Pedalear bajo el cielo más azul que uno pueda imaginar, por senderos y veredas cuyos orígenes se pierden en los albores de los tiempos, salvando lomas, ramblas y barrancos, uniendo pueblos que evolucionaron aislados del mundo por los rigores del invierno. Eternas ascensiones, interminables descensos, sobredosis de emociones… Pedales de Granada propone una nueva ruta 100 % biker que rodea Sierra Nevada en un itinerario de 233 km y 6.100 m+. La ruta, y el reto, están servidos.

Sierra Nevada es un macizo con solera. Nació hace la friolera de 60 millones de años y se dejó modelar durante milenios por colosales glaciares que la adornaron con afiladas crestas, incontables lagunas y valles con forma de U. Los antiguos la conocían como “Sulayr”, la ‘sierra del sol y el aire’ o la ‘montaña en la que el sol brilla antes del amanecer’, pero desde el siglo XVIII se la conoce con el nombre actual.

Desde finales del XX, Sierra Nevada es Reserva de la Biosfera, Parque Natural y Parque Nacional, además de sede de la estación de esquí más meridional de Europa, y, por encima de todo, cúspide indiscutible de la Península ibérica. Sierra Nevada es también sinónimo de aire puro, remotas cumbres, horizontes infinitos y, para quienes la anhelan, aventura. En busca de todo ello viajamos una vez más hasta Granada –y las que volveremos, sin duda– para disfrutar de la Sierra Nevada que descubre el atrayente recorrido de Pedales de Granada.

‘Love is in the air’

Etapa 1: Nigüelas-Trevélez

66 km/2.443 m+/1.909 m-

Nada más apearnos del tren, conocemos a Antonio Aguilera, impulsor del proyecto y responsable del itinerario y su gestión. Observando cómo trata nuestras bicis, comprendemos que es un ciclista de los pies a la cabeza. Minutos más tarde descubrimos su apasionada relación con Granada y, por extensión, con toda Sierra Nevada. Su deseo, confiesa, es que todos los que vengan a hacer Pedales de Granada se vayan “igual de prendados”.

Durante el transfer hasta Nigüelas –sin atascos, 30 minutos; con parada técnica para romper el ayuno matutino, unos pocos más–, Antonio nos comenta los entresijos de la etapa de hoy, que será una de las más duras. “La última también es larga, pero ésta lo es más. Hay a quien se le atraganta…”, observa.

Tras los preparativos, por fin nos ponemos en marcha, y salimos del pueblo por la recóndita Senda de la Pavilla, que fluye sobre una antigua acequia por la que todavía corre el agua. El canal, tallado sobre la roca viva, se estrecha por momentos, hasta llegar a un cuello de botella tan angosto que incluso el minimanillar del campeón mundial de ecomensajeros fixie se atascaría entre las dos paredes. A nosotros, acostumbrados a las constricciones de un piso de 35 metros cuadrados, nos sobran los recursos, y paseamos encantados por este sorprendente y entretenido comienzo.

Tras la primera bajada, el rutómetro se pone serio y nos receta las primeras rampas del día por una pista que serpentea junto a enormes paredes de roca.

La cuesta nos lleva a otra pista que pierde algo de altura, pero enseguida volvemos a pedalear con ahínco hacia la Fuente de Pedro Calvo, primera y última de la que emana agua potable en muchos kilómetros. “Importantísimo parar aquí”, nos ha advertido Antonio, que también lo ha hecho constar en el rutómetro. Obedientes, llenamos el Camelbak y, de paso, damos unos cuantos mordiscos al delicioso y energético pan de higos que había dentro de la bolsa de inscripción.

La subida continúa con una serie de curvas de caracol que poco a poco nos sitúan en un estupendo mirador. Ya sobre los 1.650 metros, completamos la primera ascensión y tomamos el camino a Tello, en busca del río Lanjarón, para afrontar el primer descenso técnico de la jornada, que, dicho sea de paso, nos sienta de maravilla. Entre escarpados barrancos, un áspero y vertical sendero aterriza junto a un pequeño oasis, donde hay una poza y una sonora cascada.

Ahora toca subir por una vereda de verticalidad rigurosa que desemboca, minutos después, en un camino más llevadero que, a su vez, se funde con la pista que va hacia la Casa Forestal de Cáñar y la zona recreativa de Puente Palo, donde paramos a comernos los bocatas que nos han preparado en el bar del desayuno. Aquí, tal y como nos habían advertido, no hay agua potable.

La subida prosigue por la misma pista, pero enseguida tomamos un atajo por un camino más explosivo que sube entre cortijos abandonados hasta la Loma de la Matanza –nombre más que apropiado, pues llegamos a ella medio moribundos–, donde nos esperan amplias vistas de los valles de la vertiente sur de Sierra Nevada, además de la primera postal en 3D del Mulhacén.

Pedaleamos por el interior de un denso bosque hasta el Refugio del Puntal, la cota más alta de la Pedales de Granada. Aquí arranca uno de los sectores de descenso más increíbles de toda la ruta. El camino se cuela entre los pinos, bajando hasta un claro, donde cruza una vieja acequia. Sobre nuestras cabezas, sentimos la presencia de una ristra de tres miles: el Veleta, el Mulhacén, el Puntal de La Caldera…

A Capileira llegamos con una sonrisa difícil de borrar. Incluso el repecho que viene después del prolongado descenso lo tomamos como un dulce agravio y, como guinda, la entrada al pueblo es por otra amena senda.

El resto de la etapa transcurre por una panorámica pista que nos reserva unos últimos metros de tendida ascensión y una rápida bajada final que nos cuela en Trevélez con las últimas luces.

Tras la ducha, frente a unas cañas y unas tapas de jamón, da gusto discutir sobre si Trevélez es o no es el pueblo más alto de España –lo miramos en Internet y resulta que Valdenilares, en Teruel, aún está más arriba–, pero lo cierto es que aquí, en el Hotel La Fragua, cenamos y descansamos por todo lo alto. Hoy nos lo hemos ganado.

‘We love this game’

Etapa 2: Trevélez-Laroles

48 km/1.544 m+/1.933 m-

A la mañana siguiente, tras un completo desayuno, partimos con el cuerpo completamente recuperado. La ruta sale de Trevélez por la carretera de La Alpujarra, pero en menos de 1 km se desvía hacia la izquierda por una intrincada senda que nos pilla del todo desprevenidos. Aunque el motor no responde y empezamos con suma torpeza, nos esforzamos, testarudos como mulos, en superar cada una de las rampas de este taquicárdico singletrack, dando pedales, dando bandazos, golpes de riñón, tirando de brazos, negando la agónica sensación de asfixia, el acuciante dolor de piernas, y resollando sin cesar.

En lo alto, tras un período de tiempo indeterminado para recuperar el aliento, nos aguarda un descenso de esos que te gustaría poder hacer cada mañana, incluso antes de desayunar, durante el resto de tu vida. Se trata de 4 km de bajada deliciosa, bastante tendida y de firme compacto, que combina diversos tipos de terreno, sin piedras, formada por prolongados singletrack salteados con elegantes cortados, dinámicos peraltes y suaves quiebros. En resumen, una de esas trialeras que deja buen sabor de boca durante días.

A partir de Juviles, el track continúa bajando, pero ahora por un sendero más arduo y selectivo que enseguida vuelve a trepar para alcanzar un primitivo y recóndito paso elevado hacia Tímar, que aguarda justo debajo, tras un exigente y técnico descenso trialero de los que ponen los puntos sobre las íes y hacen valer el viejo dicho de yo, si no lo veo claro, no lo veo claro…

A Cádiar llegamos más relajados y la ruta enseguida nos muestra un nuevo paisaje, más árido y surcado de profundos acantilados cubiertos de cárcavas que llegan hasta el horizonte. Enlazamos una serie de toboganes muy divertidos, remontando la Vereda de la Cuesta de la Guitarra y bajando después hacia la Rambla de Yátor por El Atajillo.

En Yátor decidimos parar a tomar algo y topamos con un bar bastante “torrentil” en el que hacen bocadillos. Enseguida nos arrepentimos de no haber parado en Cádiar, pero ya es tarde.

Nos espera una tarde movidita, con subidas y bajadas constantes, y un ambiente muy almeriense rebosante de contrastes. A ratos pedaleamos por senderos polvorientos, entre chumberas, uniendo pueblos encalados de calles que suben y bajan como paredes. Son Montenegro, Yegen, Válor, Mairena, Júbar… En todos nos amorramos a sus cándidas fuentes de agua helada. Luego, de pronto, nos colamos en atmósferas sorprendentemente refrescantes, rodando veloces cuesta abajo o haciendo equilibrios a la sombra de majestuosos castaños, pedaleando por sinuosas veredas que discurren paralelas a antiguas acequias todavía en uso.

La de hoy es sin duda una etapa mucho más técnica que la de ayer, sobre todo en su parte final, en la que enlazamos varios tramos del GR-7. De postre, y ya algo cansados, se cruza en nuestro camino el descenso final hacia Laroles, un remate realmente contundente, un plato fuerte que merece trato de excelencia. De entrada, nos parece imposible, pero a medida que bajamos aumenta nuestra confianza y, unos metros más allá, nos invade la estimulante impresión de que lo vamos a bordar. Sin embargo, cuando la descuajada senda se arrima al acantilado, dudamos como sabios. Mejor así. En el Balcón de la Alpujarra de Laroles nos esperan buenas cañas y generosas tapas para celebrar otro maravilloso día de puro mountain bike.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.