Aprovechando que el Tour de Francia llega esta semana a los Pirineos, proponemos unas vacaciones de altura, y dando pedales, a un precio módico.

Cuando llega el verano se multiplican las ofertas vacacionales, pero muchas incluyen efectos secundarios muy molestos. Playas abarrotadas, caravanas de tráfico, controles y embarques interminables en los aeropuertos, calor agobiante, restaurantes llenos, discotecas en las que no cabe ni un alfiler, cubatas caros…. ¿De verdad no hay ningún plan mejor?

Por supuesto que sí. ¿Qué os parece una escapada a los Pirineos para subir los puertos más míticos del Tour de Francia? Naturaleza en estado puro, presupuesto de viaje asequible, deporte y salud lejos de las multitudes humanas, tranquilidad, bellos paisajes para colgar en Instagram y fresquito por las noches y en las cimas. ¿Quién da más?

Solo hay una regla. Precisamente evitar el paso de Tour. Es muy tentador subir un puerto y esperar el paso de los mejores escaladores del mundo. Pero no es lo más aconsejable si se quiere disfrutar de las montañas en toda su inmensidad.

Antes era más asequible pero hoy en día los gendarmes cierran la carretera muy pronto, incluso para los cicloturistas. Y por supuesto es quimérico encontrar un apartamento asequible en muchos kilómetros a la redonda.

Mucho mejor disfrutar de los puertos a nuestro aire, sin nadie que nos moleste y ya veremos la ronda gala en televisión, que en realidad es donde mejor se ve.

Un destino muy recomendable -que no el único- es por ejemplo Luz-Saint-Sauver (departamento de los Altos Pirineos). Allí instalamos el cuartel general con dos amigos (Sergi y Toni), mucho más avezados en estas lides.

Un apartamento muy decente, con capacidad para cuatro personas, que incluso podría albergar a cinco si hubiera venido alguna pareja, al contar con una cama de matrimonio, un sofá-cama y una litera con dos camas. El único pero fue el calor.

No es muy habitual en esa zona tener esa sensación por las noches e incluso bajando un puerto, pero la ola de calor que azotó la península ibérica a finales de junio también llegó al Pirineo francés.

Consejos prácticos

Para reducir gastos es muy recomendable llenar la cesta de la compra antes de cruzar la frontera. En nuestro caso paramos en Viella (Vall d’Aran) e hicimos acopio en un supermercado.  Comida, bebida, productos de limpieza, papel de cocina, etcétera. Mejor evitar comprarlo en Francia porque es más caro.

Llegamos un martes a las 14.00 hroas. Pequeño error de cálculo porque la conserjería de los apartamentos estaba cerrada de 14.00 a 16.00, por lo que no pudimos acceder a la habitación. Son cosas que debemos tener en cuenta si viajamos a nuestro país vecino. Sus horarios son más estrictos. Por lo menos nos dejaron poner la comida en una nevera para que no se estropeara.

Aprovechamos para comer en el jardín y a las 16:00h entramos en la habitación, dejamos las cosas… y a pedalear. Solo nos daba tiempo de hacer un puerto porque hacía mucho calor y optamos por Hautacam.  Para desquitarnos, coronamos el kilómemtro y medio de prolongación hasta el Col de Tramassel.

¡Dos puertos al precio de uno! Nuestro plan inicial era subir el Tourmalet por las dos caras, pero el tiempo precioso perdido en el check-in y, sobre todo, el calor asfixiante nos hizo replantear la ruta. Si bien es importante llevar un plan trazado desde casa, también debemos tener capacidad para trazar un plan alternativo. ¡Queríamos pasarlo bien y no sufrir dentro de un horno!

Tourmalet es la excepción: como el metro en hora punta

Al día siguiente, con toda la jornada por delante, sí que optamos por el Tourmalet, el monarca de los Pirineos. Decidimos madrugar más de lo previsto porque la noche del martes al miércoles había sido canicular y el termómetro amenazaba con seguir subiendo. El Tourmalet, por la vertiente de Barèges, empieza precisamente en Luz-Saint-Sauver. A eso se le llama ‘subir a balón parado’.

Sergi y Toni, mucho más valientes, coronaron y descendieron hasta Sainte-Marie-de-Campan para dar media vuelta y deshacer camino por la vertiente más conocida. Yo coroné, bajé unos kilómetros y decidí dar media vuelta en los emblemáticos túneles.

Después, paré en La Mongie a buscar una botella de agua en el único supermercado que había abierto. Mis amigos, que pasaron después mucho más fatigados y acalorados, no tuvieron tanta suerte. A mediodía estaba cerrado. ¡Malditos horarios franceses!

 

Ojo porque no es fácil hacerse una buena foto en la cima del Tourmalet, con el letrero y la famosa escultura del ciclista. Hay que hacer cola y sortear bicicletas, motoristas, montañeros… ¡Incluso un vehículo de autoescuela estaba haciendo prácticas en aquel momento!

Y cruzar los dedos para que nadie se entrometa cuando aprietan el botón de la cámara. Parecía el metro en hora punta. Fue el único momento de todo el viaje donde tuvimos esa sensación. Por algo es el puerto más emblemático de los Pirineos.

En los Pirineos no hay ninguna pared tipo Angliru, Mortirolo o Zoncolan, por poner algunos ejemplos. Pero sí que es recomendable llevar desarrollos cómodos porque estos colosos alcanzan los 2.000 metros con rampas que llevan el cuerpo al límite y obligan a tirar de riñones. Una combinación 34X28 es una buena elección para subir con relativa comodidad.

Lo ideal, por cierto, es llevar tantos culottes y maillots, especialmente esto último, como etapas se piensan realizar. Sobre todo porque no siempre hay lavadora en los apartamentos y se suda mucho en cada salida. Por otra parte, el paravientos no debe faltar nunca y los manguitos son aconsejables. Por mucho calor que haga, cuando se llega a los 2.000 metros y hay que bajar, debemos protegernos.

No hicimos ninguna ruta que alcanzara los 100 kilómetros porque queríamos estar en el apartamento antes de las 13.00 horas a causa de la inoportuna ola de calor, evitando las horas centrales del día.

De este modo, teníamos tiempo de meternos en la piscina, relajar nuestra musculatura, comer, siesta, paseo por el pueblo, cenar y dormir.

Sin embargo, se puede afrontar un itinerario más largo, con tres puertos, vuelta circular y más de 100 kilómetros. En este caso, lo ideal es parar a reponer fuerzas a mitad de camino en algún restaurante. Y hacerlo todo sin prisas.

¡Ojo con las ovejas!

Por suerte, el calor remitió un poco -solo un poco- en nuestra tercera jornada pirenaica. Ya no pesaban tanto las piernas sino el calor sufrido en la etapa anterior. El techo de la jornada era el Aubisque.

Pero para coronar este clásico previamente hubo que superar Col des Bordères y Soulor. La vuelta, por el mismo sitio, nos obligó a superar el Soulor por la otra cara.

Por cierto. ¡Ojo a los descensos! Siempre hay que estar atento. Bajando precisamente el Soulor, un grupo de ovejas ocupaba plácidamente la mitad de la calzada en una zona sombreada.

El viernes debíamos hacer check out, pero queríamos rematar el stage con una buena excursión. Entregamos la habitación a primera hora y dejamos nuestras cosas en nuestro vehículo. Y pactamos con el staff de los apartamentos poder utilizar la piscina y las duchas después de la última salida, antes de volver a casa.

Lo normal habría sido ascender Luz Ardiden porque el pueblo está justo en la falda. Pero todos lo habíamos subido en alguna otra ocasión y decidimos ampliar nuestro currículum con una ascensión bellísima (Tromouse), a más de 2.000 metros de altura, que nunca ha estado en el recorrido del Tour por las características de la misma y la estrechez de la carretera.

Después, nos dimos un homenaje para los sentidos en la población de Gavarnie. Es muy aconsejable tomarse un tentempié mirando la cascada más alta de Francia y, sobre todo, el Cirque de Gavarnie, un espectacular conjunto de montañas que guardan un curioso parecido con el famoso Muro de Juego de Tronos. El que separa los siete reinos de las tierras salvajes.

¡No todo tienen que ser puertos míticos del Tour! 72 horas muy bien aprovechadas con cuatro excursiones y muchos metros de desnivel.

El ‘budget’ de todo el viaje apenas alcanzó los 200 euros. Eso sí, comimos todos los días en el apartamento: pasta, arroz, pollo, pavo y fruta, casi como los pro que luchan por la ganar la ‘Grande Boucle’.

Menos la última noche, en la que fuimos a cenar a una pizzería a modo de fiesta final y un servidor se pidió una cerveza llamada Tourmalet. Había que celebrar una estadía con la triple b: buena, bonita y barata.

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