Recuerdos del Giro: miedo y asco en Montalcino

Es la carrera más bonita del mundo en el país más bonito del mundo. O eso dicen los italianos. Y hay motivos para creerlo. No tiene el impacto mediático del Tour de Francia, pero su belleza, pasión y dureza son la quintaesencia del ciclismo por etapas. Los recuerdos del Giro, que no tienen fecha de caducidad.

La corsa rosa debió empezar hace una semana, pero está capturada por el dichoso coronavirus, igual que nuestra vida tal y como la conocíamos. La 103ª edición tendrá que esperar a octubre, si la evolución de la pandemia lo permite, claro. Mientras, siempre nos quedarán las memorias. Y el 15 de mayo se cumplió una década de una jornada difícil de olvidar.

Lluvia y sterrato, mezcla explosiva

De 222 kilómetros entre Carrara –donde el mármol– y Montalcino, en el corazón de la Toscana, la séptima etapa guardaba una sorpresa en su parte final: varios tramos del famoso sterrato que caracteriza a la Strade Bianche. Aquel día amaneció con lluvia y frío, invitados excepcionales, no para el agrado de los ciclistas, pero sí para los aficionados.

Tras una primera mitad totalmente llana y tranquila, pero de desgaste, el pelotón se encontró con un paisaje desolador. El líquido elemento se mezcló con las carreteras de tierra y grava, formando una fina capa de barro que añadió un punto extra de dureza y dejó imágenes dantescas. No era el típico paisaje de postal en las colinas de la Toscana, desde luego.

Una caída atrapó a un joven Vincenzo Nibali, entonces maglia rosa, Ivan Basso, a la postre vencedor del Giro, y Carlos Sastre, la gran esperanza española, justo antes de un tramo de tierra. La carrera estaba lanzada, nadie les esperó. Dos nombres propios se crecieron bajo el aguacero y sobre el fango: Alexander Vinokourov y Cadel Evans.

Honor al maillot arcoíris

El kazajo, que había perdido el liderato en la contrarreloj por equipos, y el australiano, vigente campeón del mundo, protagonizaron un duelo precioso en la subida final, diez kilómetros sin asfaltar y con pendientes que superaban el 16%. Atacó una y otra vez Vinokourov, muy expresivo, que resoplaba y se limpiaba el barro de la cara, pero le sujetó Evans, de rostro duro e impertérrito.

Por detrás, Nibali tiraba de Basso, pero el siciliano estaba tan fuerte que tenía que esperar a su líder. Es curioso pensar que años después empezó a ganar el Tour en un día lluvioso y sobre adoquines. Más lejos aún, Sastre perdió todas sus opciones de luchar por el podio. A la caída le siguió un problema mecánico y un “pajarón impresionante” en la última subida.

En los recuerdos del Giro no pueden faltar el embarrado arcoíris de Evans, ganador , y el enfado de Vinokourov, vestido con la maglia rosa: “Ha sido terrible, estas carreteras no tienen sitio en las vueltas por etapas”. Miedo y asco en Montalcino.