Una fiesta convertida en locura donde perdió el Tour

Contar lo que ha pasado hoy en el Tour de Francia no es en absoluto fácil. Porque a ver por dónde se empieza. A estas alturas, la victoria más importante de la carrera deportiva de un corredorazo como Thomas De Gendt, por el sitio donde ha sido y la forma en la que lo ha logrado, es tristemente lo de menos. Y lo es porque ese triunfo ha sido lo único deportivamente normal que ha ocurrido en todo el día. Que ha ganado el que era más fuerte, y hasta ahí.

El caso es que la etapa de hoy pintaba a fiesta por todo lo alto. Día 14 de julio, fiesta nacional en Francia conmemorando la toma de La Bastilla por el pueblo de París allá por 1789 en lo que fue el inicio de la Revolución Francesa. La organización de ASO se lo curra y pone, en un día entre semana que no es lo más común, la llegada en una cima mítica como el Mont Ventoux. Todo preparado para un hermoso espectáculo. ¿Qué podría fallar?

Pues todo. Falló todo. Para empezar, el horrendo viento que soplaba desde ayer en los alrededores de Montpellier. El Mistral cabreado es insoportable y más en una cima que se conoce como la Montaña de las Tempestades. La previsión para hoy era un viento fijo de unos 80-90 kilómetros por hora en la parte ‘pelada’ del puerto, donde el bosque deja paso a ese paisaje lunar, con rachas máximas de hasta 120. Imposible subir hasta arriba. Así que ayer mismo la organización decidió colocar la meta en el Chalet Reinard, seis kilómetros más abajo.

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A todo gas

Y como ya ocurriera en la etapa de ayer, el pelotón decidió tomarse la jornada de viento para darse un fuerte castigo cuando la ocasión lo requería. Primero dejaron marchar con más de 18 minutos una fuga numerosa y después, cuando les dio por apretar con el aire de costado, la renta empezó a bajar… y más de un corredor importante se quedó cortado en los abanicos. Entre ellos Warren Barguil, que llegó a perder más de dos minutos.

Por si el hecho de recortar el Ventoux hubiera sido poco, a unos 30 kilómetros de la meta hubo otro suceso importante y de curiosa resolución: el equipo Orica, defendiendo los intereses de Adam Yates, enfiló en las dos tachuelas previas al gran puerto final. Iba Simon Gerrans el primero en el pelotón -en el grupo de 40 que quedaba- y, en pleno descenso, se le fue la bici y acabó con sus huesos en el suelo. Arrastró en su caída a Geraint Thomas, Stannard y Poels… y el pelotón se paró.

Fabian Cancellara se puso delante y dijo que aquí no se andaba más. Froome, que lo vio rápido, paró a hacer sus necesidades y luego se encontró con los tres compañeros que lo reintegraron al pelotón. Todo el mundo aceptó la decisión salvo Alejandro Valverde, al que se le vio discutirla. Sin embargo, Movistar tampoco llegó a desafiar del todo la jerarquía del pelotón. Entró el líder y también Barguil, ya que el parón fue largo. Y así se llegó a la falda del Ventoux. Un susto, pero etapa bonita por el castigo que se habían dado y todas las balas para un puerto que, pese a haber perdido seis kilómetros, sigue siendo un buen ‘bicho’.

La cima, llena desde un día antes, vio cómo se agolpaban los aficionados en sus cunetas. Los mismos que entraban en 20 kilómetros de recorrido tenían que entrar en 14. Un poco más apretados, pisar la línea blanca de los márgenes de la carretera y poco más. Todo listo para ver el Tour y los corredores acercándose cansados y prometiendo espectáculo. Es la mejor carrera del mundo. ¿Qué podría fallar?

El esperpento