T-Brown, nacido en Durango, lo tuvo fácil desde pequeño para ser un as del mountain bike, ya que este vibrante pueblo de Colorado fue en su momento uno de los epicentros de la “movida” mountain biker. Después de una larga carrera como amateur, su momento clave llegó en los Campeonatos del Mundo que se celebraron en su casa en 1990. Allí pudo hacerse con un meritorio décimo puesto que catapultó su carrera y lo posicionó, ya como profesional, en el equipo Manitou en 1990, para posteriormente en 1993 pasar al Trek/Volkswagen, donde ha corrido prácticamente toda su carrera. Rider querido por su carisma, su amplia sonrisa y sus curiosos pendientes, también ha colaborado desde sus inicios en el desarrollo de producto para marcas como Trek o Bontrager, lo cual ha potenciado desde su retirada como profesional hace ya unos años, centrándose totalmente en crear mejores productos tomando como base su larga experiencia en la montaña.

INNOVANDO
¿Quien no recuerda, además, la curiosa bici Trek 69er con horquilla Maverick que Travis apadrinó ya hace muchos años?, ¿o sus múltiples carreras de mtb con manillares “a lo Tomac”? Se le recuerda igualmente por haber representado a EE.UU en los Juegos Olímpicos de 2000, así como por el Campeonato del Mundo de Single Speed, que le valió el famoso tatuaje (obligatorio para el vencedor) ¡¡¡que acompaña al título!!! Además de estas victorias, su dilatada carrera como mountain biker también comprende títulos como el codiciado Norba de XC en EE.UU., que nos confiesa que es uno de los que más ilusión le hacen. Pero todos esos años corriendo han inculcado en T-Brown un sentido de responsabilidad con el deporte, y por ello se ha convertido en un defensor del mtb a través de organizaciones como el mismo IMBA o Trails 2000, con las que colabora activamente.

Tuvimos la oportunidad de estar con Travis recientemente en EE.UU., y nos confirmó su gran carisma y sentido del humor, además de corroborar en la montaña que, a pesar de estar oficialmente retirado, sigue manteniendo unas piernas olímpicas. “No lo voy a dejar nunca”, nos confesaba entre cervezas mientras acababa de ajustar sus manetas de freno para la larga y dura ruta que nos esperaba al día siguiente.

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