Continuamos, y no nos arrepentimos, pero al llegar al campamento habremos estado 12 horas en marcha. Nuestros campamentos son variopintos, a veces en abiertos claros junto al río, rodeados de grandes bloques de piedras y otras veces encajonados entre verticales paredes. Aunque no existen aldeas permanentes en el Wakhan, normalmente acampamos cerca de las pequeñas cabañas de los pastores, que sirven de refugio para nuestros guías locales, y cuando el viento y la nieve arrecian con fuerza, nos reunimos con ellos junto al fuego, soportando los fuertes humos provenientes de los excrementos de yak, la única fuente de combustible para el fuego en esta zona árida. La gente de la zona es de lo más dura y fuerte que hemos conocido jamás, y se las ingenian para conseguir lo que necesitan sin recursos. Esa misma noche fundirían parte de sus suelas de zapato al fuego para añadirles trozos de tejido que les servirían como improvisados crampones para ganar algo de adherencia en el paso nevado que nos esperaba al día siguiente.

Y es que los elevados pasos nevados suponen nuestro mayor obstáculo. Más altos que cualquier pico de Europa son un reto para nuestra forma física y nuestros pulmones. Arrancando el día a las 4 de la mañana, cada jornada es como una carrera contra el tiempo, tratando de cruzar antes de que la nieve sea demasiado blanda.

Llega un momento en que alcanzamos lo alto del paso, pero nuestro avance no es posible sin poner en riego la vida de un animal. Nos retiramos sabiendo que al día siguiente nos espera un larga vuelta… Acampamos a 4.400 metros de altura, justo debajo de un enorme glaciar colgante. Es posiblemente el campamento más espectacular en el que he estado jamás, pero estoy demasiado cansado para apreciarlo. Seis horas mas tarde estamos de nuevo avanzando por la nieve helada para alcanzar el paso Showr a 4.867 metros de altura, la entrada a la zona del Pamir controlada por los kirguizos. El objetivo conseguido es un triunfo tanto mental como físico y el merecido descenso es una mezcla ecléctica de rocas y piedras, en un terreno muy técnico que nos pone a prueba una vez más.

El terreno se abre hacia un ancho valle glacial y avanzamos empequeñecidos por el tamaño de nuestro entorno. Durante las dos noches siguientes somos acogidos en tradicionales tiendas kyrguizas llamadas yurts, y dormimos allí junto a nuestros seis acompañantes afganos. Protegidos del incesante viento, los yurts son un alivio para todos nosotros y compartimos rancio yogurt de yak mientras los kyrguizos se divierten con nuestras bicicletas en el exterior.
Los hombres kyrguizos son maestros montando caballos. Aquí, los caballos y los yaks son el único medio de transporte.
Afganistan
Las bicicletas nunca han tenido un lugar aquí, y mientras atravesamos el Pamir, nuestras monturas se convierten en objetos de fascinación. Tenemos con nosotros bicicletas que cuestan más de lo que una de estas personas pudiera ganar en 10 años, pero su valor económico no tiene ningún significado aquí. Para ellos simplemente tiene un aspecto gracioso y son divertidas de montar. De hecho, en una de las aldeas, el profesor de la escuela desapareció con una de nuestras bicicletas durante 20 minutos y retrasó nuestra partida.

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