Pedales del Bidasoa es un completo itinerario de 190 km y 5.200 m+ diseñado para descubrir a tu propio ritmo un territorio colmado de bosques, ríos y caminos que se elevan hasta montes lejanos, fluyendo por veredas y sendas que tan pronto cruzan frondosos hayedos como se arriman al mar Cantábrico. Bienvenidos al mágico mundo del Bidasoa.

El pasado 5 de abril se presentó oficialmente en el Ayuntamiento de Doneztebe (Santesteban) la nueva ruta Bidasoako Pedalak (Pedales del Bidasoa), una de las más recientes incorporaciones a la red Pedales del Mundo. Allí estuvieron, como padrinos del proyecto, los ex ciclistas Juan Carlos Garro y Margari Aierza, además de Cristina Arbués y Patxi Iratzoki, creadores del itinerario, y Pep Vega, responsable máximo de la red de rutas pionera de esta fórmula de cicloturismo de montaña que se inició en 2005 con la mítica Pedals de Foc.

Nosotros llegamos a Doneztebe una semana después con el objetivo de disfrutar de esta travesía autoguiada de 190 km y 5.200 m+ que se desarrolla por Navarra, Lapurdi y Guipúzcoa, fundiéndose en una amalgama de paisajes en los que la naturaleza es la verdadera protagonista: bosques encantados, sendas de contrabandistas, caminos que se elevan hacia montes siempre verdes, prados en los que pastan simpáticos ponis, remotos caseríos, arroyos de agua traslúcida, pueblos de postal con las típicas casonas de estas latitudes… Y todo ello aderezado con el segundo mayor aliciente de una ruta de auténtico mountain bike: una gastronomía tan apetitosa y popular como inadecuada para quien quiera empezar la operación bikini. Esto, al menos para nosotros, es un verdadero paraíso.

Territorio embrujado

Etapa 1: Doneztebe-Zugarramurdi. 41 km / 1.200 m+

La ruta empieza y acaba en las instalaciones del Centro BTT Ameztia de la localidad de Doneztebe. No podía ser mejor lugar: vestuarios, duchas, taquillas, un completo taller para limpiar y poner a punto la bici… Y justo enfrente, el bar restaurante hostal Ameztia, en el que se pueden degustar toda clase de pintxos desde primerísima hora de la mañana. Y esto no es lo mejor: el último día, aquí mismo, tras completar la ruta, nos espera el menú sidrería. Bacalao, chuletón, sidra… ¡Así, cualquiera pedalea!

Tras tomar las energías necesarias –esta vez parece que no harán falta tantos geles con cafeína ni barritas energéticas–, partimos con rumbo al Parque Natural del Señorío de Bertiz, pedaleando a orillas del río Baztan, que luego pasa a llamarse Bidasoa, entre bucólicos montes y prados cubiertos de hierba.

En Oronoz-Mugaire se encuentra el primer control. A partir de aquí nos adentramos en un inmenso bosque mixto atlántico que nos abraza con una prolongada y tranquila ascensión.

Al abandonar el impresionante hayedo –¡atención, nada menos que 8 km después!–, descubrimos sorprendidos que fuera de él sopla un viento huracanado. Es hora de enfrentarse a las duras cuestas de Arakan, con las imponentes peñas de Legate sobre nuestras cabezas, rodeados de praderas y colinas, enlazando varios caminos y sendas que nos llevan hacia las alturas, donde hoy señorean unas nubes que prometen regar este vergel de un momento a otro.

De buena mañana, antes de empezar a pedalear, ya nos hemos hecho a la idea. No es que nos guste mojarnos, pero ¿no somos, en esencia, agua?

Meditamos sobre todo ello mientras pedaleamos sobre un manto de hojarasca que acolcha los caminos, disfrutando de un terreno poco habitual en nuestras salidas, emocionados ante la novedad de esta suerte de viaje que nos mantiene los cinco sentidos a flor de piel, captando cada detalle.

Sin embargo, el agua se hace esperar. Tras coronar el puerto de Otsondo por la mítica ruta pirenaica GR-11, el itinerario de Pedales del Bidasoa nos dirige hacia Urdax, donde llegamos tras disfrutar de un memorable descenso a través de un misterioso bosque en el que un musgo casi fosforescente recubre los troncos de los árboles.

Nada más entrar en el pueblo, empieza el anunciado chaparrón. “Nos ha ido de un minuto”, asentimos. Una cafetería situada frente al Monasterio de San Salvador nos sirve de refugio hasta que cesa la lluvia media hora después.

De nuevo en camino, pedaleamos secos y felices por un sendero algo técnico, sobre todo ahora que el terreno rezuma humedad. Vamos por el viejo camino de Zugarramurdi, localidad famosa por sus cuevas, sede de akelarres y escondite de contrabandistas, y escenario de la última y prometedora película de Álex de la Iglesia.

Como si de una señal se tratara, en mitad de la idílica senda, topamos con una escena dantesca que, con toda seguridad, en otros tiempos se habría relacionado con un acto de brujería: una culebra yace en mitad del camino tratando de engullir un sapo gigantesco. Menuda indigestión…

Cinco minutos después entramos en Zugarramurdi. Nuestros equipajes nos aguardan en Graxiana, el albergue de las brujas. Y tras visitar las famosas cuevas, disfrutamos de una opípara cena y un montón de historias de hechizos, hogueras y oscuras ceremonias.

Emociones transfronterizas

Etapa 2: Zugarramurdi-Hondarribia. 58 km / 1.500 m+

A la mañana siguiente, como por arte de magia, el sol brilla en todo su esplendor. Eli, nuestra anfitriona, bromea mientras nos sirve un desayuno olímpico: “Al sol lo he hecho venir yo. Soy la más bruja del pueblo”.

Partimos montados en nuestras escobas voladoras en una bajada de 3 km por la carretera local hasta desviarnos por un ameno camino que sigue las marcas del GR-10, la versión norte de la ruta pirenaica. También como por arte de magia estamos al otro lado de la frontera, conectando caminos, pistas y sendas entre bosques y pastizales, disfrutando del mountain bike, pasando por pequeños y luminosos pueblos como Ainhoa, donde comienza una nueva y exigente ascensión.

Suma y sigue… A priori hoy es la etapa más dura de todas, pero las horas pasan raudas y veloces en este territorio cambiante mientras devoramos kilómetros y desniveles, alternando toda clase de terrenos.

Tras pasar por Ascain, donde volvemos a sellar el libro de ruta, atravesamos una zona urbanizada y enfilamos un tramo de asfalto que nos lleva hasta uno de los sectores más intensos de la jornada. Se trata de la ascensión al collado de Ibardin por la regata de Intzola, en la que todavía se puede pedalear sobre los restos de una antigua calzada romana que discurre junto a un arroyo susurrante.

Tras comer en Ibardin completamos la última ascensión seria del día y nos lanzamos por el GR-10 en busca del mar, que nos saluda en las playas de Hendaya, con sus olas, sus surfers, sus edificios clásicos acristalados… Sólo resta cruzar la bahía de Txingudi en un agradable paseo con el transbordador. Quince minutos después ya estamos en Hondarribia, al otro lado de la misma frontera.

Mar y montaña

Etapa 3: Hondarribia-Bera de Bidasoa. 51 km / 1.300 m+

La tercera etapa se avecina colosal. El bufé del desayuno del hotel Jauregui merecería un reportaje entero.

Fuera, el sol aluza las coloridas calles del casco viejo de Hondarribia y pedaleamos optimistas por el bidegorri (‘bici-carril’) del puerto, que nos acerca hasta las trepidantes sendas que merodean el cabo Higuer.

Aquí, donde termina –o comienza, según se mire– la ruta pirenaica, se respira una atmósfera especial. Tierra, mar, aire…

El denso aroma del Cantábrico se funde con el frescor de los bosques que pueblan esta costa cercada por quebrados acantilados, atizados por el inmortal oleaje.

La ruta nos lleva por varios sube y baja, algunos de ellos al borde de la taquicardia, completamente embelesados por la belleza del paisaje. Luego el rutómetro nos desvía hacia el interior, por una cuesta más ancha pero igual de laboriosa que desemboca en la ermita de Guadalupe, donde tomamos un panorámico camino que bordea el monte Jaizkibel hasta la bahía de Pasajes y Rentería, donde empieza el único tramo grisáceo de la ruta, que abandona esta zona industrial por el popular bidegorri que sigue el curso del río Oiartzun.

Pedaleando sin demora, enseguida volvemos a respirar la esencia natural de la región, pero el cuerpo pide gasolina y paramos a comer en el control 6 de la travesía, el bar restaurante Olaizola, donde nos hacen unos bocadillos de kilo y medio para cada uno.

La ruta prosigue con una progresiva ascensión que nos lleva por una pista hacia las antiguas minas de Arditurri y el collado de Arritxulegi, con buenos ratos trepando al 20 %. Al coronar, un tramo de asfalto por una carreterilla local y una bajada por una trialera nos llevan hasta el embalse de Endara, donde empieza otra dura cuesta hormigonada de esas que le sacan a uno los colores.

Al otro lado nos aguarda la merecida recompensa: una larga y entretenida bajada entre hayedos y caseríos, con agradecidos tramos de singletrack que nos hacen llegar a Bera con una sonrisa de oreja a oreja. Cruzando el legendario puente de San Miguel, que descansa sobre las relucientes aguas del río que da nombre a la ruta, entramos en Bera de Bidasoa, histórico municipio en el que el escritor Pío Baroja adquirió un recio caserón en 1912.

No es la única casa bonita del pueblo. Sin ir más lejos, nuestro hotel, El Churrut, es una auténtica mansión en la que nos tratan de maravilla. ¡Hasta trapos para secar las bicis nos trajeron!

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