Cuando tienes que atravesar medio mundo para tomar parte en una de las pruebas de culto de mountain bike mejor consideradas como la British Columbia Bike Race, tus nervios e insegruidades afloran de repente.

¿Seré capaz de terminarla? ¿Tendré algún imprevisto que me obligue a retirarme? Estos y otros pensamientos similares no dejan de invadirme ni a mí, ni a mi compañero Jorge, con quien me he aventurado a esta prueba.

La British Columbia Bike Race (BCBR) no es una carera cualquiera. Sus siete etapas, más un prólogo, discurren entre los mejores senderos del oeste de Canadá. Concretamente, entre Vancouver, Vancouver Island y Squamish.

Esta zona supone posiblemente el mejor destino del mundo para hacer disfrutar a cualquier amante del MTB con cierto nivel técnico. Todo ello gracias a la impresionante red de increíbles e interminables singletracks naturales. Un aspecto que fue determinante, sin duda, para que nos decidiéramos por esta aventura.

Durante estos ocho días de julio, prácticamente 1.000 personas, entre staff y corredores, forman la caravana de la BCBR. Toda esa cantidad de gente se sincorniza a la perfección, las salidas y llegadas de las etapas, el paso por los pueblos, los ferrys, la logística de los autobuses. Todo funciona.

Para ponerlo en perspectiva, en España hay más de 5.000 municipios con menos de 1.000 habitantes. Podríamos decir que aquí se mueve un pueblo entero casi cada día.

Comienza nuestra experiencia

Tras concluir la primera jornada con el prólogo inicial, nos subimos al ferry que nos iba a llevar a Cowichan Valley. Durante el transcurso, comentamos lo que más adelante se convertiría en una norma; hay gente muy competitiva en esta carrera, como en todas. Porque hay a quien le va la vida en la carrera y no te deja pasar. Nos tendremos que habituar a ello.

Los paisajes son espectaculares, cosa que esperas, pero los trails son de otro mundo. El estado, después de pasar cientos de corredores, sigue siendo inmaculado. El terreno tiene ese agarre tan particular que te aporta una confianza brutal cuando empiezas a bajar. Es el famoso loam: esa arena oscura y compactada que agarra en seco, en mojado y en cualquier condición.

El aprendizaje de la British Columbia Bike Race

Ya en la primera etapa seria empiezas a aprender ciertas cosas. Vas subiendo por un sendero y de repente empiezas a escuchar cencerros, gritos, jaleo… llevas el pulso a tope y vas concentrado en el terreno mientras el ruido acrecienta.

Giras a la derecha y te encuentras, en mitad del sendero, a ambos lados, unas 15-20 personas gritando mientras el corredor de delante intenta bajar por una resbaladiza losa de piedra que está casi vertical, casi se mata en el intento, pero lo consigue y la gente lo celebra.

Eso será una constante, cuando se escuchan gritos y gente, solo dos cosas pueden pasar, o se empina hacia arriba a tope o se empina hacia abajo con cierto riesgo para tu integridad física. En esas situaciones, tanto si llegas arriba como abajo, sin echar el pie a tierra, eres el héroe por un minuto.

Los primeros dos días de carrera son un poco la toma de contacto con todo lo que la rodea y su logística: desayunar, calentar, correr, (ferry o no), coger tienda, ducha, masaje, cena, dormir y vuelta a empezar.

Para los que van delante y salen en las primeras olas, les sobra tiempo en el campamento. Para los que salimos de la mitad para atrás no queda mucho tiempo entre tareas. Hay que ser eficiente.

La primera etapa, Cowichan Valley, se reparte en dos tramos cronometrados y un enlace por carretera. El primer descenso transcurre en una zona que había sido deforestada, con unos berms fantásticos, puro disfrute, y la segunda es territorio clásico de BC… gnarly le llaman por allí.

Rocas, raíces, y rock Rolls empinados. El tiempo nos respeta y no llueve. Disfrutamos bastante esta etapa, sobre todo Jorge, que no paraba de levantar a los espectadores de sus culos mientras adelantaba a participantes en cada rock slab que veía.

A ritmo de Singletrack, técnico

Las siguientes dos transcurren en Cumberland, senderos y bosques es todo lo que me viene a la mente. En esta etapa ya empecé a darme cuenta de que mi plan de entrenamiento podría haber sido algo mejor, particularmente con respecto a las subidas ténicas que se acumulaban una tras otra. Subidas donde apenas sumas unas decenas de metros de desnivel, pero que hacen mella.

Aquí también tuvimos nuestra primera buena ración de esos puentecitos tan North Shore, unas pocas tablillas bastante estrechas, húmedas siempre, para añadir dramatismo, que elevan el trail por encima de la maleza. En los últimos metros se escucha de nuevo ruido. Al llegar arriba hay una orquesta. Trombón y todo, tocando.

 

La convivencia  en la BC Bike Race

A partir de la tercera etapa ya reconoces a la gente que sale en tu ola, poco a poco les pones nombre y te ayuda a llevar el ritmo.

Conocimos a gente genial, Álex y Veva de Barcelona; Rick, de Colorado, Patxi, de Bilbao; el Sprinter, de Sudáfrica, el chino de cascabel, de Taiwán (llevaba un cascabel para que no se lo comiesen los osos).

Luego ya en el campamento conocimos a mucha más gente con la que compartimos cenas, desayunos, transfers y muchas risas, como Isaac y Carlos, también de Barcelona; Pablo y Ceci, de Granada, Óscar, José Manuel y Rorra, de México, luego estaban dos hermanos colombianos. Compartir el idioma siempre ayuda a hacer grupo.

La cuarta etapa, Powell River, nos deja boquiabiertos. Rodar por senderos trazados sobre un manto de musgo, sortear raíces y disfrutar de las bajadas técnicas y la gente animando. Algunas zonas parecían sacadas de un cuento de hadas.

Lo que no estaba sacado de un cuento de hadas era la carga acumulada que ya se empezaba a notar en nuestras piernas y que era premonición de lo que ocurriría más adelante. No obstante, cuando llegas al famoso Aloha Trail, después de una subida saca todo lo que tienes dentro y ves a la gente animando y ofreciéndote fruta, el esfuerzo parece que sea menor. Vas sonriendo de oreja a oreja.

Si has seguido la British Columbia Bike Race desde sus inicios, este segmento es uno de los clásicos en todos los vídeos. Las señoras vestidas de hawaianas, animando sin parar y con las mismas ganadas a cada uno de los 600 corredores que durante dos o tres horas pasan por ese puente en mitad de un bosque. Increíble.

Fue una etapa genial, fuimos muy bien compenetrados y disfrutamos mucho. Para poner la guinda al pastel de etapa que hicimos, nada más llegar al campamento baste, unos amigos de EE.UU. que habíamos conocido la noche anterior nos habían reservado la mejor tienda de todas. Qué felicidad descansar en una tienda sin escuchar más ronquidos que los propios.

Sigue nuestra aventura

Para la quinta etapa nos hicimos el dorsal de una de las islas y fuimos desde Earl’s Cove a Secheit. Pero para llegar a la salida teníamos que trasladarnos hasta Earl’s Cove. Unos pocos afortunados lo hicimos en hidroavión y, aunque fue corto el vuelo, nos dejó imágenes increíbles de esta zona de Canadá.

La etapa en sí fue dura, muy dura. Mucha subida de salida, muy vertical y mucho hike-a-bike. Para añadir más dureza, la carrera empezó a las 11 am, en lugar de a las 8.30 am, por lo que el estómago llevaba un pequeño desorden.

Es una etapa que tiene todo lo que ofrece British Columbia. Bosques infinitos, rocas, senderos perfectos, zonas muy técnicas, bajadas rápidas y bajadas lentas.

Dicen que cada cual cuenta la historia según le fue. Pues para mí la etapa 6 se la podrían haber ahorrado. Muchos puentes tipo North Shore, mojados, que resbalaban como el hielo. Muchas subidas cortas y técnicas. Y muchos kilómetros ya en piernas.

A es le unimos una pájara total y ya os hacéis la idea de lo que disfruté. Hubo momentos en los que pensaba que la carrera se acababa aquí. Estaba exhausto. Y aunque los últimos 6 km de la etapa eran un desceno brutal que, en otras circunstancias, habría sido genial, el cielo decidió abrirse y nos cayó un aguacero deshecho. Un día más y ya está. Solo pensaba en eso.

El séptimo día, Squamish

Qué os voy a contar que no hayáis visto o leído anteriormente sobre Squamish. Pocos sitios en el mundo son comparables. Ni Whistler, ni Utah, ni Nueva Zelanda. Como Squamish no hay nada.

Después de una pájara, siempre se tiene un buen día, me decía Jorge. Y en parte tuvo razón. Desde el primer momento me encontré bien y fuimos haciendo. Algunos de los senderos son felicidad absoluta, sonrisa de oreja a oreja mientras encadenas berms perfectos. Pero no fue un día fácil para terminar. Se hizo largo. Particularmente la segunda parte del día, a partir del km 35.

Las ganas de terminar la carrera ayudan a empujar y en algunas de las subidas finales apretamos con todo lo que teníamos, y por puro postureo esprintamos los últimos 2 km hasta la meta. Nuestra British Columbia Bike Race estaba terminada.

Nuestra reflexión

La organización de la carrera, con Dre, Monieta y el resto de staff, es espectacular. Coordinar un evento así no es fácil y algo deben de ahcer bien para que sea el número 13 y todavía se sigan agotando las inscripciones a los pocos días de salir a la venta.

No podemos estar más agradecidos por su hospitalidad, ayuda y apoyo durante los meses antes de la experiencia y durante la carrera. Está claro que las personas marcan la diferencia y en el caso de estos canadienses, y las comunidades locales que pasamos, es así.

Desde la persona que te da el plato para desayunar, el chico que te coge la bici para lavarla a cambio de una pequeña propina, la señora que te carga el móvil, los que vienen a desmontar las tiendas a las 6.30 am, el cachono del pollo y el megáfono, lso marshalls, el equipo de wellness, Bret Trippe en los avituallamientos, o los que daban los pollo-flash en la última subida de la última etapa, todos con una sonrisa en la cara, hiciese sol o lloviese. Esa, yo creo, es una de las mejores virtudes de la BCBR.

Texto: Alejandro Sánchez // Fotos: Alejandro Sánchez y BCBR

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