Más allá de las dunas blancas que colonizan la costa frente a las islas Medes, a los pies del agreste macizo de Montgrí y las frondosas laderas de la sierra de Les Gavarres, existe un Empordà desconocido repleto de rincones silenciosos, surcado por caminos y senderos solitarios. La Gran Volta a l’Empordà propone un recorrido de espíritu biker de 188 km que nos mostró la cara más oculta y virgen de esta comarca gerundense.

L’Escala, kilómetro cero

Pedaleamos hasta l’Escala acarreando las mochilas. Allí nos espera Eduard Kirchner, el impulsor de Outdoor Empordà y responsable de la Gran Volta a l’Empordà (GVE). Lo encontramos ultimando detalles en su recién inaugurada oficina, frente al puerto deportivo de La Clota, donde nos entrega el pack de bienvenida, nos explica cómo es el itinerario y nos da instrucciones para llegar a los alojamientos de las siguientes jornadas. La primera sorpresa es que el maillot nos lo llevamos puesto el primer día. El premio, si completamos la ruta, es otro. Mejor dicho: otros. Si sellamos en todos los controles, nos tocará volver a Camallera cargados como auténticos burros. Una botella de vino de Peralada, otra de aceite de oliva virgen de Ventalló, un kilo de arroz de Pals y, cómo no, un bote de anchoas de l’Escala.

Minutos más tarde, Eduard nos cuenta todo el proceso de creación de la ruta y nos avanza que no somos ni mucho menos los primeros en disfrutar del recorrido. Primero han pasado por aquí una veintena de bikers de diversos niveles, desde meros aficionados como nosotros hasta el mismísimo Jordi Laparra o pros como Marc Trayter, natural de l’Escala, quien vive y entrena en esta zona y confesó haber descubierto nuevos senderos gracias a la ruta. Al escucharle, comprobamos que Eduard rebosa entusiasmo. Cuidadoso con los detalles, deportista desde la médula, licenciado en INEF, apasionado del deporte al aire libre en general y de la ciclo-orientación en particular (formó parte de la selección española durante tres años), fanático de los mapas y, por supuesto, enamorado de l’Empordà.

Nos habla de los tempos, nos recomienda restaurantes donde parar a comer, rincones para sacar fotos… Insiste en que la ruta está pensada para hacerse en sólo dos jornadas, pero también ofrece la posibilidad de repartir el kilometraje en tres días, opción por la que nos decantamos sin dudarlo un instante. Los desniveles acumulados son razonables, pero siempre que sea posible preferimos pedalear con calma, saboreando cada lugar.

Etapa 1

De l’Escala a Monells. 69 km – 952 metros+

A la mañana siguiente, el sol asoma sobre el golfo de Roses tiñendo de púrpura el macizo del Canigó. Incluso las cumbres de l’Albera brillan blanquecinas a través de la ventana del ático donde nos hemos alojado, en el mismo bloque donde está la oficina de la GVE. Nos vestimos de invierno algo dubitativos, por si pasaremos calor o no, y acto seguido enfilamos el breve trecho que nos separa del bar de pescadores del puerto.

Al entrar, un sinfín de ojos nos escrutan. Nosotros tampoco perdemos detalle, sobre todo de los platos de sardinilla frita que degustan los marinos al son de un vaso de vino. Son las ocho de la mañana. Sin duda, es un bar de los auténticos. Aunque para desayunar nos decantamos por un suculento bocata de fuet, tomamos buena nota del aroma a pescado fresco reinante, ya pensando en nuestro regreso. Pero para eso habrá que esperar. Por delante tenemos casi 200 kilómetros de ruta llenos de sorpresas.

Nada más dejar atrás el puerto, nos internamos en una densa pineda a través de un zigzagueante singletrack. Primeras subidas, raíces y algún que otro charco, fruto de las lluvias de hace sólo un par de días, nos acaban de despertar. El macizo de Montgrí se supera de forma elegante, casi sin darse uno cuenta, por una serie de sendas nada transitadas. El descenso nos lleva hasta Torroella de Montgrí, donde cruzamos el Ter y seguimos su curso por el margen derecho hasta la desembocadura, donde el río parte en dos una playa de arena blanca decorada por las islas Medes.

Playa de dunas blancas

Caminamos los únicos 300 metros no ciclables de la ruta, siempre junto a un mar de pequeñas dunas, hasta tomar una nueva pista que avanza llana, entre arrozales, en dirección a Pals. Sin embargo, apenas un kilómetro antes de llegar al pueblo, el track nos desvía hacia la izquierda, adentrándonos en el bosque de Can Pou por una serie de cuestas exigentes que caracolean entre encinas hasta un mirador conocido como Quermany Gros. El bucle nos saca los colores, pero en lo más alto nos regala una generosa panorámica circular: las Medes, el Canigó, la llanura de l’Empordà, el Montseny a lo lejos…

Tras el merecido y estimulante descenso, entramos en Pals, pueblo monumental en el que paramos a recuperar fuerzas (ya llevamos 35 km de ruta) y deleitarnos pedaleando sin prisa por sus empinadas calles de origen medieval. Entre fachadas con balcones de piedra y ventanas ojivales, bajo arcos de medio punto y torres del siglo XI, los adoquines rezuman historia.

Al salir del pueblo, el viento del norte ha ganado fuerza y nos lleva en volandas hasta las primeras rampas de la ascensión reina del día. Entramos en una zona que me resulta especialmente familiar, pues es por estos bosques en los que me subí por primera vez en una mountain bike, ahora hace 20 años (¿o quizás sean más?). Es inevitable que se apodere de mí una dulce nostalgia. Cuánto tiempo. Qué viejo soy. Qué bien. ¡Cuántos años disfrutando de la bicicleta!

Entre tiernos recuerdos, despierto en cuanto la pendiente se dispara y hay que recurrir al plato chico, que acaba llevándonos hasta el Coll de Tramuntana. Es un camino ancho por el que creo haber bajado alguna vez, aunque pronto nos desviamos por uno más estrecho y accidentado, que nos catapulta por la vía directa hasta el santuario de Fitor. En medio de las rampas más duras, Amelia tuerce el gesto. Nos pesan los macarrones del mediodía. Y los calçots también reaparecen en escena con su suave e inconfundible aroma. ¡Menuda indigestión! Ahora, sin duda, los recuerdos son más vivos que nunca.

A lomos del pasado

A partir de aquí se suceden diversos tramos trialeros. Primero de subida hasta Can Puig, por el sendero de roca viva en el que hace dos décadas descubrí que había gente capaz de casi todo sobre una bicicleta. En mi caso, tuve suerte de la evolución de las mountain bikes. Este breve pero excitante atajo era implanteable de subida con la bici que me agencié de chaval. Hoy no dudo un instante. Apunto con la rueda delantera hacia una línea ideal que parece más seca y me lanzo cuesta arriba, casi a media ladera de un flanco de agrietadas lajas verticales, por las que fluye un fino caudal de agua y verdín.

Al llegar arriba, eufórico, me entran ganas de volver a bajar, pero el tiempo apremia. Con el sol ya cansado, envueltos en una luz grisácea, encaramos otra trialera de mi infancia que nos lleva sin problemas hasta Can Calç, donde hay un viejo pozo de hielo y son visibles las profundas roderas que labraron los carros sobre el lecho de roca viva que forma el camino.

El descenso continúa ahora menos exigente, pero vivaracho y dinámico, como todos los caminos de Les Gavarres, en los que cada pocos metros asoma una laja de roca que te obliga a estar siempre atento. La diversión es inevitable en esta larga bajada llena de toboganes, en los que la velocidad se dispara de forma racheada, dando poco tiempo para disfrutar del paisaje, aunque no se nos escapa algún detalle por el rabillo del ojo, como la ermita de Santa Llúcia d’Arboç, que sobresale entre las copas de los árboles.

En pocos minutos alcanzamos la llanura de Cruïlles, otro núcleo de pasado medieval, no sin antes haber tentado la suerte en el vadeo del Daró, río que baja alto y limpio pero que amenaza con remojarnos los zapatos justo en la recta final de etapa. Al entrar en Monells, después de un tramo por asfalto de dos kilómetros por un camino local, ya es hora de encender las linternas. Un poco más y llegamos a oscuras. Siempre nos pasa lo mismo: da igual que la etapa sea de ocho que de ochenta. Siempre apuramos la diversión todo lo posible.

Nos esperan en la fonda La Pepa Maca, una casa de esas en las que no te importaría instalarte una temporada. Jardín, terraza, hogar, biblioteca, cientos de objetos curiosos y un sinfín de caminos en los alrededores.

Etapa 2

De Monells a Cistella. 59 km – 833 metros+

La segunda etapa arranca en llano, lo que resulta ideal con el panzón que nos ha quedado después del desayuno. Al pasar junto a una pequeña ermita rodeada de campos, el track nos desvía por un camino emboscado que parecía desintegrarse pero que acaba transformándose en un senda sinuosa que nos lleva hasta Rupià, donde tomamos el Camí de la Creu y de Sant Romans hasta una pasarela que nos permite salvar el curso del Ter. Con 19 km en las piernas, llegamos a El Ginebró, cerca de Vilopriu, punto de descanso para los que hagan la ruta en dos días.

La mañana transcurre entre bosques y campos, siempre lejos de las carreteras, alternando pistas rápidas con sectores más entretenidos, como los que nos llevan a Pontons desde la Torre de l’Àngel, donde se puede otear el horizonte de toda la ruta. Pese a las referencias geográficas que se obtienen desde lo alto de la atalaya, entramos en una especie de laberinto en espiral, en el que nos da la sensación de estar dando vueltas y vueltas… Qué extraño… Los brazos apenas se sostienen sobre el manillar. La bici parece ir sola. De repente, caemos en la cuenta: el desayuno hace horas que es protohistoria, y con la emoción de parar en cada trialera a sacar fotos, nos hemos olvidado de comer. Son las tres de la tarde y el cerebro pide combustible. Ahí van unos geles, una barrita y unas gominolas. Qué alivio. Empezamos a verlo todo más claro.

El cielo azul de la mañana se ha ido cubriendo poco a poco, pero cuando llegamos a Lladó, el sol asoma la cabeza bajo el manto de nubes. Ya cerca del horizonte, nos regala un placentero baño de luz cálida que dibuja nuestras sombras en los verdes campos. Poco después, teñirá el firmamento de azafrán, escarlata, violáceo… El espectáculo nos atrapa cerca de la ermita de la Mare de Déu de Vida, a dos kilómetros de la casa de turismo rural Can Lluís, distancia que cubrimos a la luz de las linternas. El camino se pierde en la espesura y un sendero nos lleva hasta un arroyo bloqueado por grandes rocas. La senda empieza a subir como un túnel siniestro custodiado por el fauno. Otra vez de noche. Somos un caso perdido. Por suerte, en Can Lluís no sufren por nosotros. Eduard les ha advertido de nuestras costumbres tardonas.

Al llegar, encontramos nuestro equipaje, una ducha caliente, ropa limpia y la agradable compañía de Caríen y Rinus, los propietarios, y su simpática perra, Pollux. Con ellos compartimos una rica y agradable cena. De primero, ensalada. De segundo, un enorme plato de “penne” con salsa de rabo de toro (no es cachondeo). De tercero, cordero a la brasa con patatas al horno. De postre, helado con mermelada casera de higos. Después de cenar, en el jardín, las únicas luces que se ven son las de las estrellas.

Etapa 3

De Cistella a l’Escala. 60 km – 215 metros+

Por la mañana despertamos rodeados de bosques. Las vistas desde la antigua masía son increíbles. No hay ni una sola construcción alrededor. Incluso vislumbramos la cima del Bassegoda cubierta de nieve.

Después de un desayuno de tamaño continental (zumo, café, pan, tostadas, huevos, embutidos, paté, queso, mermelada, fruta…), partimos hacia Vilarig y Llers, superando los últimos desniveles de la ruta. Hoy es la etapa más llana, pero también topamos con algunos muros cortos que nos internan en zonas trialeras, como la del Turó de l’Hortal. Un sendero nos lleva a otro, siempre atentos a la pantalla del GPS, que indica un giro inesperado entre dos pinos jóvenes, hacia una pala vertical de tres metros de altura, seguida de otra más breve, y un nuevo singletrack nos conduce hasta Pont de Molins por el margen derecho de La Muga, un hermoso remanso de paz donde pasamos casi 20 minutos reparando un pinchazo. Ante todo, mucha calma.

En el siguiente pueblo paramos a comer unos bocatas (algo hemos aprendido), y cambiamos de orilla para seguir el curso del mismo río hasta Cabanes y Peralada, donde llegamos con el plato grande. Antes de continuar, nos retiene el elegante vuelo de las cigüeñas que crotoran sobre sus nidos a las afueras del municipio.

Las pistas rápidas se suceden entre campos y canales, siempre con el viento a favor. Enseguida quedan atrás Fortià, Vilamacolum y Sant Pere Pescador, ya dentro del Parc Natural dels Aiguamolls de l’Empordà. Minutos después alcanzamos la costa en la magnífica playa de Empúries. Presidida por el viejo muelle griego y las ruinas de la antigua colonia romana, es un final único para la ruta.

El mar nos tienta, pero hoy hace demasiado frío para darse un baño. Lo que sí apetece y no tendrá efectos secundarios para nuestra salud es pasar las últimas horas del día al sol, remoloneando sobre el espigón, rememorando los mejores momentos de la ruta, recordando mis primeras excursiones en mountain bike… Por la noche, por supuesto, acudimos al bar del puerto de pescadores. Hay aromas que no se olvidan.

 

FICHA TÉCNICA

Kilometraje: 188 km.

Ascensión acumulada: 2.000 metros.

Itinerario circular: Comienza y acaba en l’Escala, pasando por Torroella de Montgrí, Pals, Santa Coloma de Fitor, Cruïlles, Monells, Rupià, Vilopriu, Lledó, Vilarig, Peralada, Sant Pere Pescador y Sant Martí d’Empúries.

Orientación: La organización facilita el track para GPS y un mapa de la ruta (escala 1:50.000) a todos los inscritos. Por cada dos inscritos (o cuatro, según disponibilidad) hay un GPS de préstamo incluido.

Versión corta: La GVE tiene una hermana pequeña llamada Volta Petita a l’Empordà, con un recorrido menor pensado para bikers que están iniciándose en el mountain bike de travesía. Suma 112 km con 929 metros de ascensión acumulada en dos etapas, durmiendo en Monells.

Información y reservas: www.outdoor-emporda.com / tel. 627 496 465

Más información: www.cicloturisme.com

VALORACIÓN PERSONAL

¿En cuántos días?: La GVE está diseñada para hacerse en un fin de semana, pero para ello es necesario estar en buena forma y disfrutar devorando kilómetros. Si te gusta ir con más calma, el plan se puede alargar un día más.

Indicada para: Bikers con ganas de hacer rutas fuera de temporada y ciclistas con ganas de iniciarse en la modalidad de travesía.

Contraindicada para: Incondicionales de los desniveles acumulados extremos, fanáticos de las vías verdes y alérgicos a los paisajes mediterráneos.

La estimulante panorámica de los Pirineos nevados nos acompaña a lo largo de casi todo el recorrido.

8 PREGUNTAS CON RESPUESTA

Bici ideal: Una mountain bike rígida o una de doble suspensión tipo rally son las más adecuadas para esta ruta, que, sin tener espíritu extremo, sí que alberga tramos técnicos. Nosotros estrenamos las Trek Fuel EX 8, que demostraron ser muy adecuadas para toda clase de terrenos, tanto en sendas como en pistas rápidas.

Mejor época: Se puede hacer durante todo el año, excepto en julio y agosto. Nosotros la hicimos a principios de febrero y disfrutamos de buenas temperaturas los tres días.

Inscripción: Para realizar la ruta en dos etapas, la organización ofrece un pack por 130 euros que incluye un maillot exclusivo, el track para GPS y un mapa de la ruta, una pernocta con media pensión (cena y desayuno), transporte de equipajes, seguro de asistencia médica y diversos obsequios gastronómicos típicos de la zona. El pack de tres días cuesta 190 euros.

Asistencia mecánica: En la oficina de Outdoor Empordà y los diferentes alojamientos disponen de recambios básicos. En caso de avería o enfermedad no urgente, la organización prevé un servicio de rescate en ruta por 50 euros adicionales.

Avituallamiento: La ruta pasa por diferentes pueblos en los que hay supermercados, cafeterías y restaurantes.

Agua: A lo largo del itinerario encontramos diferentes puntos de agua para rellenar bidones o camelbaks.

Compañía: Es una ruta ideal para los acompañantes no ciclistas, que pueden disfrutar de la playa o las visitas a pueblos con encanto mientras los ciclistas pedalean, coincidiendo luego en acogedores alojamientos.

Tipo de caminos: Predominan los caminos y pistas, pero también hay senderos y tramos trialeros. La ruta es 99 % ciclable (en la playa de la Fonollera hay 300 metros donde hay que empujar la bici por la arena).

 

Si quieres ver más fotos de esta ruta, pincha aquí para ir a la galería de fotos

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.