Mar, roca, viento y salitre. Naturaleza pura y ruda. Esta ruta de 87 km y 2.500 m+ nos adentra en los ásperos paisajes del cabo de Creus, una puerta abierta hacia un mundo rocoso de inspiración surrealista y espíritu indomable.

El cabo de Creus es una ratonera infestada de irresistibles cepos, un laberíntico microcosmos atravesado por infinitos mundos paralelos. Desde que tenemos uso de razón, nos hemos perdido al menos una docena de veces por sus incontables recovecos, por activa y por pasiva, a pie, en bici, a nado, en sueños… Hemos dormido bajo amenazantes nubes –de lluvia y de mosquitos– con la esperanza de ver emerger el sol sobre el Mediterráneo desde el peñasco más oriental de la península Ibérica. Hemos disfrutado de sus solitarios vergeles, sus paisajes oníricos y surrealistas, inspiradores de obras como El gran masturbador, de Salvador Dalí, que veraneó desde niño en este apartado edén. También hemos sufrido sus inhumanos desniveles y sus crueles trialeras. Pedalear por este pedazo de tierra imantada es una suerte de escapada fugaz hacia un universo ilusorio del que jamás volvemos indemnes.

El poder de las alturas

Día 1: Llançà-Cadaqués 50 km/1.700 m+

El fin de semana empieza con el consabido madrugón. Es ley de vida. Si te gusta ir de excursión, hay que salir de la cama. Una vez en Llançà, tomamos el GR-11, la ruta que surca el Pirineo de mar a mar por su vertiente sur. De entrada es una pista ancha que asciende hacia el primer colladito del día, una amplia ventana a las cimas nevadas del Pirineo francés.

Tras una efímera bajada, llegamos por un sendero hasta la solitaria y aislada ermita de Sant Silvestre, del siglo XII. Desde aquí podríamos bajar directamente hacia La Valleta, pero optamos por dar un poco de vuelta y así evitar tener que rodar por la carretera, con lo que toca subir hasta lo alto de la sierra, donde enlazaremos caminos y sendas por su calva cresta.

Ávidos de emociones, dejamos el camino principal para tomar una huella bien marcada por el paso de motos de cross que nos deja en lo alto de una atalaya. La subida nos descoyunta la mandíbula –y no de reír, precisamente–, pero la bajada, muy rota e inclinada, nos la vuelve a soldar con una mueca de pavor. El primer instinto incita a parar, pero la alarma ha saltado tarde. Mejor echarse atrás, frenar sólo con el índice de la mano derecha y que sea lo que las piedras quieran.

Al llegar abajo, la sensación de alegría reconforta, pero la opción del camino que da la vuelta al cerro nos parece mucho más recomendable o, como mínimo, más sensata. El resto del descenso es más dócil. Pasamos junto a las ruinas de varios bunkers militares y, finalmente, cruzamos la carretera, tomando la pista que nace en la orilla opuesta del asfalto, para iniciar la larga ascensión hasta lo más alto de la sierra de Rodes.

Primero pedaleamos por una pista y, tras un tramo asfaltado de 900 metros, tomamos un camino de vocación martirizadora. De entrada, el suelo, pegajoso por las lluvias de los últimos días, nos succiona como a dos moscas en una cinta adhesiva. Escapamos del primer escollo al borde del colapso sistólico, pero más allá nos aguarda una zona de rocas desnudas salteadas por profundos charcos. Los arbustos, duros como alambres, invaden progresivamente el camino, frenándonos a base de lacerantes arañazos.

En el primer descansillo, destrozados, paramos con la excusa de buscar el dolmen que hay en las inmediaciones. El esfuerzo resulta en vano. Nos falta riego cerebral. Retomamos el camino, que sigue subiendo hacia Mas Margall, y el mapa nos indica el trazado más evidente hacia el Coll del Mosquit, ya casi a la altura del castillo de Sant Salvador de Verdera.

Tras disfrutar de las vistas a ambos lados de la sierra, decidimos retroceder hasta el desvío que nos lleva por senda hasta la iglesia de Santa Helena y las ruinas del viejo poblado medieval que existía junto al imponente monasterio benedictino de Sant Pere de Rodes. Tras una pausa para retomar fuerzas, abandonamos el poblado cruzando el arco de piedra del antiguo acceso, hoy señalizado como Camino de Santiago.

Tras visitar el cenobio, nuestra ruta continúa en dirección a Cadaqués, pero para ello primero debemos bajar a Selva de Mar, un topónimo más que hace referencia a los verdores previos a las talas masivas y la desertización de la zona. En esta ocasión optamos por la tremenda trialera que baja directamente por Els Gatiens, sólo apta para endureros consumados, por lo que nos toca andar bastante más de lo esperado. A quien no le gusten las bajadas mixtas –es decir, los duatlones DH–, en las que en cada curva juegas a esguince de tobillo o vuelo por encima del manillar, más le vale seguir por la carretera.

Una vez abajo, sacudido el polvo y evaluados los daños –nada grave, por suerte–, tomamos una senda medio escondida que nos lleva hasta el salto de agua del Molí d’En Cervera, donde fluye una fina cascada. Desde aquí, una nueva y larga cuesta nos conduce entre las viñas de Mas Estela, una propiedad privada por la que estamos invitados a pasear, rumbo a las desérticas lomas de la sierra de Les Bertes, en las que rodamos felices, encadenando emociones por estrechas veredas flanqueadas por voraces arbustos.

Poco más allá, una pista asfaltada nos lleva hacia la zona militar del Coll de Peni, de acceso prohibido. Nuestra pista se cuela por el cercano Coll de Les Forques, desde donde vislumbramos, por fin, el mar, con la península de Norfeu adentrándose en la inmensidad azul.

Nos espera un veloz descenso por un camino muy panorámico y un último esfuerzo por la pista que comunica Roses y Cadaqués, donde entramos a última hora del día, algo cansados, pero felices, sobre todo tras localizar tres tramos de sendero ciclable en la última parte de la etapa.

Surrealismo natural

Día 2: Cadaqués-Llançà 37 km/800 m+

El domingo es un día sagrado, incluso para el vigilante nocturno del hotel, que no vuelve al mundo de los vivos hasta las 9.50 de la mañana, hora a la que podemos acceder, al fin, al cuarto de las bicis. “Es que tengo el sueño muy profundo”, nos advertía la víspera. Cadaqués es así de surrealista. “No importa, hoy no hay prisa”.

Partimos diez minutos después en dirección al faro del cabo de Creus, pasando junto a la casa de veraneo de Salvador Dalí, en Portlligat, desde donde tratamos de seguir el viejo camino del faro. Tras un par de incómodas trialeras y algo escarmentados de tanto empujar, acabamos decantándonos por la estrecha franja de asfalto, que enseguida nos sitúa en la zona más dramática del parque natural. En su extremo más oriental, las rocas adoptan fantasmales posturas, como si un tsunami abrasador hubiera petrificado a los antiguos habitantes de este paraje mitológico poblado por extraños monstruos antediluvianos. Al verlos es fácil encontrar similitudes con las insólitas figuras que Max Ernst pintó después de pasear por este elíseo telúrico con su amigo Dalí.

Más allá del faro, permanecemos embobados frente al mismo paisaje alucinante: rocas afiladas de distintos colores y texturas configuran un escenario fabuloso que Luis Buñuel, el otro surrealista español universal, utilizó como telón de fondo para la polémica película La Edad de Oro, estrenada en 1930 y prohibida sólo unos días después durante medio siglo.

El paisaje es una obra de arte natural que estremece a cualquiera, pero que vuelve rematadamente locos a los geólogos. Sin embargo, no hace falta ser un experto en piedras para apreciar la belleza y singularidad de este lugar, señalizado como reserva natural integral, etiqueta que contrasta con los innumerables y caóticos aparcamientos, el bar-terraza, el restaurante-hostal…

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