Cruzar los Pirineos pedaleando de mar a mar en sólo ocho etapas repletas de ascensiones interminables, collados remotos, paisajes cambiantes, bucólicas sendas y, cómo no, abruptas trialeras y descensos alucinantes. En total, 827 km y 18.270 m+ de auténtico y exigente mountain bike. Sabíamos que nos costaría. Y mucho. Precisamente por eso quisimos intentarlo.

Desde que a principios de los noventa se publicase aquel legendario libro titulado La travesía de los Pirineos en BTT, de Alfons Valls y Jordi Laparra, miles y miles de bikers han surcado la cordillera pirenaica siguiendo esta épica ruta que une el mar Mediterráneo con el Cantábrico por su cara sur. La Transpirenaica es la clásica entre las clásicas, la travesía por antonomasia, y desde hace cuatro años, la Transpyr permite cubrir el mismo itinerario en sólo 8 días, la mitad de los que propone la citada guía. Un desafío tentador… Demasiado, quizá.

Adiós, Mediterráneo. Roses-Camprodon/117 km/2.200 m+
Llegamos a Roses con muchas dudas y aún más nervios. Hace meses que estamos inscritos en la Transpyr, y aunque este año hemos salido bastante de ruta, no tenemos la sensación de que el cuerpo esté plenamente entrenado para lo que nos espera. “Ocho días son muy pocos días, y al mismo tiempo son muchos”, repetimos sin cesar. Pese a ello, tomamos la salida en la playa de Roses rebosantes de ilusión, rumbo al oeste.

El primer día se plantea como un mero trámite, una ilusoria introducción a la verdadera epopeya que se avecina. La etapa consta de una primera zona llana y rodadora que luego se endurece con algunas rampas endiabladamente crudas y varios sectores de senderos que anteceden a un último tercio más exigente que nos llevará hasta los primeros contrafuertes del Pirineo catalán, ya en la Alta Garrotxa.

En cuanto dejamos atrás las llanuras del Empordà, el calor sofocante –ésta será recordada como la Transpyr del calor– y los agudos desniveles empiezan a causar estragos en la parte trasera de la comitiva, que hasta aquí había avanzado con entusiasmo y alegría. “Bienvenidos a la Transpyr. Aquí no hay etapas fáciles”.

Antes del segundo avituallamiento, situado en Oix, el recorrido ya nos ha dado un par de avisos, con paredes intransigentes y alguna que otra trialera de las que hacen saltar las alarmas. “Esto va muy en serio”.

Pasamos el control de Oix a tiempo, pero aún queda una cuesta sostenida que nos conduce de bruces hacia una inesperada emboscada. El camino se convierte en una trepidante senda que sube y baja sin cesar, saltando de un colladito a otro, dibujando una montaña rusa interminable. En otras circunstancias estaríamos disfrutando de una divertida zona técnica, pero hoy las piernas ya acumulan suficientes emociones. Sencillamente, queremos llegar cuanto antes.

Entramos en Camprodon eufóricos, cruzando la meta bajo su puente medieval tras casi doce horas de etapa. Esto acaba de empezar y ya apunta maneras. Hay que celebrarlo.

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