Aibek maniobra su caballo con la habilidad y la confianza de un jinete tres veces mayor que su edad, y eso es algo que, desde luego, nos da cierta confianza en estos momentos.

El caballo de Aibek es nuestro taxi y nuestro destino está literalmente en sus manos, o más bien en sus patas. La bicicleta está torpemente intercalada entre Aibek y nosotros, sobre el caballo.

Es entonces cuando empezamos a tambalearnos por las constantes sacudidas del animal al trotar sobre caminos de grava suelta y torrentes irregulares. Para nuestro jinete, pasear por este desierto sería un día normal si no tuviera un ciclista de montaña aferrado nerviosamente a su espalda. Aibek no ve muchos ciclistas de montaña; de hecho, creo que soy el primero.

Desde la orilla del río, cabalgamos detrás de Aibek hasta un grupo de yurtas (una especie de tiendas de campaña de los nómadas esteparios) instaladas sobre praderas doradas. Las nubes de tormenta se oscurecen en lo alto mientras nos descalzamos las zapatillas sucias para entrar en una yurta y sentarnos sobre alfombras gruesas y estampadas.

Una mujer sonriente con un chaleco bordado nos sirve chai mientras reflexionamos sobre nuestro entorno y lo que estamos haciendo aquí. 3.500 metros arriba, en Kirguistán, realmente tenemos poca idea de lo que vendrá después; pero esa ha sido la historia de los últimos cinco días. Kirguistán es así: un lugar para esperar lo inesperado.

Un lugar desconocido

El servicio Uber equino de Aibek es solo una de las innumerables experiencias de un viaje de ocho días a través de las montañas del ala oeste de Kirguistán. Un país poco conocido, ubicado entre China, Uzbekistán, Tayikistán y Kazajstán.

En medio de Asia central, un lugar atacado por algunos aventureros sobre ruedas practicando bikepacking, rodando por pistas sin fin, en un país donde el caballo lo domina todo.

Desde la infraestructura del transporte hasta los menús de los restaurantes. ¿Nunca habéis probado el recto de un caballo o su grasa abdominal? Son exquisitos. Sin ir más lejos, es la milenaria tradición equina la que ha dejado en este país un enorme legado de senderos entre sus montañas.

Valles salvajes y senderos inéditos

La curiosidad sobre el potencial de estos senderos para caballos fue lo que provocó que planeáramos este viaje con el Euan Wilson de H + I Adventure el año anterior.

Con la inestimable ayuda del guía de trekking local Dimitry Kaliyuk, dibujamos una ruta que comienza al sur de la ciudad de Osh y debe acabar en ocho días y tras 140 kilómetros en la base del Pico Lenin, a 7.134 metros de altura y que es la segunda montaña más alta de Kirguistán.

Entre estos dos puntos se encuentran una serie de campamentos de yurtas seminómadas, valles salvajes por los que nunca antes nadie ha pedaleado, varios pasos con 4.000 metros de caída vertical y casi 5.000 metros de ascensión. Exactamente, el tipo de ingredientes para atraer a los bikers de Red Bull Rene Wildhaber, Tom Oehler y el videógrafo Douglas Tucker.

Comienza la aventura

Juntos, comenzamos nuestro viaje en el paso húmedo y empapado por la lluvia de Kyzyl-Kasa unos días antes. Desde el primer golpe de pedal, acompañados por un tambor de truenos, nos sumergimos en un mundo desconocido definido por una sobrecarga sensorial de perros ladrando, caballos al galope y picos elevados e irregulares.

Esa primera noche, colgamos nuestra ropa mojada para secar por goteo sobre un cable eléctrico doblado, tomamos humeantes tazones de misterioso estofado y miramos hacia una pared de roca aparentemente impenetrable que empequeñecía nuestra yurta.

“Mañana subimos a 3.800 metros”, murmuró nuestro guía Dimitry. “Sera difícil”. Pronto aprendimos que Dimitry tiene un relativo punto de vista sobre la dificultad de los recorridos.

Nos dimos cuenta cuando al día siguiente, en la subida al Paso Kumbel, de 3.854 metros de altura, tardamos casi seis horas. Pedaleamos y empujamos hasta que finalmente pateamos escalones hasta la extenuación por empinadas pendientes. Subiendo por encima incluso que el teleférico más alto de los Alpes.

A diferencia de lo que hubiera ocurrido en Europa, no nos acompañó el sonido de los cencerros o el olor persistente de la fondue, sino los vítores de cuatro jinetes, los que dirigían a los siete caballos que arrastraban nuestro equipo.

La habilidad de estos cuatro jinetes kirguisos enérgicos nos distrajo del dolor. Uno de ellos saltó directamente a la espalda de su caballo en un movimiento realmente acrobático, mientras que otro nos dice: “Es un campeón local”. Está hablando del deporte nacional de Buzkashi, una versión anárquica de polo que se juega con la cabeza de una cabra como pelota.

Primera cima, primeros días

En la cima de ese primer paso alto se recompensaron nuestros esfuerzos sin aliento con 1.600 metros verticales de descenso por un sendero que podría haber sido construido perfectamente para bicicletas.

Nos dejamos caer entre enormes paredes de rocas multicolores justo una hora más tarde de alcanzar la cima. Lo hicimos durante mucho tiempo junto a un río cristalino. La recompensa del sendero de Kirguistán está ahí, con sus inquietantes paisajes, pero hay que estar dispuesto a ganarla.

Durante el tercer día alcanzamos el paso Kosh Moinok, de 3.287 metros de altura. Nos estamos aclimatando a la altitud, tanto es así que pensamos dormir en su cima, pero los relámpagos nos dan la bienvenida.

Descendimos rápidamente por el mejor sendero del viaje, una línea perfecta de tierra negra que recorre pastos verdes mientras nos cae una lluvia torrencial. Cuando llegamos a nuestra sencilla casa de huéspedes, en la aldea de Kyzyl Shoro, estamos escupiendo arena, aunque con una sonrisa de oreja a oreja.

Una vez resguardados en la casa, nos sirven una amplia variedad de platos locales mientras que nos quitamos el frío de encima. Pronto aprendimos que las temperaturas invernales descienden a menos de 40 grados centígrados de los que se tienen en verano.

Echo un vistazo al retrete, que está fuera de la casa, e intento imaginar cómo puede ser de dura la vida aquí durante el invierno, en este remoto rincón de Kirguistán. Sinceramente, prefiero venir en verano a pedalear.

Nuestro viaje continúa

Nos alejamos de nuestra casa de huéspedes a la mañana siguiente, con las camisetas humeantes bajo el sol ya caluroso. Pedaleamos pasando por delante de la mezquita del pueblo y atravesando nubes de polvo levantadas por camiones que pasan hacia una mina de carbón cercana.

Tenemos 15 kilómetros de recorrido, con 1.500 metros de ascenso por delante, pero los espíritus están vigorosos, estamos motivados, sobre todo por los ánimos que nos transmiten los lugareños.

Durante nuestro recorrido, una familia reunida alrededor de un horno de barro al aire libre nos da pan fresco recién horneado, nos detenemos a probarlo, cómo no. Mientras tanto, vemos a nuestros primeros turistas: un pequeño grupo de trekking.

Acto seguido abordamos una pista que nos llevará al paso Sary Mogul, de 4.303 metros de altura. Seis horas después, organizamos un campamento justo debajo del paso y aquí, entre vastos glaciares colgantes y después de cuatro días de viaje, tomaremos nuestro primer baño.

Finalmente, no subimos al paso de Sary Mogul. Es el punto más alto de nuestro viaje, pero precisamente por eso, la escalada estrecha y pronunciada lo convierte en el más arriesgado.

Escaladores y demás turistas

Dimitry explica que estamos en una ruta de senderismo popular en el área, y rodamos fuera del pequeño paso en un camino que está fuera de la curva, pero que está trillado, entre decenas de picos sin nombre y coronados de glaciares.

Cruzando el paso comienza un nuevo capítulo para nuestro viaje y nos encontramos cara a cara con yurtas ocupadas con escaladores y turistas de otros países en el campamento de Lenin Peak.

Pedaleando por descensos y sin parar de botar en la parte trasera de una camioneta pick-up, realizamos un transfer polvoriento de una hora de duración desde el valle hasta la ciudad de Sary Mogul, pasamos por las yurtas y los caballos que sustentan la historia de 2.000 años de Kirguistán.

Estos restos vivos y prósperos de una antigua forma de vida se sientan junto a docenas de antiguos vagones ferroviarios soviéticos, cada uno de ellos se alza sobre la tierra y se recicla en las casas. No recuerdo haber visto una escena tan diversa.

Lenin Peak

Dos días después, nos encontraremos en la cima de nuestra última montaña, de 4.133 metros, a través de un mar de hielo lleno de grumos, salpicado de islas de morrena gris.

Este será el punto final de nuestro viaje y, frente a un impenetrable muro de hielo que se levanta sin interrupciones hasta la cima de Lenin Peak, aceptaremos que este no es nuestro dominio. Dejaremos el hielo y la nieve a los sudorosos escaladores que manejan hachas de hielo y tropiezan de un lado a otro por el paso a nuestro lado.

Aquí nos daremos la vuelta y conduciremos nuestras bicicletas de vuelta por el sendero que subimos antes. El descenso será rápido y lúdico, una docena de interrupciones que conducen a un sendero de piso perfecto que serpentea perezosamente a través de praderas onduladas.

Luego, por primera vez en ocho días, sabremos qué esperar y es una sensación rara en Kirguistán. Pero antes de eso, tenemos otros tres días de eventos inesperados y experiencias únicas en la vida. E incluirán poner mi destino en manos de un niño de nueve años en un caballo, cuyos pies apenas alcanzan los estribos.

Texto y fotos: Dan Milner

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