Recuerdos del Giro (II): el sputnik Berzin y la pájara de Indurain

La era Indurain se acabó de golpe el 6 de julio del 96 en Les Arcs. El hundimiento del campeón navarro en aquella inédita subida de los Alpes terminó con el sueño del sexto Tour. Dos años antes ya se le había encendido la luz roja –resultó una falsa alarma– en el Giro del 94. El sputnik Berzin y la pájara de Indurain en el Valico de Santa Cristina se han incrustado para siempre en la memoria del ciclismo. También la aparición del joven e irreverente Pantani.

Un poco de contexto: el gigante de Villaba tiranizaba las grandes vueltas a punto de cumplir la treintena. No se bajaba del escalón más alto del podio desde que pisó el de París en julio del 91 y amenazaba con su tercer doblete consecutivo Giro-Tour. Destrozaba a sus rivales en la contrarreloj y los controlaba en la montaña, pero en aquel Giro dos figuras casi desconocidas y que habían pasado a profesionales solo un año antes, en el 93, cambiaron el guión habitual.

La generación de la EPO

Producto de la férrea disciplina soviética y con un brillante palmarés en la pista, Eugeni Berzin explotó en una primavera del 94 de ensueño para él y su equipo, el potente Gewis-Ballan, señalado como uno de los primeros en usar el dopaje sistemático con EPO. Aquel rubio que se escondía detrás de unas oscuras gafas de sol participó en algunas de las exhibiciones más marcianas de la época, gestadas en el laboratorio del famoso doctor Michele Ferrari. A destacar, su victoria en la Lieja, además de un buen puñado de podios en otras pruebas importantes.

Berzin, Furlan y Argentin, triplete de la Gewiss en la Flecha Valona del 94

De carácter distante, marcado por su temprana alopecia y orejas de soplillo, Marco Pantani no era más que un promisorio escalador al servicio del mítico Chiappucci. Mientras Berzin llegaba avalado por sus resultados y rodeado por grandes nombres como Argentin, Furlan, Ugrumov, Zaina o Riis, el Pirata no había pasado de un cuarto puesto en el Trentino. El as en la manga del equipo Carrera se llamaba Francesco Conconi, doctor involucrado en otra trama de dopaje.

El mito era humano

Fuera caretas: el ciclismo adulterado con la EPO y, concretamente, el Giro del 94 dejaron grandes momentos. No sabremos si Pantani o el sputnik ruso eran superiores a Indurain, pero aquella primavera convirtieron al mito en humano. No llegaba en su mejor momento el bicampeón: problemas de rodilla y con las alergias, pocos días de competición y sin grandes resultados. El equipo Banesto intentó sin éxito distraer la atención: “No hemos venido a ganar, sino a recuperar sensaciones”.

La primera semana de carrera confirmó que Miguel no era el de las grandes ocasiones. En el prólogo le batieron De las Cuevas y Berzin, que se vistió de rosa en Campitello Matese, una subida sin mucha chicha, pero en la que abrió diferencias insospechadas. Más sorprendente todavía fue el resultado en la contrarreloj plana de Follonica: repitió victoria el ruso e Indurain perdió dos minutos y medio. El navarro encaraba el tramo decisivo del Giro a 3:39 del líder y con la necesidad de cambiar la táctica que tan buenos resultados le había dado: atacar en vez de conservar.

El perfil de una jornada para el recuerdo: Merano-Aprica

Stelvio, Mortirolo y Santa Cristina

Peor le iban las cosas a Pantani. Con siete minutos de pérdida, en los Dolomitas encontró el lugar perfecto para presentarse en sociedad. En Merano firmó su primera victoria como profesional con un ataque en el Monte Giovo y un peligroso y mojado descenso. Un día después, el 5 de junio, tappone dolomítico con el nevado Stelvio, el terrible Mortirolo y un Valico de Santa Cristina que pasaba de puntillas en el perfil de la etapa, pero que resultó decisivo.

El pelotón se fumó los 44 tornanti del gigante, quizá en señal de protesta por la falta de seguridad o temeroso ante lo que estaba por llegar. Las rampas del Mortirolo depararon una batalla inolvidable: Pantani reventó a todos los que intentaron seguirle, incluido Berzin. No se cebó Indurain, que marcó su propio ritmo y fue recogiendo cadáveres en una subida excepcional. A su rueda, Nelson Cacaíto Rodríguez, invitado de piedra. En el descenso les esperó el Pirata por orden de su equipo y, tras el primer paso por la meta de Aprica, el trío aventajaba en más de dos minutos a un líder solo y agotado.

Había Giro. O eso pensábamos hasta que el campeón perdió la rueda de Pantani y se desfondó en Santa Cristina. Le rebasaron Chiappucci, Belli y hasta Rodríguez, en meta perdió 3:30 con el ganador y Berzin se recuperó para llegar sólo 36 segundos después. El destrozo fue tremendo: Bugno, Poulnikov y Tonkov, a casi seis minutos; Hampsten y De las Cuevas, a siete; Gotti, a diez… El primer abordaje del Pirata, el sputnik ruso y la pájara de Indurain son historia del ciclismo.

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