a pedalear sola.

En medio de la selva dos hombres en moto la empezaron a seguir, la tiraron de la bici en marcha con la idea de violarla. «Pensé que era mi último día. Pasé un miedo terrible. Corrí como una loca, apareció un coche y me salvaron. A partir de ahí me dio un bajón, una crisis terrible, y llegué a preguntarme qué hacía».

Por fortuna, salió del pozo. Ella –que cogió la malaria tres veces– no obstante asegura que «el mundo no es tan malo como lo pintan y que la mayoría de las veces los países no tienen que ver nada con como nos los imaginamos».

Eso sí, estudió bien la ruta, los países en los que era aconsejable entrar y en los que no y siguió los consejos y sus principios. Por ejemplo, no entró en Arabia Saudí, donde tenía que hacerlo acompañada de un hombre –«lo que iba en contra del propósito de mi viaje»–.

Tampoco lo hizo en Somalia ni en Eritrea –«te dicen que no vayas ni de coña porque te van a secuestrar, más si eres mujer» (de ahí los ocho consejos que ella da a cualquier mujer que quiera realizar una aventura como esta)–, en Egipto, porque entonces había ataques terroristas, y no la dejaron entrar en China, donde la investigaron.

Un país que sí visitó y del que no guarda un especial recuerdo es la India. «Fue terrible, por la propia seguridad personal que está en peligro constantemente. Están locos y conducen muy mal. Me estresé muchísimo«.

Patagonia, punto y final

La última etapa de este viaje de tres años fue de las más duras para ella, en la carretera austral de Chile, en la Patagonia, en condiciones extremas, de mucho frío.

Un final feliz para una aventura única, que le cambió la vida y que fue y sigue siendo fuente de inspiración para muchos.

Ella sigue teniendo claro dos años después que «no hay mejor manera de conocer la realidad de un país y de sus habitantes que viajando en bici», y tampoco presume de lo que hizo, «la gente se cree que hice una gesta heroica y no fue así».

Galería del viaje de Cristina Spinola

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