En la isla de hielo y fuego, la verdadera aventura aguarda más allá de la estrecha franja de tierra semidomesticada del litoral.

Si buscas emociones más fuertes y paisajes aún más vírgenes, hay que adentrarse en las Tierras Altas, las Highlands islandesas, donde la naturaleza dicta sus leyes todos los días.

 

Hace apenas 140 años, un volcán situado en el corazón de Islandia estalló con tal virulencia, que hubo pedazos de roca que aterrizaron en Europa continental.

Del cataclismo surgió un inmenso cráter que alberga un lago de aguas blanquecinas todavía humeantes. Poco después y a escasos metros, una cámara de magma
inmensa se derrumbó formando un lago de aguas azul zafiro de nada menos que 11km cuadrados y 220 metros de profundidad.

El lugar se conoce con el sonoro nombre de Askja, y podría haber sido el escenario más tenebroso de El Señor de los Anillos.

Pese al magnetismo que desprende este remoto paraíso, llegar hasta él no es precisamente fácil.

Cientos de kilómetros sin opción a refugio, pedaleando por pistas de grava volcánica, cruzando caudalosos ríos, luchando contra vientos helados, cargando comida para varias jornadas… El reto era realmente tentador, pero ¿seríamos capaces?

Segundas partes, buenísimas

Tras recorrer el sur de Islandia combinando pistas y caminos con la F210 y algunos tramos por la Ring Road, hemos llegado a la pequeña población de Höfn, en el sureste del país.

Hasta aquí el viaje ha sido un devenir impredecible de sorprendentes paisajes y constantes cambios de tiempo, que por estas latitudes muda de humor con más facilidad que una estrella de Hollywood. Atrás han quedado los polícromos escenarios de Landmannalaugar, las infinitas lenguas del glaciar Vatnajökull, las tormentas de arena de los sandures de la F210 y los icebergs flotantes de Jökulsárlón, tan sólo una muestra de las bellezas naturales de este país.

En Höfn hace un día horrible. Llueve desde el alba y el viento sopla invariable del noreste, precisamente el punto cardinal al que nos dirigimos. Junto a Raúl y Bárbara, dos cicloturistas valencianos con los que hemos coincidido en el camping, decidimos pasar el día viendo la lluvia caer sumergidos en las cálidas aguas –a casi 40°C– de la piscina del pueblo.

En días como éste, uno comprende la pasión de los islandeses por las aguas termales. Si así es el verano, no queremos saber cómo es el invierno.

Al día siguiente, sin huellas dactilares en las yemas de los dedos, recogemos el campamento y reemprendemos el viaje por la Ring Road en dirección a Djúpivogur.
Hoy, por suerte, brilla el sol y pedaleamos a orillas del océano, entre murallas de roca semidescompuesta, recortando profundos fiordos que nos obligan a dar largos rodeos por inmensas bahías en las que descansan miles de elegantes cisnes.

A falta de alternativas, avanzamos por la estrecha lengua de asfalto de la única carretera que comunica esta región del país.

El viento nos favorece en algunos tramos, así que llegamos al pueblo pesquero de Djúpivogur a media tarde.
En el camping hay varios ciclistas. Dos de ellos, para nuestra sorpresa, están recogiendo los bártulos a las seis de la tarde. Una hora después arrancan hacia Höfn. Islandia es así.

En verano anochece casi a medianoche, y todos andamos con nuestras teorías sobre el viento, la lluvia, la mejor hora para pedalear…

Una Respuesta

  1. sergio

    hola compañeros, gracias por destacar el reportaje, pero hay un error en la autoría del artículo, ya que el texto y las fotos son obra de Sergio Fernández Tolosa & Amelia Herrero Becker, de http://www.conunparderuedas.com
    un cordial saludo!!!
    nos vemos en los caminos!!!

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