VIAJE A GOLDEN COAST, LA PUERTA SIN RETORNO

África perdona pero no olvida, me explica Nicholas, un guía fortuito cuyos consejos me llevan a Elmina, a unos 20 km que recorrí veloz a la sombra de los palmerales. Escucho les relatos sobrecogedores del guía sobre los últimos días de los esclavos en su tierra, un periplo de inenarrable sufrimiento rumbo al Caribe, cuyo triste testimonio es este castillo del siglo XVI, que domina el puerto más bullicioso que jamás había visto.

Hacia Aflao y Lome

El hedor de aquellas celdas todavía impregna mi memoria cuando pongo finalmente rumbo hacia Aflao, la frontera con Togo. Sigo el litoral y avanzo temprano, burlando el intenso tráfico y el sol, pero no los controles policiales que a veces ponen límite a mi paciencia. El corredor litoral es un tramo peligroso y no deja de resultar chocante la cantidad de tenderetes que venden ataúdes a pie de cuneta, sería hasta macabro si no fuera porque, para los ghaneses, la muerte no es vista como el final de la vida, sino como un puente entre los vivos y sus ancestros; el alma pervive y la preparación de este largo viaje se escenifica de maneras muy vistosas y hasta festivas en Ghana.

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A lo largo de este tramo y atravesando pueblos lo que te parecerá un boda es un funeral y viceversa; los ataúdes pueden tener varias formas, un autobús, una piragua, un zapato según el oficio del difunto. La superstición también domina sus vidas: un día, mientras reparaba un pinchazo un hombre me vino a decir más o menos que si yo estaba allí parado era para prevenirme de un posible accidente; nada es porque sí.

Guárdate un poco de aliento y sentido del humor para cuando llegues a la frontera de Togo; agárrate fuerte a la bici para cruzar aquellos 500 m; no sabrás quién es el bueno y quién no; cientos de vendedores ambulantes, contrabandistas, hombres y mujeres cargando enormes fardos de ropa y comida, hileras interminables de camiones, policías timbrando pasaportes entre colas, gritos y empujones. A pocos kilómetros, Lome, la capital de este pequeño país, injustamente ignorado por el turismo.

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Después de reponer fuerzas, me encuentro con Ahmed, que me llevará en su Peugeot fosilizado a la región montañosa de Kpalime, 100 km al norte de la capital; creo que habría llegado antes pedaleando por tantas veces que teníamos que abrir el capó del motor humeante. Esta región próspera y frondosa es un auténtico paraíso para el ciclista; sus suaves colinas tapizadas de cafetales y plantaciones de té que perfuman el aire, de valles y aldeas perdidas que se ven en toda su panonámica desde su punto mas alto, el Mt. Agou. Hay que subir sus 1000 m y verlo.

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