Existe una región montañosa, en los confines del Maestrazgo de Teruel, en la que los vestigios humanos más recientes datan de una era que acabó hace apenas unas décadas. Las únicas huellas que se adivinan sobre el terreno legaron una compleja red de sendas y caminos, antaño transitados por gente dura y austera que vivía en masías aisladas, con su rebaño, su azada y su fuente. Entre profundas quebradas y esbeltas atalayas de roca, la ruta Pedales de los Ports nos ha transportado hasta el corazón de esta comarca natural que conserva intacto el sabor del monte primitivo.

Nos desplazamos hasta Beceite, en Teruel, para conocer a los creadores de Pedales de los Ports y, por supuesto, su nueva creación, una ruta de 190 km con 5.300 metros de desnivel positivo que recorre por etapas el complejo y agreste macizo de los Puertos (los Ports). Nada más llegar, Onofre Oyanguren, uno de los responsables del diseño del itinerario, empieza a inocularnos su pasión por este territorio, tan áspero y salvaje como bello. Al calor de unos leños que arden en el hogar del Hotel La Fábrica de Solfa, nos entrega el rutómetro y enseguida despliega un mapa en el que empieza a señalar por donde vamos a pedalear los próximos días.

Abriéndose paso entre apiñadas curvas de nivel, la imaginación dibuja un hilo que culebrea entre murallas colosales, salvando desniveles por profundos valles horadados por revoltosos arroyos, como el que fluye a los pies del puente del Matarraña, justo enfrente del hotel. Onofre nos indica donde tomar las mejores fotos, pero lamenta que la meteo anunciada posiblemente nos impida disfrutar del paisaje en todo su esplendor. También nos avanza cuáles son los sectores más duros. Lo sabe bien porque ha recorrido estos caminos cientos de veces. Una de las últimas fue con Òscar Balsells, fundador de Pedales del Mundo, y Maxi Biela, creador de Pedales de Lava. “Ellos nos ayudaron a acabar de definir el recorrido final, incluyendo algunos tramos técnicos, que ahora se alternan con sectores de camino y pista”, apunta Onofre.

La hora de la nieve

Tras un opíparo desayuno, salimos a la calle, justo frente a la ermita de Santa Ana. El sol que ayer brillaba, hoy no luce por ninguna parte. Al contrario, está empezando a nevar. Quizás sea por las lentes naranjas de mis gafas o por las ganas que tenemos de dar pedales, pero los copos cayendo no logran amedrentarnos. Javier, encargado del hotel, nos insiste: “Si necesitáis algo o surge algún problema, sobre todo, llamadnos”.

La ruta empieza con viento de cara, subiendo por pista hasta el embalse de Pena. Entre campos de almendros y muelas erosionadas ocultas por nubes que parecen niebla, una fina lluvia de “meteoritos” blancos nos acribilla. Al llegar al pantano superamos la presa por una estrecha franja de tierra que continúa al otro lado en forma de senda, algo más técnica, sobre una tierra roja veteada de rocas rosáceas. Entre verdes pinos alcanzamos una masía, donde paramos a consultar el rutómetro, y entre la maleza descubrimos a una vaca que acaba de dar a luz a un ternero que tirita, todavía mucoso, entre una nube de vaho. “Menudo día para venir al mundo. Con lo calentito que se debía de estar ahí dentro…”, cavilamos en voz alta.

El silencio nos acompaña a lo largo de un sector entretenido que tiende a bajar, siempre al lado de un riachuelo flanqueado por grandes rocas. El camino se anima aún más cuando coincide con el GR-8 y gana altura ligeramente hasta el santuario de la Virgen de la Fuente, al que accedemos por el Camino Viejo, sobre un puente de piedra. El termómetro marca 1°C. Después de visitar el claustro y las fuentes, tomamos un camino que sube hasta el pueblo. En Peñarroya de Tastavins nos tomamos el primer reconstituyente del día: “Un café con leche con la leche muy caliente, por favor”. El camarero lo entiende al instante y se esmera al otro lado de la barra. Fuera sigue nevando, pero conservamos el optimismo. “Aún no ha cuajado. Además, ahora empieza lo mejor…”.

Pedales de los ports 6
Carnaval en blanco

Abandonamos el pueblo por la parte de atrás, hacia el sur, por una calle estrecha que conduce al Pont Chafat, donde se alza una recta pared de conglomerado rojizo en la que sorprendemos a una manada de cabras salvajes (Capra pyrenaica hispanica), que huyen muro arriba pero sin demasiada prisa. No debemos de parecerles una gran amenaza. El camino se hace senda y poco más allá se reúne con la pista que sube a las Peñas del Masmut. En el collado, el rutómetro nos desvía hacia la izquierda por una trialera que desciende bajo la impresionante muralla de más de cien metros de altura que bien merece una parada. Y también dos.

“Qué lastima de día. Esta belleza no lucirá en las fotos”, protesto a la vez que toreo, como mejor puedo, una retahíla de escalones de roca húmeda y piedras redondeadas atenazadas por retorcidas raíces de jóvenes carrascas. La senda baja para después alzarse y encarar un sector de toboganes que termina en lo alto de un mirador natural desde el que se vislumbran Los Marrocales, unas peñas aún más altas que las del propio Masmut. Es un lugar único, de esos que hacen que merezca la pena salir a pedalear en días como hoy, aunque la belleza del paraje deba adivinarse tras un telón de aguanieve.

Volvemos al camino apurando en algún paso de la trialera, que muere en el cauce del río de Los Prados, para seguirlo por la orilla opuesta hasta Coratxar. Todo el trayecto es por camino y pista, a través de un valle encajonado, envuelto por pinedas y carrascas que forman el Bosc Negre (bosque negro), que hoy se tiñe de blanco a medida que ganamos altura. Al coronar el techo de la etapa, empieza un nuevo tramo de entretenida senda que discurre por un campo abierto en el que la nieve ya ha disfrazado el paisaje de taiga siberiana. Y es que estamos en Carnaval. Es la Semana Blanca en los colegios. ¡Cómo no iba a nevar!

Entre resoplidos alcanzamos la masía d’En Segueres, donde iniciamos un nuevo descenso trialero entre encinas que acumulan montañas de nieve polvo. Retar la verticalidad siempre tiene sus riesgos, pero también sus recompensas. No todos los días uno puede llevarse por delante una rama cargada de nieve tras otra y notar los narcóticos bolazos en la cara. Enlazando curvas casi imposibles llegamos al desvío opcional de Castell de Cabres, un pequeño pueblo en el que Onofre nos comentó que hay opción de comer algo, pero por una vez obviamos la oferta gastronómica y seguimos pedaleando mientras engullimos una barrita energética medio congelada. A partir de aquí, una pista nos ha de llevar hasta el final de etapa.

En ligero ascenso entramos en la provincia de Castellón y un cartel de colores nos da la bienvenida al Parque Natural de Tinença de Benifassà. La nieve sigue cayendo y se amontona sobre la pista, que todavía es ciclable. El silencio reina omnipresente. Poco más allá empezamos a bajar y los copos se convierten en agua. El descenso final nos asoma, medio empapados, a un valle que se abre en forma de cuña. Al fondo, Vallibona destaca, toda blanca, entre los oscuros barrancales que la acorralan. Un par de minutos y habremos llegado.

Matrimonios de leyenda

Cuenta la leyenda que, en el siglo XIV, las guerras y la peste azotaron estas tierras diezmando la población hasta límites extremos. En Vallibona sólo sobrevivieron algunos ancianos y siete jóvenes solteros, pero ninguna moza casadera. El mosén del pueblo reunió a los siete mozos y les propuso partir en busca de mujeres con las que contraer matrimonio. En El Boixar, Castell de Cabres y Coratxar la “caravana de hombres” sólo topó con muerte y desolación, pero al llegar al santuario de la Virgen de la Fuente, en Peñarroya de Tastavins, encontraron casualmente a una mujer llamada Petronila que había salvado a siete chicas jóvenes que aceptaron empezar una nueva vida en Vallibona.

Esta versión local de “Siete novias para siete hermanos” nos la cuenta Manel junto a las brasas de un tronco incandescente, en el Hostal-restaurant La Carbonera. Ha amanecido nevando y en Vallibona ni siquiera saben si hoy podrán llegar los coches por la sinuosa y parcheada carretera. Los mayores del pueblo, quizá descendientes de aquellos mozos y mozas supervivientes que hermanaron Vallibona con Peñarroya, pasan uno a uno por el bar y, tras bañar con orujo el gaznate, nos regalan un sabio consejo: “Hoy no es día para andar por ahí con la bicicleta”.

Tomamos buena nota de la sugerencia y pasamos el día viendo nevar tras los cristales. Al final, el médico ha podido llegar al pueblo. También el camión del reparto y algún que otro turista despistado ha caído por aquí en busca de una estampa navideña. Aprovechando una tregua, salimos a pasear por sus empinadas callejuelas, testimonio de su pasado gótico y patrimonio medieval, pero la lluvia vuelve a arreciar y empieza a fundir la nieve acumulada. Es el consuelo que nos queda: no hay habitante del pueblo que no nos recuerde que hacía meses que no llovía ni una gota. “El monte estaba muy seco”, repiten una y otra vez.

Sueños rotos

Ayer, la previsión de sol y calor para el día siguiente nos sonaba a recochineo, pero el nuevo día amanece sorprendentemente sereno. Bajo el cielo azul, sin dudarlo un instante, nos enfundamos nuestras mejores galas y partimos por el camino vecinal que llanea a orillas del río Ciervo. A una cierta distancia, bajo los escarpes, Vallibona dibuja una silueta que recuerda al mapa de España.

Una vez salimos del asfalto, encaramos la primera subida del día, que trepa exigente hasta la Masía del Grao, donde la ascensión repunta tras un breve respiro. La atmósfera luce límpida bajo unas nubes negruzcas que permanecen lejanas. Con la altura, el camino pronto se muestra cubierto de un manto blanco que todavía resulta ciclable. Parece que el agua que cayó anoche en cotas más bajas aquí llegó en estado sólido. Empezamos a temer lo peor. Hasta el Mas de Prades aprovechamos la doble estela labrada por un todoterreno y avanzamos con menor esfuerzo. El paisaje es verdaderamente bucólico. A partir de este punto, abrir huella en la nieve ya es tarea ineludible. Unas curvas más arriba ya resulta imposible avanzar dando pedales. Toca caminar y empujar. La nieve nos llega por encima de los tobillos y, a medida que nos acercamos al techo de la etapa (a 1.167 metros sobre el nivel del mar), la capa nívea ronda los 30 cm.

Tras 4 km arrastrando la bici, con los pies entumecidos, es momento de tomar una decisión. No hace frío, pero el resto de la etapa se desarrolla a esta misma altitud y la mayor parte del itinerario va por caminos y sendas en las que la nieve durará unos cuantos días. “Hoy podríamos llegar a Fredes, pero mañana tendríamos el mismo problema, y pasado, tres cuartos de lo mismo”, reflexionamos en voz alta. Al llegar al cruce de La Espinosa afrontamos la difícil disyuntiva, que resolvemos con Onofre al otro lado del hilo telefónico. Sobre el mapa del GPS hallamos una solución: en vez de desviarnos hacia el entramado de sendas que conduce al Mas de la Pastora y La Pobla de Benifassà, seguiremos recto unos pocos kilómetros hasta la estrecha carretera que une Castell de Cabres y El Boixar.

Una vez sobre asfalto, rodamos sin problema hasta El Boixar, donde esperamos el rescate por parte de Onofre, que nos llevará de vuelta a Beceite. El punto acordado es el único bar del pueblo, en el que no hay precisamente demasiado movimiento. Estamos sanos y salvos, pero con la espina clavada de no haber completado un recorrido que prometía grandes emociones. Durante la espera, con los guantes de invierno a modo de calcetines, nos enteramos de que la máquina de nieve ha pasado ya varias veces esta mañana por la carretera, pero que ha sido el propio regente del bar quien ha limpiado con su pala la calle. También descubrimos que Toni, el del bar, es además el hombre del tiempo local. Aprendemos muchas cosas, como que para talar pinos en tu propia finca hace falta pedir permiso por escrito a los agentes forestales. Y, por supuesto, de allí salimos convencidos de que unas katiuskas son el mejor calzado para un día como éste. Un día en el que volvemos a oír unas cuantas veces aquello de: “Hoy no es día para andar por ahí con la bicicleta”.

Semanas más tarde volvimos para completar la ruta

Ficha técnica

Kilometraje: 190 km.
Ascensión acumulada: 5.300 metros.
Itinerario circular: Beceite-Peñarroya de Tastavins-Coratxar-Vallibona-La Pobla de Benifassà-Fredes-Caro-Arnes-Beceite.
Cota máxima: 1.314 metros.
Cota mínima: 486 metros.
Orientación: La organización facilita a los inscritos un rutómetro (totalmente preciso, según comprobamos en las dos etapas que pudimos completar) y un mapa.
Información y reservas: 646 644 910 o info@pedalesdelosports.com
www.pedalesdelosports.com (web disponible a partir de mediados de abril).

6 preguntas con respuesta

– Pedales del Mundo: La ruta Pedales de los Ports forma parte de la red Pedales del Mundo (www.pedalesdelmundo.com), en la que también se encuentran Pedals de Foc, Pedals d’Occitània, Pedales de Lava, Pedals d’en Serrallonga, Pedales de León, Pedals del Cister, etc. La Pedales de los Ports se estrena oficialmente en mayo de 2011.
– Mejor época: La temporada va desde el 1 de marzo hasta el 15 de noviembre. Primavera y otoño son los mejores momentos del año para practicar el mountain bike en esta zona. El verano también es una buena opción para los que no temen el calor, aunque conviene madrugar y llenar bien el Camelbak.
– Bici ideal: Predominan los caminos y hay sectores de pista, pero también hay largas zonas de sendas y trialeras. Algunas de ellas son técnicas (sobre todo de bajada). Una bici de doble suspensión se puede agradecer en los tramos más escabrosos.
– Inscripción: El precio de la inscripción y los obsequios, servicios y condiciones serán los habituales de las rutas de la red Pedales del Mundo (maillot de finisher, pack de bienvenida, etc.).
– Alojamientos: Las etapas acaban en pueblos en los que suele haber dos tipos de alojamiento, de precios diversos (albergue, hotel, hostal…). La organización realiza las reservas en función de vuestro presupuesto y elección.
– Transporte de equipajes: Es opcional y se puede contratar directamente con la organización. Incluye servicio de rescate de emergencia. La ruta no está concebida para hacerse con alforjas; el itinerario es puro mountain bike.

Galería de fotos

Una Respuesta

  1. Ruben

    ¡¡Hola!! Nosotros hemos hecho la ruta hace 10 días (finales de octubre-principios de noviembre) y nos ha parecido muy guapa, con sus luces y con sus sombras. Elegimos la opción de 4 días y nos parece la adecuada para ahorrarse madrugones, y es que las etapas se puden hacer muy largas. Como nota al pie cabe decir que Penya Roja de Tastavins i Vallibona son localidades hermanadas, algo de verdad habrá en la historia.
    Y muy grande Manel de La Carbonera, tot un crack!!

    Responder

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.