Puerto fenicio, edén hippie, paraíso de la marcha nocturna, centro místico universal, meca del amor libre… En sus 210 kilómetros de recortadas costas, Ibiza encarna mil y una caras distintas. Huyendo del ruido, las luces y el cemento, la mayor de las Pitiusas nos mostró su fisonomía más virgen y solitaria, agasajándonos con un recital de paisajes naturales y caminos inolvidables.

Nunca habíamos visto tantas bicis –ni tan buenas– en un ferry. Y es que en unos días empieza la Vuelta a Ibiza Internacional en Mountain Bike. Casualmente, hemos elegido las mismas fechas para venir de excursión a la misma isla. A ellos les esperan tres jornadas de exigente competición. A nosotros, una ruta que hemos diseñado con el Land de CompeGPS y la intención de disfrutar de una primera toma de contacto con el patrimonio biker ibicenco.

En el barco es fácil reconocer a los de la tribu. Entre ellos, a la mismísima Sandra Santanyes, con quien nos comemos un bocadillo casero –los del barco suelen ser caros y malos, hablando finamente– antes de “acomodarnos” en la amplia butaca clase Neptuno, la octava maravilla si se compara con los potros de tortura de la clase Sirena.

De torres y faros

Ibiza – Cala Carbó / 49 km / 615 m+

El barco atraca justo al amanecer. A los bikers de la Vuelta a Ibiza los recoge la organización. Nosotros activamos el radar en busca de un desayuno comestible. Es Jueves Santo, pero el estómago no hace fiesta. Frente a un croisant y un café con leche, nos ponemos al día sobre la realidad del mercado inmobiliario isleño gracias a los cuatro taxistas que ocupan la barra.

Minutos después, con la mochila de nuestro escueto equipaje a la espalda, partimos hacia el suroeste, pasando junto al recinto amurallado del casco histórico de Ibiza, en busca de un camino hacia la playa de Ses Figueretes y el Parque Natural de Ses Salines.

Nada más dejar atrás los últimos bloques de apartamentos y discotecas, llegamos a la Torre de la Sal Rossa, del siglo XVI. A partir de aquí entramos en una red de estimulantes y solitarios senderos que llegan hasta la punta de la Torre de Ses Portes, en el extremo sur de la isla, donde apenas unos kilómetros de olas nos separan de Formentera.

Sin prisa y con pausas

Tras un agradable rato de meditación al son del viento y el creciente oleaje, regresamos al track, que nos conduce a través de un pinar hacia el antiguo embarcadero de sal. Más allá nos aguarda un camino exigente por el bosque y una refrescante senda que desemboca en la insólita playa de Es Codolar, donde topamos con una señal de “prohibido el paso, zona de nidificación” que impide tomar el único camino existente entre el mar y el aeropuerto.

“Seguiremos por la playa”. “¿Has visto el tamaño de los cantos rodados? ¡Parecen sandías!”. Tras unos minutos caminando y echando de menos una fatbike concebida para aterrizar en la Luna, hallamos una vaga huella sobre el pedregal por la que sí logramos avanzar montados, aunque no sin esfuerzo, hasta el otro extremo de la playa. Como recompensa nos aguarda una zona boscosa flanqueada por acantilados que esconden las ruinas de un poblado fenicio del siglo VII a.C.

Tras jugar como niños por un minilaberinto de improvisadas trazadas, encauzamos una serie de caminos y calles urbanizadas con constantes sube y baja hasta Cala Es Torrent, de la que salimos por una estrecha pasarela de hormigón que trepa hasta una lujosa urbanización de esas en las que no admiten perros sueltos.

Saludamos al guarda y seguimos pedaleando por una pista asfaltada con destino a Es Cubells. Siempre buscando sendas y caminos, llegamos al sector más espectacular de la jornada, un pedazo de costa elevada sobre un tremendo acantilado que mira hacia poniente, donde destacan los islotes de Es Vedrà y Es Vedranell.

Tras otro buen rato pasmados oteando el horizonte, reemprendemos la marcha por un nuevo sector de precipicios prácticamente hasta Cala Hort, donde nos vemos obligados a tomar la carretera 2 km, pues no hallamos un paso ciclable hacia Cala Carbó, donde hemos reservado habitación en Calador.

Aguas turquesas

Cala Carbó-Sant Antoni / 27 km / 370 m+

Al día siguiente, la ruta continúa por un estrecho sendero que nos lleva hacia Cala Vedella y Cala Tarida, donde topamos con un sector muy urbanizado en el que algunos antiguos caminos de la costa ya no existen o no son accesibles. Todo ello invita a pedalear rápido en busca de zonas más atrayentes.

Lo realmente bueno empieza en el kilómetro 11. Tras salir de Cala Codolar –el atajo por las escaleras no es invención nuestra, forma parte de la red de rutas en BTT de la isla–, divisamos el arco de roca natural de Figuera Borda y abordamos un sensacional tramo de sendas costeras que nos llevan hasta Sant Antoni de Portmany totalmente boquiabiertos, parando cada 100 metros para sacar fotos de islotes y calitas de aguas turquesas, dejando que el tiempo pase a su ritmo natural.

Esto también es Ibiza. Relax absoluto. Y por la noche, tras alojarnos en el hostal Adelino –30 euros por una megahabitación doble–, cena exótica en un restaurante chino.

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