Lieja-Bastoña-Lieja: Alaphilippe y la fiesta

“Ojo con la fiesta, que te la quitan de los fuciños”. Ya lo decía Arsenio Iglesias, entrenador del Superdépor, aquel mítico equipo que perdió la Liga del 94 tras fallar un penalti en el último minuto. Julian Alaphilippe no habrá oído hablar del Bruxo de Arteixo, pero estaría muy de acuerdo con su advertencia. El francés se creyó ganador, ya pensaba en la fiesta y en la foto, de arcoíris y con los brazos en cruz. No vio venir a la derrota por su derecha. Las carreras se acaban en la línea de meta. Nunca antes. Que se lo digan a Zabel.

La Lieja-Bastoña-Lieja fue para Primoz Roglic, otro sonoro perdedor, que hace solo dos semanas se dejó el Tour a un día de París. Allí aprendió a levantarse y de qué manera. Terminó el Mundial entre los mejores y ahora tiene un Monumento, el primero de un esloveno en la historia. Quizá era el menos rápido de los cuatro que jugaron por la victoria, pero se exprimió hasta el final y salió campeón.

Volvamos con Alaphilippe. El ridículo es mayúsculo, pero se le podría perdonar, como se le perdonan sus gestos y sus caritas. Es puro show. Sin embargo, no podemos aceptar la maniobra que ejecutó en el esprint: se lanzó el primero y cuando miró hacia la izquierda vio a Marc Hirschi saliendo de su aspiración, entonces varió la trayectoria para cerrar al suizo, que tocó la rueda trasera del francés, se le salió una cala y perdió el equilibrio. El bandazo acabó también con las aspiraciones de Tadej Pogacar.

No sabremos quién hubiese ganado en un final limpio, pero lo de Alaphilippe es una cerdada. En solo una semana ha perdido todo el crédito que se ganó con su exhibición en el Mundial de Imola. La sanción es merecida y, de paso, le ahorró la vergüenza de subirse a un podio que no se merecía. No podemos hablar de la maldición del arcoíris porque en este caso la derrota se la ha buscado él solito. Vaya pifia.

La Lieja, la decana de las clásicas y el Monumento para escaladores y hombres explosivos, defraudó un año más en su desarrollo, bloqueada hasta la última de las once cotas en el recorrido. La Redoute, que históricamente ha deparado grandes movimientos, volvió a pasar sin pena ni gloria y la selección no se hizo hasta la Roche-aux-Faucons. Allí atacó Alaphilippe, respondieron Hirschi –tenemos clasicómano para una década–, Roglic y Pogacar. Lo demás ya se lo saben.

Sí que honró a la historia de la Lieja y de la Redoute la británica Lizzie Deignan en la prueba femenina, con lluvia, frío, una jugada maestra del Trek-Segafredo y un final con suspense. Deignan lanzó su ataque desde un grupo que se anticipó a las grandes favoritas y aguantó el empuje de Grace Brown en una persecución agónica. Solo le sobraron nueve segundos, suficientes para festejar.

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