Tramontanos de ultramar

Cada año, 80.000 ciclistas ávidos de sol procedentes de latitudes más frías aterrizan en Mallorca para pedalear en masa y de forma compulsiva por sus espléndidas carreteras. Pero ¿qué hay de los solitarios, remotos y revirados caminos de sus montañas? ¿Acaso no es la sierra de Tramuntana un lugar idílico para disfrutar del mountain bike? Os presentamos una ruta de 165 km por lo más abrupto y montañoso de la isla, uniendo los caminos y sendas más tortuosos y apetecibles que puedas imaginar.

La travesía alterna los tramos técnicos exigentes con sectores panorámicos más relajados

Jadeantes y sudorosos, abandonamos la finca de Can Garau. Cerramos la puerta –única petición de los propietarios para quien la cruce– y retomamos el pedregoso camino a los pies de la imponente sierra de Cúber. Al final del corredor, que trepa entre un millar de olivos centenarios de troncos inverosímiles, se adivina otra verja. Resoplamos, pataleamos y maldecimos por turnos en un pulso eterno por mantener el equilibrio sobre la escabrosa pendiente.

Los ojos tratan en vano de enfocar los letreros que cuelgan del cada vez más cercano portón. Cuando por fin llegamos a los límites de Monnàber, la vista se aclara. La placa es categórica e incuestionable: “PROHIBIDO PASAR: CAZA MAYOR”. La hemos visto en otras zonas de la isla. En algunos lugares el mensaje está sólo en alemán, pero se entiende igual de bien. Aquí va acompañado de una vetusta placa repintada que sí despierta algún atisbo de duda: ¿es una bici o una moto, lo que han dibujado y posteriormente tachado dentro de un círculo rojo? “Pues yo diría que es una bicicleta”. Bienvenidos a Mallorca.

Desembarco mallorquín

Nuestra aventura mallorquina comienza dos días antes. A falta de puente –en los setenta algunas voces ya lo pedían cantando aquello de “será maravilloso, viajar hasta Mallorca…”, pero por suerte aún no lo han construido–, nos embarcamos en un ferry nocturno en el que las bicis viajan gratis y los comunes mortales nos acoplamos donde podemos para cabecear durante toda la noche.

Nada más bajar del barco, cumplimos con el ritual de toda visita que se precie a la isla: desayunar en el céntrico Bar Bosch de la plaza de Juan Carlos I una reglamentaria y grasienta ensaimada. Esta acción hay que realizarla a primera hora, antes de que las hordas de turistas invadan la zona atraídos por el McDonald’s adyacente.

Ya de día, con la ciudad medio bostezando, regresamos hacia el puerto para encarrilar el Torrent des Mal Pas, una recóndita vía de escape de la gran urbe. Encontrarla habría sido harto imposible de no ser por el track que un grupo de bikers locales llamado SectaMTB (www.sectamtbmallorca.blogspot.com) había compartido en Wikiloc.

La senda parece un pasadizo secreto y empieza algo lumpen, pero 100 metros más allá pasamos bajo el último puente –con inquilino incluido– y enfilamos el primer camino natural de la jornada. Nos esperan muchísimos más. Sobre todo después de coronar el Coll des Pastor, en la sierra de Na Burguesa, y bajar de nuevo hacia el litoral, acumulando desniveles de forma constante por hermosos y solitarios bosques.

De vez en cuando toca bajarse y empujar un par de metros, bien porque nos ha faltado decisión, bien porque nos ha sobrado algún kilo en el equipaje, pero pese a ello disfrutamos como posesos enlazando senderos y trialeras hasta el Coll des Cocons. Se nota que el diseñador del track conoce al dedillo estos parajes. Sólo hemos dudado una vez, en lo alto de Na Burguesa, donde una cadena y un cartel nos advertían que entrábamos en una finca en la que se practica la caza mayor. “Si ellos pasan por aquí, será que se puede pasar”, hemos discurrido.

Invasión ciclista

En Capdellà llevamos casi 40 km de pedaleo. En una tienda estratégicamente situada compramos unos pasteles de carne con guisantes y sobrasada típicos de la isla. No somos los únicos que paran aquí. Si en diez minutos no han pasado cien ciclistas –de carretera, por supuesto–, no ha pasado ninguno. Hablan alemán, sueco, holandés, inglés, italiano, noruego… Casi todos llevan bicis de alquiler de gama alta y, aunque no son mayoría, hay bastantes mujeres.

Mientras digerimos la empanada, examinamos el mapa Alpina y lo comparamos con el track. Enseguida descubrimos un camino que aparentemente nos podría ahorrar un tramo de asfalto, por lo que decidimos explorarlo. Nada más salir del pueblo, nos desviamos perdiendo altura hacia el Penyal de s’Estret, para topar 1,5 km después con la puerta de una casa. El camino queda cortado, sin más. “Ahora ya sabemos por qué el track no viene por aquí”. Media vuelta y para arriba.

En realidad, la carretera es una agradable y estrecha lengua de asfalto que asciende monte arriba. Además, tras un par de rampas, el GPS nos indica una senda ciclable que ameniza la ascensión por el viejo camino a Andratx, población más que indicada para una pausa más larga, pues hay tiendas, restaurantes y bares diversos. Lo que no encontramos es ninguna fuente. “Es que no hay”, nos confirma un vecino.

Salimos del pueblo por un camino que enseguida empieza a recetarnos una completa batería de dolorosos estertores. Subimos, bajamos y volvemos a subir encadenando sendas trialeras que nos ponen a prueba a cada momento. En busca del resuello perdido, paramos de tanto en cuanto, como mulos de carga al borde del colapso. Así rodeamos Es Castellessets, para afrontar una nueva ascensión, esta vez hacia el Pas d’en Guida, para volver a bajar ligeramente y encajar otros dos amagos de infarto mental mientras enfilamos el Coll des Bolcadors y el Coll des Cucons.

Más allá de todo pronóstico, seguimos avanzando por un terreno completamente trialero pero gustosamente ciclable que se adentra en un roquedal adusto y severo. Es el paisaje típico de esta vertiente de la sierra de Tramuntana, con sus murallas verticales de roca gris salteadas de ásperas matas, con un solitario árbol colgante aquí y otro allá. Cuando apuramos una última bajada, más rota y tosca todavía, descubrimos que nos resta una nueva ascensión. Por hoy, ya basta. En mitad de la nada, aislados por altos roquedales, acampamos sobre la única terraza de tierra y hierba en muchos kilómetros a la redonda. Será una noche tranquila.

Segunda jornada

A la mañana siguiente, enclavados en el fondo del valle, desayunamos té con galletas junto a un poste indicador del sendero de largo recorrido GR-221. Enseguida nos enfrentamos a la breve pero inclemente cuesta que sube hacia el Coll de Sa Gramola, logrando las primeras panorámicas del mar desde la costa norte de la isla. A partir de aquí, el track nos conduce por la carretera durante 4 km –casi todos en bajada–, hasta desviarnos por el viejo trazado de la misma para pedalear por pista durante un par de kilómetros. Lo haremos en varias ocasiones antes de llegar a Estellencs, hermoso pueblo donde hay varios establecimientos para recuperar fuerzas (la fuente está en el patio de la escuela, saliendo del pueblo en dirección a Deià).

Abandonando Estellencs, el track nos indica el camino más entretenido hasta Son Serralta, donde la vereda se estrecha y se pierde en el bosque por un onírico singletrack. Después, una larga y exigente subida por pista nos lleva entre olivos hasta La Planície, finca pública que da paso a nuevas sendas y trialeras, hasta desembocar en un nuevo camino y, por fin, en la carretera, que nos lleva prácticamente hasta Valldemossa.

En una gasolinera en la que paran más ciclistas que automovilistas, decidimos estudiar el recorrido. El track propone seguir por carretera prácticamente hasta Sóller, a unos 20 km, pero es sábado y hay bastante tráfico. Somos conscientes de que la alternativa implica encarar el Camí de s’Arxiduc, una senda vertiginosa y espartana muy poco ciclable tanto de subida como de bajada, así que se abre un breve debate: “¿Carretera o manta?”. “Manta, por supuesto”. Y por un día nos olvidamos del track. Lo que ocurra a partir de ahora es enteramente responsabilidad nuestra.

Por lo más alto

Encaramos la ascensión cargando agua y comida para un día y medio. Las bicis relinchan, desbocadas, cuando enfilamos el camino de Es Cairats, en el que el GPS llega a indicar desniveles ¡del 29 %! Ya antes de llegar al refugio –cerrado a cal y canto– asumimos que la ascensión requiere más de una parada técnica. Bajo las frondosas encinas, antiguos hornos de cal y carboneras resisten al paso del tiempo. Son testimonios de cuando el monte servía para extraer primeras materias y, por tanto, beneficios.

Hoy la realidad es distinta. El gran negocio es vender parcelas urbanizables, como la que compró Claudia Schiffer en Cap Andritxol, de 40 hectáreas (sí, sí, 400.000 metros cuadrados), con torreón del siglo XVI incluido. Tras construirse una mansión, la vendió a un acaudalado ruso por 12 millones de euros sin tan siquiera haberla llegado a amueblar. Lo que sí hizo es vallar la finca para garantizar su intimidad. Incluso abrió un nuevo acceso al mar para que los turistas no pasasen tan cerca de su casa.

Pero no todos los casos son iguales. Algunos propietarios vallan sus fincas por miedo al vandalismo, a los incendios forestales y, por qué no, para no tener que soportar al creciente número de turistas y excursionistas que recorremos los montes sin ser dueños de nada. Otros tantos las explotan como coto de caza mayor –por lo visto, la cabra salvaje mallorquina es una pieza muy valorada–, por lo que tampoco es buena idea ir haciendo el cabra libremente por esas fincas.

Ajenos a polémicas, nosotros seguimos trepando, a ratos pedaleando, a ratos empujando, camino de la cumbre del Teix, de 1.064 metros de altitud, que se encuentra, cómo no, dentro de una finca privada a la que sólo se puede acceder con un permiso especial que nosotros, evidentemente, no tenemos. “A esta hora de la tarde ya no os verán y mañana pasará por aquí una multitudinaria carrera de montaña”, nos informa un excursionista local, que nos recomienda que saltemos la valla y crucemos la finca esta misma tarde, pues por la mañana es más probable que nos pillen. Sin embargo, pese a que ya estamos a pie de muro, decidimos retroceder y desviarnos hacia el GR-221, que aunque es menos ciclable sí es de acceso público.

Tercer asalto

A la mañana siguiente, tras una segunda noche bajo las estrellas, aguardamos junto a la senda a que pasen los 280 corredores de montaña inscritos en la carrera pedestre que sube al Teix. Muchos de ellos, y ellas, no ocultan su sorpresa al ver dos ciclistas animándoles por estas altitudes.Tercer asalto

Tras disfrutar del espectáculo, contagiarnos de endorfinas y tomar unas fotos del tramo más aéreo del Camí de s’Arxiduc, reemprendemos el viaje hacia Deià, bajando por la tortuosa senda que se abre camino por los riscos de Son Rul·lan. Tras un primer sector muy roto pero ciclable –25% de desnivel de media–, entramos en el bosque, donde empieza un tramo demasiado trialero para nosotros. Tras unos 500 metros a patita, con pendientes puntuales del 40% y algunos tramos relativamente expuestos, encauzamos otro sector exigente y revirado que se va democratizando poco a poco. Aunque nunca deja de ser vertiginoso, el peso de las alforjas aploma la bici de forma sorprendente y las ruedas de 29” pasan sobre los pedruscos como si nada.

En 4 km bajamos la friolera de 800 metros. Ahora se entiende que el pueblo, desde arriba, pareciese una maqueta. “Menudo descenso. Parecía que no iba a terminar nunca”, suspira Amelia. Por suerte, todo se ve con otro prisma desde una soleada terraza en Deià, sentados cual guiris frente a una paella de arroz con bacalao.

El resto de la tarde lo tomamos con calma para hacer la digestión y acercarnos hasta Sóller por la panorámica carretera que indica el track. Son 5 km de agradecido asfalto hasta el desvío de Sa Roqueta. A partir de aquí nos desviamos por el GR-221, que va hacia el refugio de La Muleta. La intentona de lograr plaza es en vano, pues es Semana Santa, así que continuamos hasta Sóller por una senda que da un cierto rodeo antes de entrar al pueblo. Para nuestra sorpresa, en Sóller sí hay fuentes, y también un hostal económico y acogedor con habitaciones libres, el hostal Nadal. Es hora de darse una ducha.

Último round

A la mañana siguiente, el track abandona Sóller camino de Biniaraix, donde empieza a caracolear por una pista pavimentada. Según el mapa, nos ha de llevar hasta el bosque de Monnàber y el túnel de Cúber. Sin embargo, el excursionista con el que nos cruzamos en el Camí de s’Arxiduc dos días antes nos alertó de que Monnàber también es una finca cerrada. Y llevaba razón. Al final de una cuesta de 6 km y 600 metros de desnivel, chocamos con la barrera y la señal de una bici tachada. Es el momento más crítico de la travesía.

Buscamos una senda que rodee la finca, pero hay vallas hasta el mismísimo risco de Cúber, que se alza vertical 400 metros sobre nuestras cabezas. Regresamos a la verja y nos plantamos frente a ella, impotentes, como esperando que llueva una solución desde las nubes. El acceso al túnel de Cúber se encuentra a sólo 1.200 metros de aquí, en el otro extremo de la finca. Volver atrás, en cambio, implica no sólo bajar, sino también tener que volver a subir dando un desapacible rodeo de 14 km por la carretera.

Menudo bajón. “Tendríamos que haber llamado”, reconocemos. Por lo visto, el vigilante de la finca permite pasar si se solicita permiso con antelación. Pero ¿dónde se consigue ese teléfono? ¿En el once-ocho-onceeeee?

A punto de dar media vuelta con el rabo entre los radios, aparece de la nada un numeroso grupo de turistas guiados por un resuelto mallorquín. El guía nos confirma que el paso está vetado, aunque nos insinúa que existe la opción de saltar el muro por un hueco que hay junto al portón y que parece diseñado para tal efecto. “Yo no os he dicho, nada, ¿vale?”.

Envalentonados por sus palabras, adoptamos el papel de un comando de boinas verdes y echamos monte arriba en completo silencio, pero el filón de valor dura apenas 30 segundos. “¡Qué nervios! La próxima vez vamos por la carretera”, murmuramos arrepentidos. Enseguida dejamos el camino principal que el oportuno guía nos ha sugerido y empezamos a ascender por una senda bien pisada. Avanzamos sigilosos, como una partida de cazadores amazónicos, evitando no pisar una ramita que nos delate, pero ensayando al mismo tiempo un discurso creíble por si aparece el vigilante. El bosque está sano y es realmente acogedor, aunque cada 200 metros descubrimos un puesto de observación de caza mal camuflado, con sábanas mugrientas colgando de los árboles y asientos de coches procedentes de algún desguace.

Hacia el final del sendero, oímos unas voces. ¡Alerta!

Ufff… Menos mal. Son las de los ciclistas que circulan por la carretera. Ya hemos llegado. Estamos salvados.

¿Otro final feliz?

Respiramos hondo de nuevo y enfilamos la carretera, cruzando el túnel y pedaleando a orillas del embalse de Cúber y el pantano de Gorg Blau, siempre rodeados de montañas de roca viva por todas partes.

Tras unos kilómetros de asfalto, el empedrado camino que baja al Santuario de Lluc nos encandila con voz celestial. Después, el track se cuela en una densa selva que cubre un fenomenal paisaje kárstico. La paciente lluvia ha moldeado inmensas rocas grisáceas llenándolas de profundas cicatrices y la vegetación ha colonizado todos sus recovecos, trepando por aquí, enraizándose por allá. Poco después pedaleamos por el viejo camino de Pollença y, siguiendo las señales del GR-221, empieza la última bajada.

De repente, el track de SectaMTB y el GR se separan. Aquél se marcha por un camino ancho, pero el GR-221 se interna en el bosque por una senda que entona un poderoso e hipnótico cántico. Menudo dilema.

Entonces, como caídos del cielo, aparece una simpática pareja de excursionistas ingleses. “¡Qué envidia nos dais! Os espera una bajada inolvidable”, anuncian. Les confesamos nuestras dudas. “Esta senda la hemos hecho esta mañana de subida y es genial. Vais a alucinar”.

Y así es, pues nos lleva zigzagueando a través del bosque, sobre una fina alfombra de hojarasca, encadenando una curva tras otra, con sus perfectos peraltes, regalándonos el culebreo más suave y eterno que uno pueda soñar. Sin piedras, sin dificultades, apenas cuatro escalones de roca en la parte final, en la que nos invade una sensación de completa satisfacción. Es la alegría que produce comprender que acabas de redondear el día con aquello que requiere toda travesía en mountain bike: un buen final, un final feliz.

Ficha técnica

Inicio: Palma de Mallorca.

Final: Pollença.

Recorrido total: 165 km.

Desnivel: 4.300 m+.

Bicis: Trek X-Caliber 2011 y Trek X-Caliber 2012 (ambas 29er).

Equipaje: Alforjas Carradice y portaequipajes Old Man Mountain.

GPS: TwoNav Sportiva y TwoNav Sportiva+.

Tracks: http://ca.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=2923785

 

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