Erupción inminente

Hasta hace poco más de 10.000 años, la impetuosa fuerza de la Tierra moldeó el paisaje volcánico más espectacular de la Península Ibérica. En La Garrotxa (Girona), cerca de cuarenta volcanes se alzan entre bosques impenetrables surcados por una veintena de ríos de lava. Los vulcanólogos consideran poco probable que el magma vuela a aflorar, pero el foco volcánico no se da todavía por extinguido. Mientras dormita, la ruta Tracks dels Volcans nos propone un itinerario de 260 km y 6.200 metros de ascensión acumulada por los caminos y veredas más inhóspitos y exigentes que uno pueda imaginar.

La ruta abandona por un instante los caminos y senderos técnicos con tal de acercarse al volcán Croscat, de 160 metros de altura.

Hace exactamente un año viajamos hasta Torelló para hacer un reportaje sobre la ruta Tracks del Diable (nº 228 de Solo Bici) y descubrimos que infierno y paraíso son dos nociones abstractas y complejas que pueden llegar a confundirse completamente cuando montas en bici por según qué clase de caminos y parajes.

Como fieles feligreses, un año más tarde hemos regresado a los dominios eternos de la encarnación biker del Señor de los Avernos (no somos los únicos; tiene miles de seguidores en FB) porque ahora Jordi Salarich propone una nueva tentación ineludible para todos los adeptos a los itinerarios técnicos. Su nueva creación se llama Tracks dels Volcans. Antes de empezar a pedalear sólo sabemos que recorreremos la zona volcánica de la Garrotxa, superaremos el Collsacabra y pasaremos bajo los impresionantes acantilados de Tavertet. Nos esperan 260 km de senderos y caminos trialeros marcados por la incertidumbre, la emoción y toda clase de sorpresas.

Un emocionante descenso sobre lajas de roca desnuda nos conduce hasta los acantilados de la Riera de les Gorgues.

Etapa 1: Torelló-Amer

70 km – 1.432 m+

Partimos de Torelló dispuestos a pasar el día dando pedales, saltando cortados y haciendo equilibrios con la bici. Conocemos bien a Jordi, y sus rutas son así. Nada de pistas rodadoras. Sendas al máximo, trialeras, caminos exigentes, campo través…

La noche anterior, cuando le comentábamos a un amigo que íbamos a ir en mountain bike desde su Torelló natal hasta Amer, se preguntaba, ceñudo: “No lo veo claro. ¿Por dónde pasaréis?”. La respuesta la tenía Jordi, que conoce caminos ocultos imperceptibles al ojo humano.

Ya en la salida captamos el sello distintivo de Tracks. Con el pueblo todavía a nuestras espaldas y siguiendo con atención el GPS, nos encaramamos a una loma sin que ningún camino ni ninguna senda acceda a ella. Son las huellas dactilares del Diablo. No necesitamos ningún equipo de CSI para que nos lo confirme.

A continuación enfilamos una serie de pistas rodadoras, pero ninguna de ellas apta para bicicletas de carretera. Todas fluyen sobre suelos de roca maciza, lajas inmensas horizontales pulidas por la acción del tiempo y los elementos. Rápidamente, pues predomina la bajada, nos encontramos a 12 km del punto de partida, cruzando el puente de Sant Martí, a pocos metros del Salt del Cabrit, que vierte aguas al río Ter. Poco más allá se adivina el amplio meandro sobre el que se alza el monasterio románico de Sant Pere de Casserres.

Nuestro track va en dirección contraria. Primero hay que ganar altura por un camino tomado por la hierba, todavía húmeda, paralelo al Torrent de les Paganes, para luego enlazar por un singletrack que nos lleva hasta la espectacular Riera de les Gorgues. Rodeados de acantilados pétreos, nos abrimos paso por una sinuosa senda que desciende para enseguida trepar, saltando de un balcón natural a otro por pasarelas de roca desnuda.

Idílico rincón de la Riera de Sant Martí

La senda, desalmada en algunos puntos, se domestica a medida que nos acercamos a Santa Maria de Corcó, localidad que apenas rozamos antes de tomar una nueva trialera, esta vez tan ancha como una carretera, que nos lleva hasta el dolmen de Puigsespedres y Cantonigrós. En el pueblo nos espera Jordi, que se une al pedaleo para el resto de la etapa. Llenamos los bidones con agua de la fuente y continuamos ganando altura. Las piernas empiezan a notar el esfuerzo. Llevamos varios kilómetros subiendo, pero aún queda la mitad de la ascensión prevista para la jornada.

Más allá aparece un tramo de carretera comarcal. “Qué raro… ¿Jordi por asfalto?”. “Son sólo 2 km, y de bajada”, responde Jordi sonriendo. De repente, mientras comentamos la jugada, volvemos a sentir la tierra bajo los neumáticos. Un camino que sube, un desvío invisible a la izquierda, un sendero que se desliza por un prado, una trialera secreta… Antes de llegar a Rupit paramos en un hermoso mirador que avista todo el pueblo, los riscos que lo envuelven, la ermita de Santa Magdalena… Tras la postal nos aguarda una entrada a Rupit increíble: una escalera nos conduce a orillas del río, junto a una poza de agua que refleja las paredes de una bóveda inmensa. Cruzando el puente, entre casas de piedra, en la fonda Marsal nos esperan sendos platos de macarrones.

Balcones de roca

Al salir del restaurante y sacar las bicis de la bodega, intuimos el primer pinchazo: esta vez bastará un poco de aire para tirar unos cuantos kilómetros. Un minuto después empezamos a rodar en bajada, abordando casi frontalmente los impresionantes riscos. Un camino rojizo nos lleva a pie del acantilado hasta girar alrededor de l’Agullola, una de las agujas pétreas más emblemáticas del Collsacabra. Desde aquí, el Salt de Sallent –de casi 100 metros de altura– dibuja una fina línea de agua plateada sobre la roca gris. Hace unos minutos que chispea, pero nos obstinamos a taparnos hasta que la nube se cabrea de veras.

Los próximos kilómetros se tornan más agitados. Una ruda subida sigue a otra, siempre a golpe de riñón, trazando con mayor o menor acierto por el único paso factible sobre la bici dentro de un camino diseñado para los amigos de los retos constantes. El agua dificulta aún más el avance. Las rocas resbalan. Pasamos sobre ellas apurando el grip, conteniendo el aire largos segundos.

Ascensión a la ermita de Santa Brígida

Superado satisfactoriamente el test de tracción en subida, aparecen los riscos de Casadevall, donde el camino se suaviza momentáneamente. Un par de kilómetros por una pista bien pisada nos recuerdan lo poco amigo que es Jordi de este tipo de terreno, en el que tuerce el gesto y se rezaga incomprensiblemente. No deja de ser divertido verlo así, porque Jordi en las trialeras de subida es capaz de rozar lo circense, aliarse con la taquicardia, dar saltos de piedra en piedra…

Poco más allá, volvemos a su terreno. Bajo los dentales riscos del Far, el camino se deforma y muestra su cara menos amigable. Pronto se de-sata una batalla campal. Patadones, riñonazos, codazos… Algunos asaltos nos parecen interminables, pero acabamos venciendo por K.O. técnico.

Cuando creemos que ha de aparecer un árbitro para alzarnos el brazo ganador, empieza un nuevo combate: el descenso. Nada de pistas limpias. Agua y barrillo traicionero sobre rocas caóticas que ocupan todo el ancho del camino. Llega un momento en que uno no sabe por dónde abrirse paso. La lluvia salpica las gafas y, tras un velo borroso, la mente te traiciona, cobarde. El ejército de piedras afiladas forma una barrera inexpugnable. De repente, me siento un poco Aragorn, tomando aliento antes de acometer contra un ejército ingente de orcos apiñados, ansiosos de carne humana.

La batalla acaba como empezó y el descanso del guerrero llega tras unos reparadores minutos por la Vía Verde del Carrilet, que nos conduce hasta el hotel Sant Marçal. Allí están Toni Almohaya y Laura Serrano, vecinos de Olot que han colaborado con Jordi en el diseño de las próximas etapas. Durante la cena, por lo que cuentan, comprobamos que los tres comparten el mismo modo de vivir el mountain bike.

Etapa 2: Amer-Can Jou

50 km – 1.420 m+

Al día siguiente, para desayunar, un pinchazo doble. Estamos de suerte porque frente al hotel hay una gasolinera con compresor que nos ahorra trabajo (también hay Kärcher).

Tras cruzar Amer, topamos con el primer muro de contención del día. Algunas rampas marcan el 23 % antes de alcanzar la ermita de Santa Brígida y la cantera de Puigverd, que hoy posee un aura entre salvaje y apocalíptica. Ahí el track nos desvía por una senda que enlaza con una serie de caminos y pistas fáciles hasta los alrededores de Sant Esteve de Llémena. La lluvia por fin se decide y contraataca justo al inicio de una nueva subida que nos encierra en un tupido bosque. Apretando las muelas, trepamos hasta el Collet de Bastarra y luego tomamos otro sendero que desemboca en Can Torrent y la ermita de Santa Maria. Aquí volvemos a emboscarnos por una trialera llena de cortados y raíces que en días secos seguramente se pueda bajar, pero que hoy, con lo que está lloviendo, nos regala unos cuantos aterrizajes forzosos en las posturas más variopintas.

El descenso desemboca en una pista que nos lleva hasta Mieres, localidad con parada obligatoria en Can Met, donde Fina nos recibe cariñosamente pese a nuestro aspecto de trols rebozados en barro.

Un simpático caballo de Can Jou

La comida caliente nos siente de maravilla y la energía de Fina nos da ánimos para seguir pedaleando pese a la que está cayendo. Sin embargo, el buen rollo no nos libra de unos minutos de tembleque durante los primeros kilómetros, que son por carretera local. Por suerte, entramos en calor muy pronto, nada más enfilar una senda que trepa en zigzag entre helechos y rocas resbaladizas hasta lo más alto de la sierra de Boquià, en un arrebato rompepiernas.

Tras un sector de trialeras constantes en las que el agua se ha llevado buena parte del firme de las angostas veredas, empieza un último y extenuante sube y baja. Desde el camino, entre las ramas de los árboles, se adivina Besalú.

Llegamos a Can Jou rendidos, empapados, pero felices de haber completado una etapa en la que nos hemos sentido parte de la naturaleza. Eso sí, evocar todos y cada uno de los momentos estelares del día es aún más agradable si se hace frente a la hipnótica llama de la chimenea, tras una terapéutica ducha y una rica cena.

Etapa 3: Can Jou-Olot

38 km – 900 m+

El amanecer no podía ser mejor. Desde la habitación, al sur aparece un paisaje colmado de bosques; al norte, la vista del Pirineo nevado. Cuando el sol asoma sobre los árboles, una docena de jinetes parte a lomos de bellos caballos. Las rutas ecuestres son la especialidad de Can Jou (www.canjou.com), una casa de la que cuesta marcharse.

Tras un completo y cuidado desayuno, nos despedimos de los dueños y acariciamos un rato a los caballos que merodean en torno a la casa. Arrancamos cuesta abajo, atentos a regueros, raíces y otros obstáculos a los que ya empezamos a estar habituados. A toda velocidad cruzamos el Fluvià y entramos en Sant Jaume de Llierca. La ruta serpentea a orillas del río hasta Can Coma, desde donde se dirige hacia Montagut por un bici-carril al lado de la carretera. Minutos después circunvalamos la Muntanya del Cós por sendas y caminos abruptos que rezuman humedad y barro por todos sus flancos. Es un bosque denso en el que se oyen los ecos de las lluvias recientes. Hoy brilla el sol, pero el diluvio de los últimos dos días ha dejado el camino rebosante de piscinas.

La primera guinda de la etapa nos la zampamos al escalar hasta Castellfollit de la Roca por un viejo camino empedrado, de apenas un metro de ancho, que sube directo, sin miramientos, hasta el impresionante farallón basáltico sobre el que se asienta el pueblo.

Más allá nos esperan unas inclinadísimas palas de hierba que nos catapultan hasta lo alto de una montaña cubierta de piedras porosas. Aunque sea difícil de identificar, estamos echando el hígado sobre el volcán del Repàs. Una senda tortuosa tapizada de verdín fosforescente que sólo se deja remontar si apuntas bien y saltas del sillín al manillar, y viceversa, nos permite ganar la vertiente opuesta, donde recibimos el merecido descenso, no menos intenso, que nos entrega la ciudad de Olot, rodeada de volcanes durmientes. Dentro de poco seremos nosotros los que durmamos, a pierna suelta.

Etapa 4: Olot-Les Preses

54 km – 1.374 m+

A la mañana siguiente, Toni nos espera puntualísimo en la puerta del hotel La Perla, con su reluciente Trek Top Fuel y su inseparable sonrisa. “¿Qué pasa? ¡Uno no sale todos los días en el Solo Bici!”, bromea mientras ajusta su cámara GoPro al casco.

Acto seguido abandonamos Olot tomando una serie de sendas que sólo los bikers locales saben enlazar con tal de evitar las pistas y el asfalto que acceden al Parque Natural de la Zona Volcánica de La Garrotxa. Los primeros resoplidos del día nos conducen hasta el volcán Croscat. Antaño utilizado para la extracción de grava volcánica, hoy muestra una herida abierta en su flanco noreste que permite ver su alma multicolor.

Tras un respiro fotográfico, recuperamos la tónica del viaje ascendiendo hasta otro volcán llamado Pujalós. A un divertido descenso le sigue la formidable ascensión a la ermita de Sant Abdó y Sant Senén. La tradición dice que el primero que corone debe tocar la campana. Nosotros llegamos en pelotón, así que compartimos el honor y enviamos campanazos a diestro y siniestro. Desde lo alto, ajenas a nuestra fiesta, se avistan las cimas del Pirineo.

A la bajada –técnica y sinuosa, por supuesto– se le suma otra subida, más larga y pedregosa, que nos vuelve a poner contra las cuerdas. Engañando al cerebro, evitamos el K.O. técnico justo antes de iniciar el descenso, que empieza muy vertical, retorcido y sombrío, pero hoy, con el firme más seco, todo parece más fácil. Cuerpo atrás, frenadas suaves, dedos cruzados… De repente, comprendo el significado literal de la expresión estar hecho un roble. Madre mía. Qué golpe. Qué tronco. Pobrecito hombro.

Más abajo nos aguarda una pista ancha y muy rápida que nos conduce hasta una nueva senda que desemboca en la Riera de Sant Martí, donde más de uno se zambullirá este verano. Santa Pau se adivina cerca, pero el subconsciente nos traiciona. Sabemos de sobra que en esta ruta jamás usaremos el camino más corto. Ni el más fácil. Para entrar al pueblo saltamos la carretera en busca de unas sendas que acceden por la parte de atrás. Más arriba nos espera Santa Pau, con su iglesia y su plaza porticada, donde asaltamos un bar en el que hacen unos bocatas tremendos. No hay nada como viajar con alguien del lugar.

Exigente ascensión al Hostal del Grau por el Camino Real.

Final de infarto

A partir de mediodía, Laura se une a la fiesta. Como viene fresca, ella se encarga de abrir la comitiva y va indicando, risueña: “A la izquierda, los volcanes de Rocanegra y de Puig Subià. A la derecha, el de Santa Margarida. Un poco más allá, el cono del Puig Jordà”. A partir de ahí disfrutamos de un tramo de camino por el interior de la Fageda d’en Jordà, un impresionante hayedo que crece sobre una colada de lava llena de protuberancias que confieren al bosque un perfil muy especial.

Cuando ya pensamos que lo hemos visto todo y que el final está cerca, aparece frente a nosotros el último escollo del día. Ahora toca encaramarse a la Serra del Corb, por una vereda que trepa inflexible hasta una ermita cubierta de musgo. El bosque transpira silencio.

“Ahora empieza lo mejor”, señala Laura. Efectivamente, la senda se horizontaliza y dibuja un singletrack inmaculado que deambula un buen rato sobre un cortado que quita el hipo. Cuando empieza el descenso, el bocata ya es historia y digamos que en estas bajadas tu cuerpo quema tanta energía –o incluso más– que en la subida más inclemente. Un PowerGel nunca va mal, ni que sea para apretar con más fuerza el manillar en este último tramo marcado por constantes cortados de roca viva, virajes contraperaltados, raíces entrecruzadas…

La emoción se alarga hasta el mismísimo final. Estamos abajo, en el hotel, brindando por un día de auténtico mountain bike compartido con Toni y Laura. El GPS indica 54 km, aunque en línea recta estamos a sólo 2.800 metros del punto de inicio. Habrá que pedir otra ronda de cervezas.

Etapa 5: Les Preses-Torelló

48 km – 1.074 m+

El quinto día, pese a nueve horas de sueño reparador, despertamos algo entumecidos, llenos de moratones, arañazos y magulladuras varias. No obstante, todavía quedan ganas de salir a pedalear y comprobar si Jordi, Toni y Laura habrán sido capaces de mantener este ritmo frenético de puro mountain bike hasta el final.

Dejamos Les Preses por la tranquila Vía Verde del Carrilet, pero enseguida nos desviamos hacia Els Hostalets d’en Bas, donde pronto nos vemos rodeados por los imponentes riscos de Falgars y del Grau. La pista va directa hacia ellos por el trazado del viejo Camino Real que unía Olot y Vic.

Tras la breve tregua, hay que recurrir al plato pequeño y empezar a afinar la puntería. El empedrado Camino Real luce espléndido y solitario, pero tan vertical, que ya lo han bautizado como el K2 de la ruta. Apenas son un par de kilómetros, pero se ganan 400 metros de altura, algunos de ellos empujando la bici.

Senderos limpios en la Fageda d’en Jordà.

Por senderos desafiantes, la ruta corona la Serra de Mateus, pasa por el Coll de Pixanúvies y prosigue hacia El Morral de Caselles (atención a los cables, no demasiado visibles), siempre a los pies de los ciclópeos acantilados de Aiats. Tras tomarnos un respiro, encaramos la parte final de la etapa, que nos lleva por un sinfín de trialeras y sinuosos singletrack que salvan una orografía especialmente accidentada. Borrachos de emociones, los enlazamos sin dejar de soñar con un inmenso bocata de fuet. Pero no hay que hacerse ilusiones. Aquí se lucha cada metro. En esta ocasión parece que no habrá lugar para el relax hasta la mismísima línea de llegada.

Ni siquiera tras cruzar el río Fornès, donde el nivel técnico se suaviza, dejamos de rodar por sendas de medio metro que nos conducen hasta los vados del Ges, río de aguas claras que cruzamos hasta tres veces –en una ocasión tiene 50 metros de ancho– antes de entrar en Torelló, triunfadores, exhaustos y orgullosos por igual de haber completado una de las rutas más excitantes que han pasado por las páginas de esta sección.ç

Ficha técnica

  • Kilometraje: 260 km.
  • Desnivel positivo
  • acumulado: 6.200 metros.
  • Itinerario circular: Torelló-Rupit-Amer-Mieres-Can Jou-Castellfollit de la Roca-Olot-Santa Pau-Les Preses-Torelló.
  • Cota máxima: 1.076 metros.
  • Cota mínima: 172 metros.
  • Punto de inicio: Oficina Tracks dels Volcans. Avda. Rafael Casanova, 33, Torelló (Barcelona).
  • Información y reservas: www.tracksdelsvolcans.com o tel. 657 51 81 91.

11 preguntas con respuesta

  • Bici ideal: Sin duda, una bicicleta de doble suspensión es la más indicada para este tipo de ruta.
  • Neumáticos: Las cubiertas versátiles son las más apropiadas, pues abundan los diferentes firmes (lajas de roca, caminos, escalones, pistas, tramos de piedras sueltas, empedrados, singletracks…). Es una zona con mucha vegetación y senderos bastante cerrados: los bikers de la zona usan tubeless o cámaras con líquido sellante.
  • Orientación: La ruta se sigue con track de GPS. La organización, además, facilita a los inscritos un mapa del recorrido con puntos de interés durante las etapas, restaurantes, alojamientos, etc.
  • Mejor época: Se puede hacer todo el año, pero primavera y otoño son las estaciones más agradables; en verano suele hacer calor, pero la ruta transcurre en gran parte a la sombra, por senderos y caminos emboscados.
  • Tipo de caminos: Abundan las sendas y caminos exigentes y técnicos, tanto en subida como en bajada.
  • Ciclabilidad: Dependiendo de las habilidades técnicas y las fuerzas de cada cual, la ruta es ciclable al 95 %. Hay algunos tramos de subida y pasos de bajada que, imaginamos, sólo están al alcance de bikers con apellidos como Hermida, Oulego & Co.
  • Filosofía: Es un recorrido autoguiado y no competitivo; lo importante es disfrutar del mountain bike en estado puro.
  • Inscripción: 40 euros, incluye: track para GPS, mapa de la ruta y maillot de finisher.
  • Transporte de equipajes: Teniendo en cuenta la naturaleza técnica de la ruta, es más que recomendable contratar este servicio, desde 30 euros por persona. El precio depende del número de personas y etapas en que se cubra la ruta.
  • Asistencia mecánica: La organización ofrece el servicio de apoyo en ruta.
  • Avituallamiento: En todas las etapas se pasa por uno o más pueblos donde parar a comer y coger agua.

Valoración personal

  • ¿En cuántos días? Tracks dels Volcans es una ruta laboriosa y dura. Para poder disfrutar del entorno, hacer fotografías de los hermosos y variados paisajes y parar a mediodía a comer algo, cuatro o cinco días es un plan perfecto; tres etapas o menos es para superbikers en excelente forma física.
  • Indicada para amantes de los retos y bikers entusiastas de los senderos y las trialeras. Si te gustó Tracks del Diable, Tracks dels Volcans te encantará.
  • Contraindicada para bikers que disfrutan con rutas rodadoras o ciclistas no dispuestos a encontrar sus propios límites.
  • Agradecimientos especiales a Jordi, Toni y Laura por diseñar una ruta tan cañera y acompañarnos durante la primera y la cuarta etapa.

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