Se acabó lo que se daba. Una vez finalizada la temporada es el momento para hacer balance. Y en 2019 hemos vivido otro paso atrás del ciclismo español. El número de victorias (56) es el más bajo de las dos últimas décadas. Y no solo importa la cantidad, sino la calidad, porque 13 de esos éxitos se han conseguido en pruebas World Tour, un escaso bagaje para un país antaño en la elite. La Vuelta al País Vasco de Ion Izagirre y el reciente Tour de Guangxi que se anotó Enric Mas son los dos únicos éxitos generales en la máxima categoría.

El bajón tiene varias lecturas. Alguna es obvia, como el envejecimiento y la retirada de las grandes figuras españolas en la época más reciente. Alejandro Valverde, que acaricia ya los 40 años, solo ha levantado los brazos cinco veces este curso. Y una fue en el Campeonato de España, que no contabilizamos en este análisis. El Bala ha perdido el título de pichichi en detrimento de Jesús Herrada, que ha sumado seis victorias. Algo está cambiando.

Las ultimas pinceladas de Valverde y el adiós de los Alberto Contador o Purito Rodríguez, entre otros, plantean desde hace varios años un futuro incierto. Y, aunque nos quieran vender que el relevo está garantizado con los Mikel Landa, Marc Soler y Enric Mas, es muy difícil volver a encontrar tres ciclistas que ofrezcan un rendimiento tan alto en el mismo espacio-tiempo. En 2019, por ejemplo, Landa ganó una etapa en la Semana Coppi-Bartali, Soler se quedó a cero y Mas apuró con el citado éxito en Guangxi.

Los 56 triunfos frente a los 67, 70, 65 o 91 de los últimos cinco años o de los 100 que superó el ciclismo español entre 2001 y 2009, en curva descendente desde entonces, no son solo un número, sino una evidencia de otras cuestiones. El siglo XXI nos ha traído la crisis y, con ella, la quiebra o drástica reducción de costes en muchas empresas. Por ende, los patrocinadores fuertes son un rara avis en un deporte tan necesitado de ellos como el ciclismo. Movistar, Caja Rural o Burgos, cada uno dentro de sus posibilidades, son excepciones que confirman la regla.

Sin continuidad en el pelotón profesional, para muestra el cierre del Euskadi-Murias, las oportunidades son mínimas para los jóvenes aspirantes a dar el salto desde la categoría de aficionados. Y, por tanto, las opciones de lograr victorias en el ámbito internacional también bajan. Es una pescadilla que se muerde la cola. No conviene olvidar la desaparición de un buen puñado de pruebas en nuestras fronteras que eran coto casi exclusivo para los de casa. Otra piedra más en el zapato.

Por ver el vaso medio lleno, el paso atrás del ciclismo español en el siglo XXI no debe ensombrecer el serio trabajo de los equipos, profesionales, aficionados o de categorías base, que siguen dando vida al pelotón. El corazón bombea todavía con iniciativas como la Fundación Euskadi, que en 2020 regresará al plano Continental vestido de naranja nostalgia, o el Kern Pharma, extensión profesional del prolífico Lizarte, y que abren una nueva vía para sostener el difícil hábitat de las dos ruedas en nuestro país.

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