Pocos son los aficionados al ciclismo –especialmente en Catalunya y su capital, Barcelona– que no hayan oído hablar de Medina Bicicletas.

Puede que esta histórica tienda de bicis no goce del glamour de otras, pero posee una historia y un romanticismo que ya quisieran muchas otras, sobre todo en la figura de su inventor: Ramón Medina.

Un hombre hecho a sí mismo, formado en la universidad de la vida y que ha sabido mantenerse siempre a flote en un negocio que las ha visto de todos los colores.

Empezaron en un local de 50 m2 en Ciutat Meridiana. Después pasaron a uno de 120 m2 y de ahí a la Trinitat, con 400 m2, hasta que se trasladaron al lugar que ocupan ahora: una nave en la calle Potosí, al lado del Centro Comercial de La Maquinista, de 1.000 m2.

Una aventura que supuso una fuerte inversión –más de 200.000 euros– y en la que de nuevo Ramón tuvo que reinventarse.

En la frontera de la jubilación y a la espera de que su hija asuma el negocio, Medina sigue siendo el de siempre. No ha cambiado. Nadie cambia a estas alturas de la vida, quizá se vuelve más suyo. Él habla claro. “Somos una tienda atípica. Mi forma de trabajar es diferente. Soy amigo de los clientes y doy la cara por ellos”, asegura.

Pero puede que muchos de sus clientes desconozcan que este hombre vivido –como decía mi abuela– esconde una historia apasionante. De joven vivía en Torre Baró –barrio periférico de Barcelona– y ya entonces bebía de la fuente del ciclismo.

Corría en ciclocross y fue campeón de Catalunya y de España. Se preparaba las bicis en una tienda, pero avispado como era tomó nota de cómo se arreglaban y empezó a montárselo por su cuenta en el garaje de su casa a cambio de las cien pesetas de entonces.

Su fama de manitas se extendió y lo visitaban clientes de otros barrios, hasta que se hizo con su primer local, de 50 m2, Medina Sports.

Entonces, mientras competía, se levantaba a las cinco de la mañana e iba a la sede de RAM a cargar 200 cajas de leche que después repartía en su barrio.

A las 12.00 h procuraba estar listo para entrenar por la tarde, pero cuando llevaba dos años con la tienda, vio que así no podría seguir mucho más. No porque se ganara mal la vida sudando el maillot –”en un año llegué a ganar tres millones de pesetas”–, sino porque vio que no podría aguantar mucho más ese ritmo de vida.

Con 28 años se casó. Tuvo un hijo y ya vio, ahora sí, que todo no podía ser. “Ojalá me hubiera dedicado antes 100% a la tienda”, recuerda este hombre de barrio, de los de antes, cuya vida es, en sí misma, una apasionante historia

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