Aunque no estemos en el Himalaya o en las Rocky Mountains, en los Alpes italianos podemos vivir y sentir lo pequeños que somos rodeados de grandes montañas. Al lado de casa pero tan y tan lejos. Así son los Alpes.

Texto y fotos: Dan Milner

Massimo, nuestro guía italiano, está aprendiendo a insultar en inglés de sus dos coaventureros británicos. Por suerte no hay nadie cerca para escuchar nuestros improperios, excepto un solitario íbice. Nos mira con una mirada de perplejidad detrás de sus temibles cuernos. Podríamos compartir el territorio con el íbice, pero no tenemos su agilidad, y el aire que nos rodea oscurece con nuevos improperios cada vez que nuestros pies se resbalan hacia atrás sobre la gravilla suelta. Frente a nosotros, el sendero escarpado zigzaguea hacia arriba en dirección a un diminuto paso de montaña. En algún lugar del otro lado se encuentra nuestro refugio y todas sus comodidades: comida, camas y cerveza. Estas recompensas, sin embargo, hay que ganárselas.

Pero sería estúpido pensar que ya nos las habíamos ganado. El Col du Lasson que estamos afrontando se eleva a 3.299 metros, el tipo de altitud que empieza a causar estragos en la respiración. Estoy habituado a montar en bici en este tipo de alturas, pero la experiencia suele venir acompañada de un vuelo de larga distancia a Nepal o Colorado, no de un corto trayecto en coche desde una ciudad italiana llena de restaurantes de pasta y turistas paseando. Sin la película del avión y su comida tibia y envuelta en papel de aluminio, parece que no estoy mentalmente preparado para el sufrimiento que me espera.
Así que sigo avanzando lentamente, jadeando en el escaso aire que reina en las alturas, con la bicicleta atada a mi espalda y poniéndome pequeños objetivos por delante. “Cuando llegue a esa gran roca allá arriba, descansaré unos segundos”, pienso para mí, en una muestra de resolución estoica. Esfuerzo y recompensa: el mantra que me mantiene cuerdo, cuando la verdadera cordura se cuestionaría qué diablos estamos haciendo aquí. Así que me tambaleo hacia delante, parando y arrancando como el viejo embrague de un antiguo coche Mini.


Entre glaciares

Rebobinando cinco horas encontramos a Massimo, a su compañero James Brickell y a mí mismo montando en Maisonesse, un pequeño pueblo a corta distancia en coche del valle de Aosta, donde Massimo tiene su empresa: Valley Freeride. La motivación está por las nubes, y pedaleamos entre senderos de bosques con mucho flow, sobre una alfombra anaranjada de hojas de otoño. Pero en algún momento durante las tres horas siguientes tuve una revelación. Quería ganarme mis descensos, y olvidar los aburguesados senderos accesibles con coche y transfers. Así que decidimos que el objetivo de nuestro viaje de tres días sería pasar la noche en el vivac de Luciano Gratton, un pequeño refugio de metal situado en el glaciar de Traio, en el interior del Parque Nacional Gran Paradiso, en Italia. Frecuentado por pocos montañeros, nuestro vivac cumplía los requisitos para ser considerado una aventura en bicicleta, pero alcanzarlo significaba cruzar dos cols o puertos de montaña de más de 3.200 metros de altura, así como ascender más de dos kilómetros verticales en nuestras bicicletas.

Otro grito de Massimo rompe finalmente el magnetismo hipnótico del sendero polvoriento que pasa bajo mis pies. Su tono ha cambiado hacia lo positivo, lo que significa que ha alcanzado el final del paso de montaña. “Chicos, estamos aquí!”, grita, su voz resonando alrededor de la roca antes de perderse en el valle de abajo, como si desapareciera por un desagüe. Subo a la pequeña brecha en las rocas junto a Massimo, miro hacia el ascenso de 1.600 metros que está detrás de nosotros y bajo la bicicleta de mi espalda. El cuadro de carbono bellamente esculpido se pierde entre un amasijo de correas y cables que hemos usado para poder llevar nuestro equipaje encima. Un drybag adorna el manillar, otro ocupa el espacio entre el amortiguador y el tubo superior, y un saco de dormir cuelga de los raíles de mi sillín. Es un intento improvisado de transferir el peso de mi mochila a la bici, pero teniendo en cuenta que he llevado esta a la espalda por al menos la mitad de la subida, está claro que es una estrategia que ha fracasado estrepitosamente.

El riesgo tiene recompensa
El fracaso no es algo tan habitual en estos viajes, pero aventurarse en lo desconocido tiene sus riesgos: riesgo de fracasar, riesgo de ser vapuleado por el clima o riesgo de romperse un hueso en senderos que son una prueba de habilidad y fortaleza mental por igual. Y como nos ocurre en nuestra aventura de tres días, no tienes que tomar un vuelo de larga distancia para encontrar tanto la aventura como los riesgos que conlleva. Nos agachamos para atravesar el Col du Lasson, que se asienta entre dos valles profundos y extensos. El aire está despejado y el pico de 4.061 metros del Gran Paradiso se alza en la distancia. Su gran volumen desmonta cualquier sentido de la escala. Debajo de nosotros, una meseta verde de media montaña se abre hacia el refugio Vittoria Sella, un par de pequeños edificios en la distancia que marcan el final de nuestro primer día de riding. Por supuesto que utilizo la palabra riding de forma ambigua, ya que rodamos por un sendero tan escarpado que no estaría fuera de lugar si los yaks nepaleses caminarán por el… En breve, la gravedad nos arrastra en una bajada final hacia el refugio. Llegamos justo cuando el sol envuelve el refugio en la oscuridad y roba los últimos restos de calor a su terraza.

Todavía llenos de la ingente cantidad de sopa de la cena de anoche, salimos desde el refugio al amanecer la mañana siguiente, para poder escapar del calor de agosto a mitad del día. En el momento en que llegamos al siguiente paso, el Colle Della Rossa de 3.193 metros de altura, estamos respirando solo dos tercios del contenido de oxígeno del que disfrutaríamos a nivel del mar, y nuestras bicicletas vuelven a estar cargadas en nuestras espaldas. La soledad del lugar alimenta mi sentido de la aventura, pero la falta de oxígeno está humillando cualquier esfuerzo físico que hacemos. Es una experiencia esquizofrénica.
Me detengo en la última cresta. Ante nosotros, encaramado al borde de un acantilado escarpado sobre un glaciar desgarrado, se encuentra el objetivo de nuestro paseo: el vivac Luciano Gratton. No estoy exactamente seguro de lo que esperaba encontrar, pero en realidad no es mucho más que un pequeño cobertizo de metal. Su exterior de metal corrugado resplandece de manera acogedora al sol, pero visto en el contexto de este paisaje salvaje y peligroso, es poco más que un intento desesperado de domar lo indomable..

Vivac en las alturas
Varios cables mantienen el vivac metálico en su lugar, intentando sobrevivir a la intemperie y a lo que el hostil ambiente alpino quiera arrojarle. Cualesquiera que sean las nobles ambiciones de estos cables de acero, nosotros los utilizamos para secar la ropa, poniendo nuestras camisetas empapadas de sudor sobre ellos mientras abrimos la puerta de entrada de acero. A pesar de su tamaño, de unos nueve metros cuadrados, este cobertizo esconde nueve literas en su interior mohoso. A medida que sacamos nuestro hornillo y recolectamos la nieve cercana para derretir agua para el té, pienso en cómo debe oler esta choza con nueve escaladores o nueve sudorosos ciclistas de montaña, metidos ahí dentro durante una noche. Escaneo el horizonte, una cresta escarpada de cuatro picos, con el Grivola de 3.969 metros de altura –una montaña que ha estado en el radar de los escaladores desde que subió por primera vez en 1859– antes de suspirar de alivio.

 

Las montañas y el majestuoso glaciar están vacíos y parece que podríamos tener el lugar para nosotros solos. Mucho mejor que AirBnB. Cuando el sol se desliza tras el horizonte, abrimos las comidas liofilizadas que hemos cargado desde el primer día. Colocamos las mantas pesadas del vivac en las literas preparados para una noche que se presenta con temperaturas bajo cero por delante, y nos fijamos en el paisaje que brilla de color rosa antes de que sus últimas brasas moribundas se pierdan en la noche. Este pequeño cobertizo de estaño, que lleva el nombre de un alpinista local, alberga a los escaladores desde su construcción en 1984. No tenemos idea sobre si otros ciclistas de montaña han dormido aquí antes. Ciertamente es la primera vez para Massimo, y nos confiesa que realmente no conocía el camino directo al vivac. “Eso explicaría por qué subimos 300 metros más de lo que teníamos planeado, y llegamos por encima de él”, se ríe James.
La elección de este refugio de difícil acceso como el objetivo de nuestra aventura fue una apuesta difícil y una montaña rusa de emociones.

 

Pero ahora el dolor está empezando a ser amortizado. Por la mañana, cuando el sol se levante por encima de un mar lleno de nubes en el valle, nos lanzaremos en un descenso de 1.664 metros verticales de pendiente polvorienta, por un sendero que discurre a través de una infinidad de paisajes. Pero por ahora el cielo nocturno estrellado nos roba la atención. El aire es frío, nuestra ropa está sucia y polvorienta, nuestras mantas pican y nuestra agua está llena de sedimentos arenosos, pero todo nos parece perfecto en este momento. Es fácil pensar que las recompensas de las escaladas brutales que hemos tenido que vencer se encuentran en el chirrido de los frenos en un descenso, pero como dice el cliché, lo importante en la vida no es el destino, sino el viaje. Los paseos en bici con amigos son también así, incluso si te dejan sin aliento.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.