Estamos montando en bici por Corea del Norte, posiblemente uno de los lugares situados actualmente en el ojo del huracán en cuanto a conflictos internacionales.

Con amenaza nuclear incluida, con lo que, como dice Tom, las serpientes, quizás, no deberían ser ahora mi principal preocupación, aunque estén bajo mis pies.

Recibimiento frío y hostil

Tras la primera noche en el país, mi amigo Harald Philipp me despierta, le castañean los dientes, me dice que necesita encender la estufa del refugio en el que hemos dormido.

Durante la noche tuvimos que usar los colchones para protegernos del viento que entraba en el edificio. Nos apilamos, como en una partida de Tetris, para apretarnos entre nosotros y combatir el frío.

Harald se despertó además en un saco totalmente empapado por la lluvia y ahora necesita té caliente. Ayer necesitamos diez horas de esfuerzo físico, sobre nuestras bicis, para llegar a este lugar, y la verdad es que pasar así la noche no entraba en nuestros planes.

Ayer el desgaste físico se agudizó también pretendiendo seguir al guía local Kim In-guk. El ritmo de Kim era endemoniado, algo que nos sorprendió teniendo en cuenta su edad, 70 años, y ese holgado y estrafalario traje de baño que vestía.

Lo seguimos por una empinada ladera, a través de maleza y atravesando zonas rocosas. Con unos andares de vaquero y un cigarrillo que ardía en sus dedos, nos animaba con el pulgar hacia arriba cada vez que parábamos a descansar.

¿Por qué Corea del Norte?

Corea del Norte está aislada del mundo por un régimen ideológico y las duras sanciones de Occidente. El país, por tanto, se encuentra lejos del radar y las inquietudes turísticas.

Sin embargo, por ser el último bastión del comunismo y ser un país intrigante, me despertó la curiosidad conocerlo y adentrarme en él con mi bici de montaña.

Incluso yendo con un plan de viaje organizado, gracias a Tom Bodkin y su compañía de guías profesionales Secret Compass, tuvimos que afrontar varias incertidumbres en un país repleto de incógnitas.

Parece que Corea del Norte es como el tema del Everest, muy poca gente ha estado allí pero todos opinan sobre él. “Puedes tomar fotos de todo, menos del Ejército”, dijo Pak Song Gun, adelantándose a la pregunta que ya estaba en mis labios.

Pak y su colega, Om Jin Song, fueron nuestros dos guías turísticos oficiales, quienes nos recibieron en el aeropuerto de Pyongyang y con quienes desde allí nos adentramos en un mundo desconocido.

Desde el aeropuerto recorrimos vastas y tranquilas avenidas, repletas de bicis eléctricas y tranvías. Más tarde llegamos ya al campo, a través de carreteras tan anchas como las pistas del aeropuerto y en campos de arroz de un verde realmente vibrante.

Tardamos unas tres horas en llegar a nuestro primer destino en el que poder montar en bici, el monte Myohyang, patrimonio de la UNESCO.

Allí solo vimos una docena de vehículos, un cartel publicitario y un coche familiar moderno, de la marca estatal Peace, por supuesto. Afortunadamente, los bosques de arces de Myohyang son oscuros y fríos, nos dan un respiro, por tanto, del abrasador sol de Corea del Norte y que nos empapaba de sudor mientras montábamos nuestras bicicletas.

En un terreno arenoso y con el ambiente oliendo a las hojas en descomposición, comenzamos a pedalear atravesando una serie de cascadas en una especie de espectáculo que nos rodea. Mientras tanto, nuestros riders Max Schumann y Harald bajaban a toda velocidad por una losa de piedra, muy cerca de un grupo de turistas locales, ataviados con zapatos de calle y camisa de cuello alto, que se quedaron sin aliento y que no dudaron en sacar sus móviles para grabar a los dos riders.

Son una población ávida de contenidos audiovisuales, recordemos que no tienen acceso a YouTube o Instagram, por ejemplo. Corea del Norte no tiene conexión a la World Wide Web ni la señal telefónica internacional. Tampoco la tuvimos nosotros durante nuestra estancia.

Al llegar entregamos ese privilegio y nuestra seguridad a nuestros guías turísticos, quienes, desde luego, parecían estar más familiarizados con los museos y las estatuas que con las montañas de su país. Acampar en la cresta de la cumbre del monte Myohyang fue un ejercicio de optimismo.

La copiosa lluvia de los días previos convirtió el descenso de más de 1.600 metros en algo tan excitante como resbaladizo. Descendimos entre maleza anudada y secciones verticales de piedra.

Maldije a Kim y sus virtudes como guía, pero luego reparé en que, aunque parezca inverosímil, no está acostumbrado a tratar con ciclistas de montaña extranjeros y, por tanto, no entiende nuestras aspiraciones como bikers y de lo que este viaje supone para nosotros.

Al acabar el descenso nos encontramos con un grupo de jóvenes que estaban de fiesta, alrededor de una humeante barbacoa y bebiendo cerveza, mientras que pasaban el rato en una especie de karaoke. Nos invitaron a unirnos a ellos y aceptamos, quizás por aprovechar la rara oportunidad de obtener cerveza fría tras el esfuerzo.

Las barreras lingüísticas y culturales se rompen fácilmente cuando se comparten experiencias extraordinarias. Las dificultades de nuestro campamento estrecharon los lazos con nuestros guías, quienes se mostraron extraordinariamente atentos con nosotros y, además, quisieron seguirnos y acompañarnos en nuestro empeño de coronar al volcán Paektu.

Hacia la montaña sagrada, monte Paektu

Paektu es un lugar espiritual para los norcoreanos. El lugar donde se inició la revolución de 1948 que fundó su república.

Una montaña icónica de 2.744 metros sobre el nivel del mar y que es el punto más alto del país. Allí arriba dominan las feroces ventiscas y en invierno las temperaturas llegan a los 40ºC bajo cero. Cuando llegamos en autobús al pie de la montaña, estábamos envueltos en niebla.

Durante seis horas nos acurrucamos dentro del bus, era imposible salir al exterior. Una intensa lluvia nos impedía comenzar a pedalear. Decenas de camiones en el exterior con personas cobijadas en sus remolques, cientos de rostros mojados y apiñados que se protegen de la lluvia.

“Son trabajadores locales en su día libre, que vienen a venerar al monte”, nos dijo Pak. La lluvia torrencial aborta nuestro propósito de subir a este coloso, así que nos retiramos a un hotel de la zona, un lugar repleto de mobiliario de los años sesenta que harían furor en eBay, con olor en los pasillos a pescado y grasa de cerdo.

Compartimos cena con varios turistas, la mayoría chinos, que, como nosotros, ansiaban subir al volcán y monte más alto de Corea del Norte.

Al día siguiente nos ponemos en pie a las 4.30 a.m. bajo un cielo lleno de estrellas. Condujimos unas dos horas hasta la base de la montaña, allí pasamos el control del Ejército, formado por un grupo de soldados con ametralladoras; ninguno aparentaba pasar de los 17 años.

Una vez pasado el control, nuestro autobús avanza entre cientos de trabajadores que mantienen el camino empedrado hacia la montaña sagrada. En un momento de la subida, nos detenemos y arrancamos a pedalear, justo para hacer la última parte del ascenso en bici.

Así llegamos una hora después al borde del cráter, donde se encontraban algunas chabolas destartaladas de trabajadores que nos miraban con total asombro. Nunca antes habían visto a nadie montar en bici de montaña por aquí.

Una vez en la cima, trato de absorber la inmensidad del paisaje que me rodea. Monumentos de granito blanco impecables y enormes letras rojas (firma y declaración de Kim Jong-Un de que el monte Paektu es un lugar sagrado) se muestras desafiantes en un desierto árido, rocoso y por encima de los 2.700 metros de altitud.

Cumplimos las normas, tuvimos libertades

Más tarde, azotados por un viento aterrador, nos lanzamos en un corto pero trepidante descenso hacia el lugar en el que dejamos el bus y donde nos esperaban los guías.

El día de hoy y este recorrido de ascenso al monte Paektu nos ha sido posible gracias a unas libertades que se nos han otorgado y de las que jamás pensábamos que habríamos disfrutado en un país como este.

Desde tomar fotos casi sin ningún tipo de censura hasta obtener el permiso para acampar en el monte. Fue extraordinario.

Nuestros próximos días estarán repletos de momentos con familias lugareñas, visitas a lugares de la cuidad y asistencia a algún que otro desfile militar. Actividades que, sin duda, nos ayudan a comprender un poco mejor a un país poco conocido y muy particular.

Texto y fotos: Dan Milner

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