Este 2019 iba a ser el año de mi reencuentro con la Garmin Titan Desert tras ocho años sin pedalear en el desierto y habiendo realizado en su día cinco participaciones consecutivas.

Sabía que no iba ser fácil y, efectivamente, no lo fue. Estamos en el desierto, un entorno salvaje y hostil que no siempre te recibe con los brazos abiertos y que ya el primer día que llegas allí te pone ante el primer reto que tienes que superar en la Titan: el de la adaptación al medio.

Aquí todos somos iguales

A lo largo de mis participaciones en esta prueba he visto con mis propios ojos cómo campeones del mundo de la carretera, con cientos miles de kilómetros acumulados en sus afilados cuerpos, han acabado con llagas en las nalgas por rozaduras con el sillín, o han tenido que disminuir su ritmo atenazados por calambres musculares, problemas que, en principio, parecen más propios de ciclistas noveles y con escasa preparación.

Por el contrario, también puedes ver que en la misma etapa en la que el profesional pasa una crisis, un ciclista amateur cualquiera no tiene que superar otra dificultad que la del propio esfuerzo físico que le supone hacer avanzar su bici entre las dunas.

Esto revela que aquí, en la Garmin Titan Desert, todos somos iguales y, aunque el nivel de condición física es imprescindible, la adaptación al medio es crucial.

El desierto y su entorno no distinguen medallas olímpicas ni tampoco maillots arcoíris. A mi juicio, esta es también una de las cosas que más seduce a quienes hemos participado y experimentado la Garmin Titan Desert.

Eolo nos da la bienvenida

Esta edición de 2019 arrancaba con una etapa ya clásica en la prueba. La tradicional vuelta al majestuoso cordón de dunas Erg Chebbi, muy cerca de la frontera con Argelia.

Un lugar cautivador y enigmático cuya mera contemplación por unos minutos ya merece el viaje a Marruecos. El trazado discurría a lo largo de unos 107 km de pistas rápidas y sin apenas desnivel con la única dificultad, sobre el terreno, de un extenso paso de dunas que se atravesaba en el primer tercio del recorrido.

Pasado el trámite de los primeros kilómetros, atravesé las dunas con las dificultades típicas de alguien como yo, a quien no le sienta demasiado bien correr a pie por la arena. El infierno, sin embargo, vino después.

Tras el paso de arena nos aguardaba una pista pedregosa que durante 40 kilómetros describía una perfecta línea recta que se llegó a convertir en desquiciante, pues el viento de cara no dejó de azotar a lo largo de ese tramo. Esa recta fue el juez que para muchos dictó sentencia en la etapa.

Una jornada, la primera, en la que la adaptación a las temperaturas, la sequedad del ambiente y el esfuerzo límite forman una combinación explosiva que no todos toleramos por igual.

Fue mi caso en esta edición, al llegar a meta totalmente deshidratado y con la sensación de que la Garmin Titan Desert, por el momento, había podido conmigo. No fui el único, además de los comentarios con otros compañeros, en el campamento y durante la tarde, ya advertí los típicos movimientos erráticos y torpes de algunos, bastantes, participantes que, como yo, parecían derrotados.

La etapa más dura

La segunda jornada de la Garmin Titan Desert 2019 tenía un kilometraje casi calcado a la primera, con otro paso de dunas que, a la postre, se convirtió en el punto más complicado en esta edición de la prueba.

Las dunas, ubicadas en la mitad del recorrido, tenían una altura considerable y fuertes pendientes imposibles de ciclar y difíciles de superar a pie.

Fueron muy lentas y exigentes de atravesar, sobre todo si, como me ocurrió a mí y al grupo con el que rodaba en esos momentos, no aciertas a encontrar la mejor trazada para acceder al punto de control ubicado en el interior.Esto es la Titan y uno de los retos a los que la prueba te somete cada día: la navegación.

Otros participantes, sin embargo, supieron orientarse mejor con su GPS y atravesaron las dunas por un itinerario más corto y ciclable. En mi caso, deambular por la duna durante más de una hora y sintiendo el calor abrasador del reflejo del sol sobre la arena supuso un castigo y un desgaste físico contra el que tuve que combatir durante 50 kilómetros más de pistas y viento en contra, hasta la llegada, en la región de Ouzina.

Llegué muy cansado a meta, pero no exhausto como el día anterior. A pesar de la dureza de la etapa noté que mi cuerpo se iba adaptando mejor al desierto; la Titan me advirtió el primer día y mi cuerpo en una especie de instinto de supervivencia tomó nota y pareció reaccionar mejor en la segunda jornada.

Una vez en el campamento y mientras todavía comentábamos la exigencia de la jornada, pero también la belleza del recorrido, Juan Porcar, CEO de la Titan Series, nos comunicó una de esas noticias que nunca quieres oír, Fernando Civera, uno de los participantes de esta edición, perdió la vida en el transcurso de la etapa.

Lógicamente quedamos devastados. Por más que eres consciente de que en una actividad de este tipo esto puede ocurrir, nunca estamos preparados para perder a uno de los nuestros. Descansa en paz, Fernando.

Puro desierto

Tras la cancelación de la tercera etapa por el suceso acaecido, quedaban las tres últimas etapas de la Garmin Titan Desert.

La primera de ellas, la etapa 4, fue con diferencia la que más disfruté de esta edición. Puedo asegurar que supuso para todos los participantes un auténtico regalo para los sentidos. Un merecido premio al sufrimiento y la dureza de las dos primeras jornadas.

El viento nos respetó y sopló durante todo el recorrido a favor. Surcar un paisaje lunar y remoto de 119 km como aquel, ayudado además por el viento, es una sensación casi indescriptible.

Todavía recuerdo que mientras pedaleábamos en el pequeño pelotón que rodé durante aquel día, concentrados en el esfuerzo, no dejábamos de comentar y compartir la euforia que suponía vivir y disfrutar una jornada así.

Esto también es la Garmin Titan Desert, unos días sufres, hasta el límite de tener que pensar en momentos felices de tu vida para seguir pedaleando, y otros, vives la mejor experiencia de tu vida sobre una bicicleta.

La recta final

Con el cuerpo ya algo maltrecho por la fatiga e inicios de irritación en la piel, abordamos las dos últimas etapas de la prueba, la 5 y la 6.

La primera de ellas con el atractivo del paso de montaña puntuable Skoda Challenge, una subida que, a pesar de la dureza de sus rampas, superiores al 15% en muchos momentos, supuso paradójicamente un descanso físico y mental tras más de 300 kilómetros de pistas pedregosas y pasos de arena.

Por lo general a los ciclistas nos gustan las subidas, así que cada uno a su ritmo, afrontamos de buen agrado el ascenso que nos levó por un espectacular valle que desde luego, y así lo pensé mientras pedaleaba algo aturdido ya por el cansancio, pienso volver a remontar, pero en una moto de trail o un 4×4.

El resto de la jornada nos llevó por pistas rápidas entre montañas, para acabar en el paraje desértico de nuevo de El Jorf.

Allí, en el campamento, nos aguardaba por la tarde una tormenta de arena, uno de los ingredientes característicos del desierto y que hacen que hasta en el descanso tras la etapa puedas vivir momentos épicos.

El esfuerzo tiene recompensa… y sabe a gloria

Todos dicen que la sexta y última etapa de la Garmin Titan Desert es un trámite, pero hay que correrla. Todas las veces que he participado he visto que a todos los titanes les invade una especie de estrés y prisas, seguramente por las ganas de cruzar la línea de meta y cumplir su objetivo de acabar la Titan, que hace que el ritmo en carrera acabe siendo infernal.

A pesar de ello, el hecho de recorrer la mitad de kilómetros de lo que vienes haciendo en los últimos cinco días hace que la última etapa, realmente, se haga corta.

La magia siempre te sorprende

La llegada al hotel Xaluca, lugar en el que concluía esta edición de 2019, se convirtió en el epicentro de las emociones de todos los participantes, y yo no fui una excepción.

A pesar de haber participado en muchas ocasiones en esta prueba, el entorno, el recorrido y las sensaciones que se viven en la Garmin Titan Desert no dejan de golpearte tantas veces como participas en ella.

El desierto es duro; las condiciones, casi nunca favorables, pero en la incertidumbre y la dificultad de conseguir el reto está el encanto y la magia desbordante de esta experiencia.

Como decía al principio de estas líneas, he tardado ocho años en volver a la Titan y he visto con mis propios ojos cómo ha evolucionado esta prueba respecto a sus primeras ediciones.

Lo ha hecho en número y nivel de participantes, pero también en el aspecto organizativo y en las comodidades. Aun así, la Titan sigue siendo todo un desafío porque, afortunadamente, seguimos sin poder controlar la naturaleza y sus elementos, ahí está la magia.

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