Sombras siniestras de gigantes alados dibujan círculos sobre nuestras cabezas. Son buitres negros y leonados sobrevolando el áspero paisaje de Monfragüe en busca de apetitosa carroña. Entre dehesas y robledales, pedaleamos inmersos en un paisaje que los romanos ya bautizaron como Monsfragorum –monte fragoso–, donde las cosas no siempre son como parecen y la maleza, con frecuencia, impide ver el bosque.

La jornada empieza temprano, poco antes del amanecer, pedaleando rumbo a la estación de Atocha (Madrid), donde debemos subirnos al único tren regional de la mañana con destino a Monfragüe. Según la web de Renfe, es en estos trenes en los que se

puede subir con las bicis en los trayectos de media distancia. Sin embargo, al intentar comprar el billete en las taquillas, sorpresa: en esta línea son precisamente los trenes regionales los que no aceptan bicis. “Las bicis se pueden subir, previa reserva y si hay plazas, en un tren MD o en el Intercity, aunque no en todos”, nos espeta el taquillero. Primer asalto y primer traspiés.

Entre dehesas
Apeadero de Monfragüe-Casa de los Vaqueros/35 km/600 m+
Tras encajar lo mejor posible el gancho de izquierdas, insistimos en busca de una solución pacífica, y, para nuestra sorpresa, la fría negativa inicial se convierte en un “vamos a ver qué opina el interventor”. Al final tenemos suerte y subimos al tren, no sin jugar un poco al Tetris con las bicis, y tomamos nota para el viaje de vuelta, que tendremos que hacer en un tren de categoría superior.

Casi tres horas después nos apeamos en Monfragüe, donde saludamos al aburrido jefe de estación, que nos indica el camino hacia Serradilla, nuestro primer destino del día, y nos recomienda que cojamos agua: “Aquí el calor es cosa seria”.

En las alturas se divisa un pináculo de roca alrededor del cual trazan círculos una docena de buitres

Tras pasar entre diversos edificios en ruinas, la pista del antiguo camino de Plasencia a Serradilla avanza impoluta y modernizada entre extensas dehesas valladas, en las que crecen soberbios alcornoques. De tanto en tanto vemos los restos del casi desaparecido camino original, hoy perdido dentro de fincas privadas.

Subimos y bajamos varias veces para salvar la sierra de la Herrera y la sierra de Enmedio, sin apenas alternativas a la pista principal, salvo un par de caminos abiertos ya en la zona del pinar y el GR-113, también conocido como Camino Natural del Tajo.

Al conquistar el último repecho, estamos a punto de colarnos por el sendero trialero que baja al pueblo, siguiendo las marcas del GR-113, pero parece pedregoso y hoy no nos apetece tanto hacer el cabra, así que llegamos a Serradilla por la pista casi a la hora de comer. El horno sigue abierto y el aroma a pan nos embriaga a media legua de distancia.

Gargantas y embalses
El panadero es un hombre calmado y amable que nos habla de los parajes más bellos que rodean su pueblo: “La Garganta del Fraile, donde hay una fuente y una cascada; el Camino de la Barca, que baja al pantano, donde antes se cruzaba el río con la ayuda del barquero; el de Peñafalcón, que aunque hay un cartel de “prohibido pasar” va hasta el salto del Gitano, el más bonito, y por el cartel, tranquilos, nadie os dirá nada…”.

Tras comer y digerir un rato a la sombra de una morera que crece junto a la iglesia, pasamos frente al santuario del Cristo de la Victoria, del siglo XVII, donde tomamos el camino de la Garganta, que baja suavemente trazando divertidas curvas durante 4 km hasta un espectacular tajo labrado por el agua en la sierra de Santa Catalina. Hoy por la cascada cae poca agua –hay una presa aguas arriba–, pero resulta realmente refrescante. El termómetro marca 37 grados.

En las alturas se divisa el corte en la roca y un pináculo conocido como El Fraile, alrededor del cual trazan círculos una docena de buitres.

Estamos justo sobre el límite del Parque Nacional de Monfragüe, la más extensa y mejor conservada mancha de monte mediterráneo del planeta, donde existe un rico y variado ecosistema vegetal y animal.

En esta zona protegida, de 19.000 hectáreas, anidan casi 300 parejas de buitres negros, 500 más de buitre leonado, 35 de alimoches, 12 de águila imperial ibérica, 6 de águila real…, entre otras tantísimas especies de tortolitos que sobreviven en este paraíso terrenal de las aves.

Al estudiar el mapa del parque, constatamos que sólo una cuarta parte de su superficie es accesible al ser humano. Los visitantes debemos ceñirnos a la esquina más occidental, la que queda entre Serradilla y Villarreal de San Carlos.

Tras disfrutar de este pequeño oasis y rellenar los bidones en la fuente, proseguimos con la ruta, que nos lleva pendiente abajo hasta las ruinas del Molino del Puente, donde, efectivamente, hay un puente, hoy inútil pues apenas baja agua por el cauce del arroyo. Atrás ha quedado el tentador –para qué negarlo– camino a Peñafalcón, en el que un gran letrero prohíbe el paso.

Obedientes a la señal, marchamos por la cuesta que trepa a las Pedreras del Tío Cámara. En una de las curvas, al girarnos, disfrutamos de la espectacular Portilla del Fraile, que desde aquí deja ver las no tan lejanas cimas de la sierra de Gredos. En la siguiente, una cierva de oscuro pelaje nos observa durante cinco largos segundos antes de huir entre los arbustos, aparentemente más sorprendida de vernos a nosotros que nosotros a ella.

Poco después tomamos el camino del pantano, señalizado como PR, que nos lleva en larga bajada, entre campos de robles y alcornoques.

A orillas del embalse, que permanece en calma y rodeado de bosques que en la otra orilla parecen ser de eucaliptus, hay un hombre pescando con maíz. Poco más. La garganta excavada por el Tajo conocida como Salto del Gitano se intuye más allá. “Desde el camino de Peñafalcón seguro que se ve mejor…”, musitamos.

Rápidamente remontamos la cuesta, por el mismo camino, ahora de ida y vuelta, pues desde la construcción del embalse ya no hay paso fluvial hacia la otra orilla.

Retrocedemos hasta un refugio libre conocido como Casa de los Vaqueros, recientemente restaurado, muy limpio y con unas vistas estupendas de las sierras de Peñafalcón y Monfragüe. Es el sitio ideal para dormir tras un largo día que concluye con una magnífica puesta de sol y una cena de pan con algo y sopinstant.

¡Seguimos…!

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