Sólo en el hielo

Especialista en expediciones de alta dificultad en bici y en solitario por los rincones más remotos e inhóspitos del planeta, Juan Menéndez Granados afrontó recientemente uno de sus

últimos retos: la travesía del lago Baikal helado. Situado en Siberia, se trata del lago de agua dulce más grande de Asia y el más profundo y antiguo del planeta. Una aventura que este deportista extremo asturiano superó una vez más con nota.

Pese a que la publicación de este reportaje en los meses de calor en los que nos encontramos nosotros puede ser como un soplo de aire fresco ante las altas temperaturas reinantes, lo cierto es que para Juan Menéndez Granados la culminación de la travesía al lago helado del Baikal no fue nada fácil. Todo lo contrario. Fue muy dura y exigente, y esta dureza ya empezó a palparla el deportista asturiano en la primera etapa. Menéndez Granados explica que las condiciones a las que se enfrentó en el Bailkal fueron muy duras desde el primer momento.

Así, el deportista de Pravia recuerda: “El recibimiento que me dio el lago fue realmente terrible, como si me quisiera advertir de antemano de lo que me esperaba. La superficie helada estaba cubierta por una espesa capa de nieve que hacía imposible rodar en bicicleta. El día que empecé nevó, y cuando iba a entrar en la zona más limpia, también nevó”. Además, hay que tener en cuenta que las aguas heladas del Baikal no eran una superficie lisa ideal, como se podría pensar, al contrario, presentaba constantes ondulaciones e irregularidades que dificultaban el pedaleo.

Tras esta primera dificultad, que le obligó a arrastrar durante largos trechos la bicicleta y el equipo de 80 kg con el que tenía que asegurarse la autonomía, una fuerte tormenta siberiana se cebó con él, con vientos de hasta 90 kilómetros por hora. Ante esta situación, la inmensa planicie del helado Baikal se convirtió entonces en su peor enemiga, pues no tenía dónde protegerse de la fuerza y el castigo al que le estaba sometiendo el viento. Era tal la situación, que Menéndez Granados tuvo que tirar del ingenio, levantando un pequeño muro con bloques de hielo, pero, pese a esta protección, la tormenta rompió una de las varillas de la tienda, que por fortuna se pudo reparar.

Viento helado

Estas fuertes rachas de viento fueron constantes a lo largo de toda la expedición. Y, dado el escenario en que se hallaba nuestro expedicionario, a la dureza y fuerza del viento hay que sumar el frío reinante, por lo que el azote de la naturaleza era mayúsculo. “Soplaba en ocasiones tan fuerte, que no podías mantener el equilibrio y sufrimos peligrosas caídas”, explica Menéndez Granados, que añade: “Hay que entender que la bici, el remolque y la ropa para el frío creaban un conjunto que ofrecía mucha resistencia al viento, con la dificultad añadida de estar sobre dos ruedas. En más de una ocasión tuve que echar el pie a tierra”.

El panorama al que tuvo que hacer frente era muchas veces casi dantesco, ya que a las fuertes rachas de viento había que sumar el frío, con mínimas que alcanzaron los -22ºC y medias no superiores a los -10ºC. Unas temperaturas glaciares que ya habían sido sus compañeras de viaje habitual en otras travesías extremas, como la que realizó desde Helsinki al cabo Norte en 2008 o su ruta por la carretera de hielo del río McKenzie, en el ártico canadiense, durante 2009.

La constante y persistente fuerza de la naturaleza fue poco a poco haciendo mella en el aventurero asturiano, quien a medida que pasaban los días iba acumulando un cansancio mayor. De esta forma, él mismo reconoce que en la fase final del proyecto las mayores dificultades estuvieron en el castigo físico al que se vio sometido y en la escasez de víveres. Esta última incidencia puede parecer a según quién sorprendente, más aún teniendo en cuenta la experiencia que atesora Menéndez Granados en aventuras de todo tipo sobre la bici: “En un principio tenía previsto recorrer el lago en 12-14 días, pero con las dificilísimas condiciones, con tanta nieve, sólo pude hacerlo en 19 días. Llevaba comida para 15 días, con lo que tuve que dosificar muy bien los víveres para lograr el objetivo de hacerlo con autonomía”.

¿En el fondo del lago?

De esta forma, con mucho esfuerzo, sacrificio y sed de aventura, Juan Menéndez Granados completaba en Severobaikalsk una travesía al lago Baikal en la que los temores también estuvieron a la orden día. Y cuando digo temores no me refiero ya a las duras exigencias físicas y psíquicas que requería esta aventura, sino a la propia idiosincrasia del lago.

Éste, de una superficie de 31.500 km2 y una profundidad media de 744 metros, se halla en una zona sísmicamente activa y sus orillas se alejan unos dos centímetros cada año. Un comportamiento activo que el lago quiso demostrar una vez más a Menéndez Granados. “En una de las etapas me despertó un pequeño terremoto. Todo se movía, tienda y hielo. Duró unos 20-25 segundos. No fue muy intenso, pero llegué a temer por una rotura del hielo que acabara conmigo en el fondo del lago, con tienda incluida”.

Aparte de a los accidentes naturales que siempre pueden surgir, Menéndez Granados también tuvo que hacer frente a la soledad. Aunque en los primeros compases de la carrera nuestro protagonista se cruzó a lo lejos con algún pescador, también es cierto que llegó a estar más de diez días más solo que la una.

Era él, su bici y su remolque frente a la inmensidad del lago -hay que ser muy fuerte mentalmente para no comerse la olla- hasta que en el último tercio de la aventura se encontró con tres personas que estaban tirando de una especie de trineo desde Severobaikalsk hasta la isla de Ushlanii, donde hay una base meteorológica. Se alegró tanto de encontrarse con ellos, que lo primero que hizo fue darles un abrazo, ante la sorpresa de estos lugareños, que tuvieron que frotarse los ojos para dar crédito a lo que estaban viendo: un aventurero capaz de jugarse la vida para cruzar un lago helado como el Baikal.

Más duro de lo previsto

Tras unas últimas etapas de suspense, con mucha nieve en el lago –con espesores que rondaban los 30 cm– y escasa comida, Menéndez Granados llegaba al final del lago, logrando el objetivo de atravesar el Baikal con autonomía total. En estas duras condiciones, había días en los que no conseguía avanzar más de 5 km. En circunstancias normales tenía previsto recorrer en torno a los 50 km diarios, pero, en el mejor de los casos, realizaba apenas 30 por etapa: “Era inhumano avanzar sobre la nieve. Nunca había avanzado tan poco. Me daba la sensación de que mi referencia en el cercano horizonte, el cabo Kotelnikovskii, era inalcanzable”. Pese a todo, la esperanza de ver su sueño cada vez más cerca, y la experiencia acumulada en otras expediciones, fue el mejor combustible en las últimas jornadas de este aventurero que con tan sólo 22 años ya atravesó toda la Amazonia.

A menos de 100 km para Nizhneangarsk, final del lago, ya se apreciaban algunas roderas de pescadores y, al mismo tiempo, había menos nieve, aunque estos últimos kilómetros no iban a ser tampoco nada fáciles. Con la comida justa, y la debilidad lógica de quien acumula muchos días, kilómetros y situaciones de todo tipo en las piernas, Juan Menéndez Granados afrontaba el último respiro de esta aventura en unas condiciones no demasiado optimistas.

Por todo ello, no es de extrañar la alegría que experimentó cuando llegó a Severobaikalsk y completaba la travesía del lago Baikal. Se convertía en el primer expedicionario en conseguirlo. Una empresa que le permitió recorrer 730 km sobre las aguas heladas del lago siberiano sin avituallarse de ayuda externa ni descansar en ningún punto habitado en 19 días. Alcanzada la meta, el deportista praviano, que no dudó en inmortalizar el momento extendiendo la bandera de su Asturias natal, declaraba: “Estoy muy satisfecho de haber alcanzado una meta que por momentos creí inalcanzable ante las condiciones tan adversas que me encontré”.

Exhausto pero feliz, Menéndez Granados equiparaba esta hazaña al éxito protagonizado en 2009, cuando se convirtió en el primer expedicionario en cruzar Australia en solitario por sus principales desiertos a lo largo de 5.000 km. Una hazaña de tal magnitud, que el pasado mes de marzo le sirvió para recibir, por su expedición al lago Baikal, el premio Viaje del Año, que de forma anual convoca la Sociedad Geográfica Española.

Con la casa a cuestas

Trailer

Comida liofilizada, martillo, sierra, termos, pala, tienda de campaña, esterilla, cubierta de repuesto y tornillos de hielo.

Alforjas traseras Herramientas, repuestos, paneles solares y ropa.

Bolsa trasera Pan.

Alforjas delanteras Hornillo, comida no liofilizada: queso, tocino, leche condensada, tentempiés…

Bolsa manillar Cámara fotográfica, videocámara, documentación, termómetro, mapas y brújula.

Mochila Cuchillo, mensajero satélite, teléfono satelital, radiobaliza, kit de supervivencia, ropa de emergencia y pinchos para el hielo.

Galería

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.