La vida de Rebeca del Castillo es para tenerla en la mesita de noche y consultarla cada vez que estemos de bajón.

Pasó por el quirófano por primera vez a los 7 meses. Lleva un marcapasos y un parche interventricular. Está a la espera de su 9ª operación de corazón, pero no pierde la sonrisa ni las ganas de hacer deporte.

Preséntate para que el lector se ponga en situación.

La primera vez que me intervinieron tenía siete meses. Me han hecho ya siete operaciones de corazón y he pasado nueve veces por el quirófano. A los 16 años me pusieron un marcapasos y un parche interventriculal. Pero desde niña he llevado una vida del todo normal. He hecho deporte desde los cuatro años y me encanta.

¿Los médicos te controlan?

Sí, ahora estoy pendiente de una posible intervención, porque por el tipo de vida que llevo el marcapasos no es lo suficientemente potente para estimularme el corazón como necesito. A ver si me pueden introducir otro cable y otro tipo de marcapasos e igual arreglarme una de las válvulas. Otro paso por el taller para estar mejor. Pero el médico me ha dicho que siga teniendo una vida activa. No concibo mi vida sin hacer deporte.

Tu historia tiene más argumentos épicos. Explica lo del médico de Viven.

Me lo explicó mi abuela. Cuando me intervinieron la primera vez en Madrid, uno de los supervivientes de Viven es cardiólogo y lo invitaron a mi operación.

Y tus padres se libraron de un trágico accidente.

Me operaron en 1983 y estuve hospitalizada casi todo el año. Cuando me iban a dar el alta, mis padres tenían reservado un billete de avión para un vuelo que iba de Madrid a Santander. Mi madre se quedó un día más conmigo y mi padre cogió el tren cama y con ese avión hubo un accidente en el aeropuerto. Un avión se metió en la pista y con el ala mató a los pasajeros del otro. Mis padres habían cambiado milagrosamente el billete.

¿Sales mucho en bici? ¿Creo que te gusta la Titan?

El año pasado Eric (su pareja) hizo la Titan y me gustaría. He hecho la Orbea Monegros y la Treparriscos. Mi sueño sería hacer la Titan. Sería un reto.

Pero ¿al hacer deporte tienes que controlarte más?

Con el marcapasos el pulsómetro no me sirve mucho. Voy por sensaciones. Cuando haces deporte es más fácil controlarte, en la vida diaria es más difícil. La cardióloga que me lleva en el Vall d’Hebron me dice que soy un caso muy raro, que no conoce a nadie como yo.

¿De dónde crees que sacas las fuerzas, el positivismo?

Por cómo me han educado mis padres. Cuando nací a los dos meses me dio una parada cardíaca. Mis padres podían optar por pensar que estaba enferma y que no hiciera cosas, pero optaron por que viviera e hiciera lo que me hiciera feliz.

Tú, ¿cómo te encuentras?

Cuando voy al hospital me veo fenomenal. Veo gente que me da lástima, porque yo me veo muy bien y pienso que ojalá pudieran hacer lo mismo que yo.

Igual el miedo…

Todo depende de la educación que hayas recibido desde niño. Si te dicen que eras normal y que puedes hacer las cosas como cualquier otro, que te cansarás más y que igual tienes que pararte veinte veces, pero que aun así lo vas a conseguir, eso al final te cambia la vida.

Con lo que has pasado, ¿nunca has temido lo peor?

Nunca. Lo único que me da miedo es la anestesia. Donde me tenga que quedar ahí será. ¡Tengo tantas ganas de vivir, tengo que seguir dando guerra!

¿Y si echaras un poco el freno?

Mucha gente me lo dice, pero yo soy superactiva.

¿Podrías llegar a la Titan?

Igual con un tercer o cuarto cable que me pueda estabilizar el corazón podría. Ahora no, pero me encantaría. A ver el médico, que ya me da por pérdida.

Puede que para alguien que lea estas líneas o bien a través de las redes sociales seas un referente.

Mucha gente me escribe para pedir consejo. Les digo que primero vayan al médico y cuando les diga que están bien, que empiecen a hacer deporte, poco a poco.

Siempre positiva, la botella medio llena, por eso.

Es que aunque tenga un corazón diferente al de los demás, no lo soy. Puedo hacer una vida normal. A la gente que tiene un problema cardíaco les digo que la vida no se acaba ahí, que igual empieza realmente, porque empiezas a valorar cosas que antes no valorabas. Los límites están en nuestra cabeza.

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